C2: De primer amor a cuñado

El corazón me latía con fuerza, golpeándome la caja torácica.

¿Cómo…? ¿Estaba alucinando?

Mi cerebro no parecía funcionar correctamente.

Dos años. Habían sido dos años sin verlo, sin saber de él aparte de las menciones de los medios de comunicación. Dos años en los que me dejó dentro de esta mansión mientras él se marchaba a otro país, amasando una extravagante fortuna aparte de la que ya poseía por el simple hecho de ser un King.

Porque no había nada más codicioso que un multimillonario queriendo expandir su imperio.

Y de repente… estaba devuelta, como si el tiempo se hubiera detenido.

El oxígeno no llegaba a mis pulmones. No podía respirar.

De todas las personas, de todas las posibilidades, ¿por qué justo tenía que ser él? El hombre que se negó a casarse conmigo porque me consideraba indigna, el hombre que me rompió el corazón, que me trató como una distracción mientras yo le entregaba todo mi ser.

¿Cuándo llegó? ¿En qué momento? ¿Por qué Genoveva y Pietro no habían dicho nada?

—Vienna —Su voz era grave, ronca, exactamente como la recordaba.

Me estremecí.

No era un sueño.

Maximilian King estaba allí, de pie frente a mí, mirándome desde arriba con una expresión que no supe descifrar. Entre todas las formas en la que me pudo encontrar, por qué justo en este momento tan humillante, siendo maltratada por su hermano menor.

Me obligué a apartar la mirada de sus ojos azules. Poseía la misma frialdad que el día en que me rechazó.

Me concentré en la silla de ruedas, tratando desesperadamente de levantarla con la esperanza de huir.

—No te muevas —ordenó con dureza. Con aquel tono que no admitía réplica, pero poco me importó.

No podía decirme que hacer. No después de abandonarme, no después de dejarme para marcharse al extranjero. Ya no era la misma joven ingenua que creía en sus palabras.

Esa Vienna murió el día que me rechazó.

—No te acerques —dije con la mandíbula apretada, las lágrimas se derramaban por mis mejillas—. No te necesito. No te necesito a ti ni a nadie. Puedo sola.

Las emociones se desbordaban de mi pecho. Había pasado por mucho en tan poco tiempo. Estos dos años habían sido un infierno y esto solo lo empeoraba. Mi estúpido esposo me es infiel y mi ex novio que aparte es mi cuñado, vuelve para ver lo bajo que he caído.

Ni siquiera estuvo presente en mi compromiso con Theodore, ni en la boda. No podía negar que en ese momento, antes de ser oficialmente su esposa, estaba esperanzada, creyendo que Maximilian aparecería, se arrepentiría de dejarme y me sacaría de la iglesia. Pero solo fue una fantasía y ya no creía en los cuentos de hadas.

Ignorandome, se arrodilló ante mí. El olor a cedro y bergamota me golpeó la nariz. Tan poderoso. Tan controlador. Su olor. Era el mismo aroma que se impregnaba a su piel desde que tengo uso de razón.

Inconscientemente, inhalé con fuerza.

No debí hacerlo, pero no me pude resistir.

De pronto, sus grandes manos me rodearon. Una en mi cintura, la otra debajo de mis muslos. Alzándome como si no pesara nada.

—¿Qué crees qué haces? ¡Sueltame! —grité, mi corazón dando un vuelco involuntario—. ¿No me escuchaste? ¡Dije que no te necesito!

Mi cuerpo temblaba. Ya no sabía si era de rabia, de miedo o era una reacción natural a su tacto.

Sus manos se ajustaron, sosteniéndome con una firmeza que me robaba el aliento.

Sin más, caminó conmigo entre sus brazos.

—¿A dónde me llevas? ¡Bájame! —Pero no importaba lo mucho que gritara, luchará o intentara apartarlo, era como una muralla—. ¡Maximilian!

—¡Silencio! —habló con autoridad.

Pasamos frente a mí habitación, la que compartía con mi esposo. Podía escuchar los gemidos provenientes del interior y Maximilian también.

Era tan vergonzoso que tuve que morderme la lengua.

Estaba en los brazos del hombre que me abandonó mientras que su hermano menor, ahora mi esposo, me engañaba en nuestra propia habitación.

Inconscientemente, me aferré con fuerza al costoso saco de Maximilian. No hizo ningún comentario.

Salió del pasillo, girando a la derecha y reconocí el pasillo al que se dirigía, porque era el mismo que yo he estado evitando durante toda mi estancia.

Abrió la última puerta, el olor a bergamota bañaba la habitación. Debería ser imposible después de dos años donde esta habitación ha estado desocupada. Nadie ha estado aquí desde que se marchó. Para los King, él era el hijo pródigo, rebelde. Para el mundo, era un gran empresario que se desafió a si mismo a amasar su fortuna por su cuenta.

Nadie fuera de esta mansión sabía la verdad. La forma en que dejó todo tirado repentinamente sin ninguna explicación.

Su habitación.

Estuve aquí muchas veces, cuando éramos pareja. O cuando yo creía que lo éramos. Pero solo fue un juego, un entretenimiento para él.

Un nudo se formó en mi estómago. Viví tantos buenos momentos en esta habitación, compartimos tanto juntos, pero todo quedó manchado con aquella última conversación.

—No quiero estar aquí —susurré, sin aliento.

Me ignoró… otra vez.

Me llevó hasta la cama. La misma cama donde me había hecho el amor innumerables veces, susurrándome al oído que me amaba.

¡Mentiras, mentiras y más mentiras!

Me depositó con cuidado en el colchón. Sus manos estaban a ambos lados de mis caderas, su rostro a milímetros del mío, mirándome con aquel gesto indescifrable que parecía haber desarrollado.

—¿Qué crees que haces? —Me atreví a decirle, tratando de que mi voz no temblara—. ¡Te desapareciste por dos años y de repente apareces como si nada! ¡No tienes ningún derecho a tocarme después de como me trataste! ¡Eres un…!

—Has llorado —dijo de pronto, ignorando mis quejas. Su tono era neutral, pero sus ojos azules tan intensos parecían querer derribarme—. ¿Lloras por mi hermano? ¿Lloras por el hombre que te fue infiel?

Apreté los dientes, molesta ante esta conversación. ¿Cómo se atrevía a preguntarme algo así después de haberme abandonado?

—¡No es tu asunto! ¡Lo que ocurra entre mi esposo y yo no te incumbe! —hablé con desdén—. No necesito tu compasión o lo que sea que sea esto. No te necesité cuando te fuiste y no te necesito ahora. Puedo arreglármelas sola. Siempre lo he hecho.

Los músculos de su mandíbula se tensaron.

—Se veía lo bien que te la estabas arreglando cuando te arrojó al suelo, cuando te insultó y te humilló. Y aún así te atreves a seguir llamándolo esposo. Te trata de esa manera y aún decides quedarte con él.

El golpe fue directo.

¿Qué iba a saber él como era mi vida? Sé fue antes de que anunciarán mi compromiso con Theodore. Este matrimonio no era mi voluntad, pero estaba decidida a salir de el. Esa humillación fue la gota que derramó el vaso. Era el último golpe a mi orgullo que necesitaba para tener la determinación de marcharme y lo conseguiría.

—No voy a tener esta conversación con el hombre que trató mi corazón como un juguete y luego se marchó —hablé con los dientes apretados—. Ya no te quiero en mi vida, Maximilian. Te saqué de mi corazón hace mucho tiempo. Ahora eres un extraño para mí. No significas nada.

Me sostuvo la mirada por una eternidad, sus ojos azules ardiendo con una fuerza que desconocía.

Finalmente, se alejó.

Sentí como la presión en mi pecho disminuía a medida que se alejaba.

Sus ojos recorrieron mis piernas inmóviles antes de volver a mi rostro.

—Una pena, Vienna. Porque vine para quedarme y reclamar todo lo que una vez fue mío, dentro y fuera de esta mansión.

Fruncí el ceño, sin comprender.

—¿A qué te refieres?

No me respondió. Salió de la habitación, cerrando la puerta.

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