Pasaron las horas y nadie vino.
El reloj de la mesita de noche marcaba las tres de la tarde cuando desperté por segunda vez. La habitación seguía igual: luminosa, silenciosa, vacía. La intravenosa seguía conectada a mi mano, un recordatorio de que mi cuerpo no estaba bien. El resfriado se había instalado en mis huesos y cada respiración era un esfuerzo. La nariz tapada, la garganta irritada, el cuerpo pesado... Pero no era eso lo que me molestaba.
Era el silencio.
En algún punto de las cuatro d