La sirvienta se inclinó rápidamente al percatarse de su presencia.
—Señor King, solo intentaba…
—Ven conmigo —ordenó Maximilian, sus ojos azules sobre los míos antes de girar sobre sus talones, ignorandolo que la sirvienta tuviera que decir.
Cuando la sirvienta no se movió, comprendí que la orden no era para ella, sino para mí.
Respiré profundo, avanzando en mi silla de ruedas, siguiendo a este hombre que caminaba con la confianza de quién tiene el control de la situación. Su porte elegante,