Mundo ficciónIniciar sesiónValerie siempre supo lo que significaba ser rechazada. Criada a la sombra de su media hermana envidiosa y bajo el desprecio de su padre, su única ilusión parecía ser Julian, su novio durante cuatro años. Pero la noche de su fiesta de compromiso, el engaño se desmorona de la forma más vil: Valerie descubre a su prometido y a su media hermana en un momento de pasión y burlándose cruelmente de su peso. Por si fuera poco, cuando un incendio repentino devora el lugar, Julian la deja atrás para salvar a su hermana, condenándola a una muerte segura. La estocada final llega de la mano de su propio padre, quien en lugar de defenderla, la traiciona aliándose con los amantes para proteger el estatus familiar y despojarla de lo que le pertenece. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Entre el humo, unos brazos imponentes y unos ojos grises gélidos la rescatan de la muerte. Sola y herida a empezar de cero, Valerie cruza caminos con Magnus, el billonario imponente que la rescató del incendio. La química entre ellos es inmediata. Valerie se entrega a él por completo, hasta que una prueba de embarazo da positivo. Lo que Valerie no imagina es que el misterioso hombre del que se ha enamorado, y del cual espera un hijo, no es un extraño, es el padre de su ex prometido y amigo de su padre. Su ex suegro. Cuando las verdades salgan a la luz y los traidores descubran quién la protege, el pasado de Valerie colapsará porque Julian y su padre están a punto de aprender que lo que Magnus reclama como suyo, nadie lo puede tocar.
Leer másEl vestido de seda blanco se sentía como una soga apretando mis costillas.
Me miré en el espejo del salón de eventos, ajustando el corsé que insistía en marcar cada curva que el mundo, y en especial mi familia, se encargaba de señalarme. "Demasiado gorda". "Desaliñada". "Fuera de lugar". Esas eran las etiquetas que cargaba desde la muerte de mamá, pero hoy, intenté ignorar el eco de esas voces. Hoy era el día. El anuncio oficial de mi matrimonio con Julian. Saqué el teléfono del bolso. La pantalla se iluminó con el mensaje anónimo que me perseguía como una sombra desde hacía una semana: *¿Estás segura de que quieres casarte con un hombre que te es infiel? Revisa bien a quién le entregas tu vida.* Apreté el celular hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Cuatro años de relación. Cuatro años creyendo que era la mujer más afortunada del mundo al tener a Julian, el hijo del mejor amigo de mi padre. Era imposible. Tenía que ser el intento desesperado de alguien por arruinar mi felicidad. —Vaya, blanco. Qué optimista —la voz cargada de veneno me tensó los músculos. Cynthia. Mi media hermana lucía un vestido rojo carmesí, una piel perfecta y esa sonrisa cínica que me provocaba náuseas—. Aunque, sinceramente, dudo que el blanco disimule tantas libras de más, hermanita. Me giré, clavándole la mirada. Ella era la hija de la mujer que mi padre amó en secreto mientras destruía la vida de mi madre. —No te molestes en fingir, Cynthia —le dije, tensa pero firme—. Sé que te carcome la envidia. No pierdas el tiempo conmigo. Ella soltó una carcajada seca, acercándose tanto que pude oler su perfume caro. —¿Envidia? Valerie, das lástima desde que naciste. —¿Todo bien por aquí? La voz de Julian me devolvió la calma. Apareció detrás de mí, impecable en su esmoquin, rodeando mi cintura con una familiaridad que ahora, por un segundo, me pareció un salvavidas. Me dio un beso tierno en la cabeza. —Sí, nada nuevo —respondí, dándole la espalda a Cynthia. Ella me lanzó una mirada cargada de odio y se perdió entre los invitados. Julian me acarició el cabello, ignorando el veneno que acababa de derramar mi hermana. —Estás hermosa. No veo la hora de que seas mi esposa. Sentí que el corazón se me ablandaba. —Gracias, Julian... Por cierto, ¿tu padre ya llegó? No puedo creer que nunca lo haya conocido en persona. Solo he visto una o dos fotografías. Su cara se ensombreció. Una mueca de fastidio cruzó sus rasgos perfectos. —Ya sabes cómo es. Mi padre no es precisamente la mejor figura paterna del mundo. Ni siquiera se molestó en venir a la fiesta de compromiso de su único hijo. —Lo siento —le dije, acariciándole el brazo—. Pero hoy es nuestra noche. —Tienes razón —me besó la mejilla—. Quédate aquí. Voy a saludar a un accionista. No tardo. Me quedé allí, navegando entre la multitud, soportando las sonrisas falsas hasta que el organizador me avisó que mi discurso estaba cerca. Busqué a Julian. No estaba en la barra, ni en la mesa principal. Sabía que las multitudes le daban ansiedad, probablemente se había escabullido a la parte trasera, hacia las bodegas, buscando un poco de aire. Caminé hacia el área de servicio. Pasé la cocina, el ruido frenético de los camareros, y me adentré en el pasillo oscuro que llevaba a los depósitos. Entonces, lo escuché. Un gemido agudo y salvaje. —¡Oh, sí!... Más duro, bebé... Me llevé la mano a la boca, conteniendo una carcajada de alivio al pensar que había atrapado a mi estirada hermana en una situación escandalosa. Pero mi risa murió en mi garganta cuando la voz masculina me golpeó como un rayo. —¿Quieres más, nena? ¡Tendrás más! Era Julian. —Mi queridísima hermana no sabe darte lo que te gusta —la voz de Cynthia era un siseo de triunfo—. Apuesto a que apenas puedes hacer que se te pare con ella... —No lo sabes bien... —la voz de él era pura frialdad. —Con todas esas libras de más, no te culpo. No quiero ni imaginar cómo se ve sin ropa. —soltó Cynthia. Era como si le pusiera hablar mal de mí mientras tenía sexo. —Es un dolor de cabeza fingir que la deseo. ¿Fingir? El mundo se volvió gris. La rabia, una rabia que no sabía que poseía, me quemó la garganta. Abrí la puerta de una patada, haciendo que el metal resonara como un disparo. —¿Qué m****a está pasando aquí? —mi voz salió quebrada, pero llena de un odio visceral. Julian se giró, con los ojos desencajados y la ropa a medio subir, mientras Cynthia chillaba como una rata atrapada, intentando cubrir su desnudez. —Amor... esto no es lo que parece... —balbuceó él, palideciendo. —¡Cállate! —grité, con el rostro ardiendo en lágrimas—. ¡Si vuelves a decir esa estupidez, te juro que te mato aquí mismo! ¿Cómo pudieron? Cynthia se rio, una carcajada cínica y cruel mientras se subía el vestido. —Muy fácil, Valerie. ¿Acaso no te has visto en un espejo? Das asco. No puedes culparlo por buscar a alguien de verdad. Bastante tiempo perdió fingiendo interés. —Eres una zorra asquerosa —escupí. —Amor, esto tiene solución —insistió Julian, acercándose con manos temblorosas. —¡Para mí no hay solución! ¡Ustedes dos me dan náuseas! De repente, una alarma estridente cortó el aire. Las luces de emergencia parpadearon en rojo y un olor acre a quemado comenzó a invadir el pequeño espacio. Fuego. El caos se desató. El humo negro se filtró bajo la puerta, denso y tóxico. Julian y Cynthia corrieron hacia la salida, pero yo me quedé paralizada, viendo cómo el fuego devoraba el pasillo. Cynthia, asfixiada por el humo, se desplomó. Julian la levantó en brazos sin pensarlo. Me acerqué a él, desesperada. —Julian... ayúdame... —toqué su brazo, suplicando. Él me miró. Sus ojos no tenían amor, tenían el desprecio absoluto de alguien que se deshace de un objeto inservible. —Lo siento, Valerie —dijo, ajustando el cuerpo de Cynthia en su pecho—. Pero no podría cargar contigo jamás. Pesas demasiado. Lo mejor para todos... es que te quedes aquí. Se dio la vuelta y se perdió en el infierno de humo. Caí de rodillas. El aire se volvió sólido, una manta de asfixia que me quemaba la garganta. Intenté gatear, buscar una salida, pero mis músculos no respondieron. La oscuridad empezó a cerrarse sobre mí. "Así voy a morir" , pensé. "Aquí, traicionada y olvidada." Justo antes de que el último aliento escapara de mis labios, la puerta se abrió de un golpe seco. Una silueta imponente, vestida con un traje negro, irrumpió entre las llamas. Se arrodilló, y su presencia, fría y poderosa, eclipsó el fuego. Me levantó en vilo con una facilidad aterradora. Mi consciencia se desvanecía. Lo último que vi antes de caer al vacío fueron sus ojos: grises, gélidos y afilados como el acero, mirándome con una intensidad que no pertenecía a este mundo.POV: JuliánEl limpiaparabrisas de mi auto apenas lograba apartar las cortinas de agua que caían sobre el cristal. Pisé el acelerador a fondo, sintiendo el rugido del motor retumbar en el chasis mientras esquivaba vehículos a ciegas por la avenida principal.Tenía las manos pegadas al volante con tal fuerza que los nudillos me dolían. El rostro de Magnus Thorne, con esa serenidad aplastante y esa mirada llena de desprecio, seguía grabado a fuego en mi mente. Cada latido en mis sienes era un recordatorio sofocante de la humillación: mi propio padre no solo me había arruinado en el terreno legal y corporativo, sino que se había quedado con la mujer que yo había desechado, haciéndola madre de su heredero.Giré de golpe a la entrada de la urbanización privada y frené de manera brusca frente a las rejas de la mansión Grand.El lugar, que durante meses había sido el símbolo de mi ascenso social y de mi alianza con el poder, hoy lucía lúgubre bajo el cielo plomizo. La fachada de piedra vi
POV Julián. Magnus rodeó el escritorio despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, manteniendo la vista fija en mí como un depredador observando a una presa acorralada.—Tú dejaste a Valerie tirada —continuó, marcando cada palabra con una claridad aplastante—. La humillaste públicamente el día del anuncio de tu compromiso con ella. La cambiaste por Cynthia porque pensaste que el apellido Grand te abriría las puertas del consejo de administración. Y cuando Arthur la encerró en ese subsuelo, cuando la dejaron aislada, enferma y al borde de la muerte sin acceso a sus patentes ni a su vida, ¿dónde estabas tú, Julián?El aire se me atascó en la garganta. Intenté hablar, pero Magnus levantó una mano, callándome al instante con la pura autoridad de su presencia.—No estuviste ahí —prosiguió Magnus, y por primera vez escuché una nota de desprecio puro en su voz—. No te importó si respiraba o si moría. No moviste un solo dedo para investigar qué le es
POV: JuliánEl aire en el pasillo del piso cuarenta se sentía tan denso que mis pulmones quemaban a cada inhalación.Escuchaba los taconazos apresurados de Victoria detrás de mí, llamándome por mi nombre con un tono agudo y desesperado, pero su voz no era más que un zumbido distante y molesto. Le di un empujón a la puerta acristalada del vestíbulo, ignorándola por completo mientras avanzaba a zancadas ciegas por el mármol reluciente.Un embarazo.La frase resonaba en mi cabeza con el eco seco de un disparo. Valerie estaba embarazada. Y no de cualquiera. De Magnus. De mi padre.Un sudor frío me recorrió la nuca, mezclándose con una oleada de rabia hirviente que amenazaba con hacerme estallar la hiel. Las imágenes se atropellaban en mi mente: Valerie, la mujer silenciosa, la que siempre vestía sin ostentación y a quien yo había considerado una sombra conveniente para mis ambiciones, estaba ahora cargando al heredero de toda la fortuna que me pertenece. El hijo de mi propio padre.Se
POV MagnusVictoria se puso lívida. Abrió la boca para objetar, pero las palabras parecieron atragantarse en su garganta.—Eso... eso es absurdo, es un documento falsificado... —tartamudeó, mirando a su abogado en busca de apoyo.—No lo es, Victoria —intervine, apoyando las manos entrelazadas sobre la mesa—. La investigación privada no solo sacó a la luz tu primer matrimonio no anulado, sino también el desvío sistemático de fondos que realizaste desde las cuentas operativas de mi firma hacia las empresas fantasma de Julián durante los últimos tres años. Se llama fraude civil agravado y conspiración para el lavado de activos.Julián se puso de pie bruscamente, tirando su silla hacia atrás con un estruendo que resonó en toda la estancia.—¡Esto es una emboscada! —gritó, señalándome con el índice—. ¡No tienen ningún derecho! Aunque anules el matrimonio de Victoria, las acciones de Valerie en el fideicomiso Grand están congeladas por la demanda de reestructuraci










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