Mi corazón no dejaba de latir con fuerza, buscando reventar mis costillas.
Ya Maximilian había salido de la habitación hace varios minutos, pero mi tonto corazón no dejaba de bombear como un desquiciado.
Sin darme cuenta, volví a perderme en los pasillos. Mi sentido de la dirección era pésimo.
Si al menos los pasillos tuvieran cuadros, adornos, flores, algo que me ayudara a diferenciar un corredor de otro, pero no, ese hombre frío como un hielo no se había tomado la molestia de volver este l