Mundo ficciónIniciar sesión“Si alguna vez necesitas algo, Vienna, no dudes en llamarme.”
Eso me había dicho el abogado Gregory hace mucho tiempo y esperaba que esas palabras fueran en serio y no una simple cortesía. Lo conocí cuando aún era una Harlow y era de las pocas personas que aún me hablaban después de convertirme en la esposa defectuosa de los King. Por eso concreté una cita con él para exponerle mi caso de divorcio. No nos reuniríamos en su despacho sino en un club privado para mantenerlo en secreto. El plan era fácil. Fingir ir al doctor, que el chofer me dejara frente al hospital y luego pedir un taxi que me llevará a la verdadera ubicación. Sentía el corazón atascado en la garganta ante lo que estaba a punto de hacer. Era como si el terror de los King se hubiera clavado en mi nuca. Pero necesitaba ser fuerte, liberarme no solo de las cadenas legales, sino de las emocionales. En el pasillo del gran salón, se podía escuchar gritos. Era la voz de Genoveva y Pietro. Discutían. —¡Volvió! —gritó mi suegra. Un sonido quebradizo llegó a mis oídos—. ¡Vendrá por nosotros! —¡Deja de gritar de una vez, mujer! No ayuda en nada —respondió mi suegro, tajante. Debería haber retrocedido, esperar a que dejarán de discutir. Pero no pude evitarlo, necesitaba saber la razón por la que peleaban. Normalmente, no peleaban entre ellos sino que gastaban su frustración en humillarme e insultarme. Empujé las ruedas de mi silla, asomándome. Todos estaban allí. Pietro King, con el ceño fruncido, sentado en el mueble de gran tamaño. Genoveva, su esposa, caminando de un lado a otro, a punto de arrancarse el cabello con las manos. Theodore, sentado en el sillón, con gesto cansado, su mano apoyada en la sien. Incluso Amelia estaba ahí, a su lado, acariciando el brazo de mi esposo con preocupación. Cómo si fuera parte de la familia. Cómo si fuera la esposa de Theodore. Si tanto quiere ese puesto, yo con gusto se lo regalo. Mis ojos rápidamente se desviaron a la pantalla del televisor. “MAXIMILIAN KING REGRESA AL PAÍS TRAS DOS AÑOS DE AUSENCIA” ¿Actuaban así por qué su hijo mayor regresó? ¿No deberían estar felices? Espera. ¿Eso significaba que apenas se estaban enterando? Pero… Él estuvo ayer aquí, dentro de esta mansión. ¿Nadie se dio cuenta? Entendía que no se marchó de la mejor manera, pero considerando que eran sus padres, deberían estar aliviados de que volviera. —Cálmense —Intervino Theodore—. Tal vez solo viene por negocios… —¿Negocios? —Pietro soltó una risa amarga—. ¿Tú crees que ese hombre hace algo sin un propósito? Es más que obvio lo que quiere y no se lo vamos a permitir. No le vamos a dar nada. Mucho menos a ella, es nuestro seguro. ¿Ella? —Padre, sigues siendo el patriarca de esta familia y el dueño de la compañía eléctrica más sólida del país. Él no tiene poder aquí. —¿No tiene poder? —Pietro lo fulminó con la mirada—. ¡Ese hombre construyó un imperio desde cero! ¡Creó su propia compañía de energía renovable que compite directamente contra la mía mientras tú te dedicabas a jugar con secretarias! ¡No subestimes a tu hermano, Theodore! Él no es como tú. Theodore apretó los dientes, molesto. Lo inferior que se sentía ante su hermano mayor era su talón de Aquiles. El insulto fue tan certero que no pude evitar reírme. Los cuatro pares de ojos se giraron en mi dirección, percatándose de mi presencia. —¿Crees qué es gracioso? —Genoveva se acercó hasta donde estaba, sus tacones resonando en la cerámica—. No te hagas ilusiones, no has ganado. ¿Ganado? ¿De qué rayos habla esa mujer desquiciada? Por un segundo pensé que se refería a mi relación pasada con Maximilian, pero era imposible. Guardamos bien el secreto, jamás se lo dijimos a nadie. —Buenos días —hablé con tranquilidad, ignorando su provocación como ya era costumbre—. Solo pasaba a desayunar antes de salir. —¿Salir? —Pietro entrecerró los ojos—. ¿A dónde? —Tengo una consulta médica —Dejé que las palabras salieran con naturalidad—. El doctor quiere evaluar mi progreso antes de programar la cirugía. —Progreso — Theodore soltó una risa burlona—. ¿Qué progreso, Vienna? Llevas dos años sin mover esas piernas. Y esa cirugía solo será un gasto más con el que tendremos que lidiar para que al final no sirva. Mis manos se cerraron en las ruedas hasta que mis nudillos palidecieron. —Que no se te olvide que más del sesenta porciento es pagado a través de fundaciones que me han ayudado mientras que ustedes a regañadientes y para cumplir con las apariencias, me dan el resto —hablé con convicción—. Tienen tanto dinero y no son capaces de ayudar como es debido a pesar de estar en esta silla de ruedas por su culpa. Una presión se liberó en mi pecho al decir por primera vez la verdad ante mis suegros. Siempre querían que yo sintiera vergüenza, pero eran ellos quienes debían sentirse avergonzados. La bofetada me tomó desprevenida, mi cabeza se giró a un lado. El ardor se adueñó de mi mejilla. Por un segundo, no fui capaz de procesar lo ocurrido. —Malagradecida —Me soltó Genoveva—. Te hemos dado techo, comida, buena ropa, protección y así nos hablas. Mi hijo desperdicia su vida a tu lado y aún te atreves a reclamarnos. —Su hijo no está desperdiciando nada. Mírelo, cogiendo con una zorra escaladora y ustedes lo protegen como si estuviera hecho de oro. Ella agrandó la boca, impactada. Normalmente, no respondía a sus provocaciones, aguantaba en silencio mientras me menospreciaba para agrandar el frágil ego de su hijo. Pero ya no podía soportarlo más. Ver a la amante de mi esposo ganarse a los suegros que tanto me han maltratado fue la gota que colmó el vaso. Genoveva estaba lista para replicar, pero Pietro intervino. —Ya, Genoveva. Deja que la invalida se vaya a su cita médica. No vale la pena perder el tiempo discutiendo con ella. Genoveva refunfuñó, alejándose. Inválida. La palabra ya no me dolía como antes. Ahora solo me daba fuerza. Me di la vuelta en mi silla y rodé hacia la salida sin mirar atrás. —Disfruta tu consulta, Vienna —dijo Theodore, con sorna—. Total, no cambiará nada. Siempre serás la misma muñeca rota. No permití que sus palabras atravesarán mi corazón, porque dentro de pocos ya no importaría. Sería libre. _____________ El club La Brasserie estaba lleno aún de día, como si nunca cerrara. Las mujeres llevaban tacones de agujas tan fijos que podrían sacarle un ojo a alguien. Vestían con minifaldas negras y medias hasta las rodillas, diferenciándolas como empleadas. Parpadeé repetidas veces, mirando el elegante anuncio de bienvenida, asegurándome de que este fuera el lugar correcto. No parecía un lugar adecuado para una reunión, pero tal vez ese era el punto. En los pasillos bien decorados, había grandes televisores pantallas planas. Estaban emitiendo una pasarela muy importante en Nueva York, protagonizada por los Angeles de Verónica Secret. La confianza que emanaba cada modelo al pisar la pasarela, era gloriosa. Mujeres poderosas, llenas de brillo y ferocidad. No pude evitar suspirar, anhelando ser yo. —Lo lograré. Algún día seré yo quien esté ahí —susurré. No me importaba que las personas se burlaran de mí por no ser capaz, que me vieran con disgusto en esta silla de ruedas o me tratarán como tonta cada vez que hablaba de la cirugía que necesitaba, como si fuera una fantasía mía que jamás se cumpliría. Continúe mi camino hasta llegar a la habitación en el fondo. Al entrar, ahí estaba Gregory, detrás de una butaca roja en forma de U con una mesa de madera en el centro, donde ya descansaba una botella de whisky. —Vienna —dijo al verme, una sonrisa formándose en su rostro. Sus ojos bajaron a mi silla de ruedas, como ya era costumbre—. Cuanto tiempo sin verte. —Gracias por aceptar reunirse conmigo, Gregory. Una vez al lado de la butaca, usé la fuerza de mis brazos para intercambiarme de asiento. Era perfectamente capaz de valerme por mí misma. No necesitaba ayuda. Tal vez mis piernas no funcionarán, pero no me convertía en una inútil como se expresaban los King de mí. En estos dos años, yo me he encargado de mí misma, sin necesidad de nadie que me asistiera. Era complicado, era difícil, pero al menos no tenía que depender de personas que me consideraban un estorbo. Gregory parpadeó, impactado, como si no logrará procesar que mi trasero se podía despegar de la silla. —Me alegra que me hayas llamado. Con gusto te ayudaré con tu caso —La fuerza y convicción con la que habló me hizo sonreír. Pensé que me costaría convencerlo o se haría el difícil, después de todo, no eran muchos los abogados de divorcios dispuestos a enfrentarse a la muralla que representaba el apellido King. —En verdad se lo agradezco —Saqué de mi cartera el contrato de matrimonio. Mismo contrato donde estaba la testada cláusula de divorcio. Él podía divorciarse de mí, pero yo no de él. Al tomarlo, apenas lo hojeó, pasando página tras página con rapidez. —Este contrato es una joya legal —Arrojó el contrato sobre la mesa—. Pero hay un tecnicismo que los King pasaron por alto. Ladeé la cabeza, impactada ante su descubrimiento cuando apenas llevaba cinco minutos con aquel contrato de diversas páginas. —¿Un tecnicismo? —Sí. La cláusula de divorcio unilateral no dice que estés atada a Theodore específicamente, dice que estás atada al "heredero en turno de la familia King" —Colocó sus codos sobre la mesa, entrelazando sus dedos—. Eso significa que si el heredero cambia, el vínculo matrimonial puede transferirse. Es una redacción ambigua, pero legalmente válida. Parpadeé repetidas veces, intentando comprender. Me… ¿Me podían intercambiar? Cómo si yo fuera un mero objeto. ¡Yo era una persona! —¿Transferirse? —A quien sea el heredero legal en el momento en que se active la cláusula —Explicó Gregory—. Actualmente, Theodore es el heredero porque su padre así lo designó. Pero si el patriarca cambiara de opinión... o si alguien más reclamara ese puesto... —¿Quién? La puerta se abrió sin que nadie llamara. Cómo un mal presagio. El oxígeno se condensó en la habitación, frío, como si una tormenta eléctrica se hubiera abierto paso. Y ahí estaba, sus ojos azules, tan profundos como crueles. Mi corazón olvidó como funcionar correctamente, latiendo a una velocidad abismal Maximilian King. —Yo.






