Al despertarme, el frío había abandonado mi cuerpo. La cabeza me dolía, mis antebrazos estaban llenos de raspones vendados y mi mano conectada a una intravenosa.
Me senté en la cama, sintiéndome desorientada. Pero los recuerdos vinieron en pedazos.
El secuestro, Maximilian desnudándose, acostándose… ¡Rayos!
Estaba sobre una cama tan grande que podían entrar cinco personas cómodamente. Un enorme televisor estaba adherido a la pared de mármol negro. Pocos objetos adornaban la estancia y