Mundo ficciónIniciar sesiónValeria Morales tiene una sola regla: divertirse y pasarla bien. Sin embargo, su vida perfecta en los barrios más exclusivos de Buenos Aires está bajo amenaza. Obligada por su padre a estudiar una carrera de Derecho que odia para cumplir un mandato familiar, Valeria se choca de frente con el peor obstáculo posible: el profesor Damián Salguero, el hombre más estricto, frío e inalcanzable de la facultad. Tras recibir un humillante aplazo en Derecho Romano y ver cómo sus trucos de seducción rebotan contra la madurez aplastante del profesor, el orgullo de Valeria estalla. Lo que empezó como un manotazo de ahogado para salvar la materia y mantener a su padre lejos, se transforma en un reto peligroso. Ella no piensa quemarse las pestañas estudiando; piensa derretir la fachada de hielo del implacable "Ogro" hasta tenerlo de rodillas. Pero Damián Salguero no es un estudiante dócil al que pueda manipular con una mirada. Detrás de sus trajes impecables y su reputación perfecta se esconde un hombre hermético, marcado por un pasado que protege con recelo y una soledad que nadie ha logrado romper. Cuando una colisión inesperada en la penumbra de la noche porteña vuelva a poner sus cuerpos a escasos centímetros, las reglas de la facultad quedarán suspendidas. En este juego de poder, secretos y provocaciones, Valeria está dispuesta a jugar con fuego... sin saber que Salguero es el tipo de hombre capaz de hacer que se incendie con él.
Leer más—¿Tres sobre diez, profesor? Vaya... creo que me tiene un poco de mala idea.
—Le tengo la idea exacta que se merece, señorita Morales. Ese examen demuestra que no abrió un solo libro en todo el semestre.
—Es que el Derecho Romano es tan... aburrido. Y sus clases son tan largas.
—Es una carrera universitaria, no un club vacacional. Si no le interesa, la puerta está abierta. Su padre paga una de las matrículas más altas de esta facultad para que usted esté sentada al fondo de mi aula mirando el teléfono.
—Ay, por favor, no meta a mi papá en esto. Precisamente estoy aquí para que él me deje en paz y estar bien lejos de su casa. Derecho es su sueño, no el mío. A mí solo me importa divertirme... y pasarla bien.
—Pues se va a divertir regresando con una materia reprobada. Mi firma no se regala.
—¿Y quién dijo que quiero que me la regale? Podríamos... negociar.
—Señorita Morales, mida sus palabras.
—¿Por qué se pone tan serio, profesor? Solo digo que podría darme clases particulares. A solas. En un lugar más... cómodo que esta oficina fría.
—No voy a perder mi tiempo por los caprichos de una niña mimada que sólo quiere divertirse y que no sabe realmente lo que quiere.
—Sé perfectamente lo que quiero. Y no soy una niña.
—Pues actúe como una adulta. Recoja sus cosas y salga de mi despacho.
—¿De verdad quiere que me vaya?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no deja de mirarme la boca mientras me lo dice?
—...
—Usted explica su clase, mira la pizarra, pero en cuanto me cruzo de piernas o me acerco a su escritorio... sus ojos cambian. Se le nota profesor, se le corta la respiración.
—Es una falta de respeto. Salga de aquí. Ahora mismo.
—No me voy a ir. Sé que se muere de ganas de ponerme la mano encima para darme un castigo de verdad. Su vida es tan perfecta, tan aburrida, tan llena de reglas... Debe ser agotador ser el hombre ejemplar todo el día, ¿verdad? Venga y muéstreme qué tan estricto puede ser cuando no tiene un aula llena de alumnos mirándolo.
Ella deslizó la mirada por el escritorio de madera hasta detenerse en el pesado identificador de acrílico y bronce. Con una sonrisa lenta y coqueta, estiró dos dedos perfectos, empujó la placa y la dejó caer al suelo con un golpe seco. El nombre del Profesor Damián Salguero quedó boca abajo en la alfombra.
—Oops... Se cayó, profesor Salguero.
Damián se levantó lentamente, caminó rodeando el escritorio con elegancia y se detuvo a escasos centímetros de ella. Su mirada era fría, analítica y aplastante. Ella sostuvo la sonrisa, creyendo que había ganado, pero entonces él se inclinó hacia su oído, con una voz profunda, pausada y completamente calmada.
—¿Crees que estás jugando, Morales? Crees que llevar un vestido ajustado y coquetear con el profesor la hace una mujer peligrosa. Pero la verdad es que solo es una niña asustada que usa el descaro como escudo porque no tolera la frustración de un tres de nota.
—Yo no...
—Shh. Déjeme hablar. Me mira buscando un rastro de debilidad para correr a alimentar su ego. Sí, es hermosa, una tentación evidente. Pero lo que te falta en madurez te sobra en ingenuidad. Si yo decidiera darte el castigo que pides, Morales... te aseguro que no sabrías cómo manejarlo. Llorarías por regresar a los brazos de tu papá en el primer segundo. Te falta mucho mundo para jugar en mi liga.
Valeria sintió un vuelco violento en el estómago. El aire se le escapaba. Por primera vez en su vida, el calor le subió por las mejillas y un sonrojo intenso e incontrolable la delató. La seguridad se le desmoronaba ante la abrumadora madurez del hombre.
—Usted... usted no sabe nada —logró balbucear ella, con la voz temblorosa.
De pronto, dos golpes secos y fuertes resonaron en la puerta de madera.
—¿Quién es? —preguntó él, manteniendo la presión sobre ella.
—Profesor Salguero, soy yo, Agustín. Necesito los reportes de las notas finales para la junta de las cinco, ¿estás desocupado? —respondió la voz del director desde el pasillo.
Solo en ese momento, Damián dio un paso atrás, rompiendo la insoportable cercanía física. Se acomodó los puños de la camisa con una calma exasperante y caminó hacia la entrada.
—Pase adelante, Director. No estoy ocupado —dijo, girando el picaporte.
Damián, con un movimiento impecable y sin rastro de nervios, se acercó al escritorio y le extendió los papeles.
—Aquí tiene los reportes listos y firmados, Rossi.
—Excelente, Damián, me salvas la vida —dijo, guardando el montón de papeles en su carpeta. Al levantar la vista, notó la presencia de la joven y sonrió con cortesía—. ¡Ah! Pero si es la señorita Valeria. Buenas tardes, señorita Morales. ¿Cómo está su padre?
—Buenas... buenas tardes, director —logró decir ella, con el corazón latiéndole en la garganta y tratando de disimular el tono carmín de sus mejillas—. Él... él debe estar bien. En la oficina, supongo.
—La señorita Morales estaba justamente aquí porque quería saber por qué salió tan mal en su examen, Director. Revisábamos su rendimiento.
—¿Ah, sí? —Agustín asintió con seriedad, mirando un segundo a Valeria—. Ah, claro, entiendo... Bueno, Damián, disculpa la interrupción pero la junta ya casi va a empezar. No te demores.
—Descuide, ya voy para allá —respondió Damián con total parsimonia.
El Director se retiró por el pasillo con los reportes en la mano. Damián sostuvo la puerta abierta, se giró hacia Valeria con una ceja alzada y la desarmó con la mirada.
—Ya escuchó al director, señorita Morales. Su tiempo se terminó. Vaya a estudiar si es que quiere pasar mi materia por sus propios méritos. La salida está despejada.
Valeria recogió su bolso a toda prisa, esquivando la mirada del profesor mientras pasaba por su lado, sintiéndose completamente expuesta por la mención de su padre y con el orgullo herido.
El timbre del teléfono fijo rasgó el silencio helado de la mañana con la precisión quirúrgica de un bisturí.Damián, que apenas había logrado sentarse al borde de la cama, dio un brinco involuntario. Atrapó el auricular en el segundo repique para evitar que el sonido despertara nuevamente a la nena.—¿Hola? —su voz era un raspón ronco.—Damián, soy Agustín.El tono de Agustín Rossi rompió el aire con una gravedad seca, carente de cualquier cortesía de etiqueta. Damián se incorporó al instante, sintiendo un nudo frío apretarle el estómago.—Agustín... ¿Qué pasó?—Te llamo rápido porque la policía me notificó hace veinte minutos. Patricia tuvo un accidente gravísimo en la avenida Libertador. Chocó casi de frente contra un taxi a gran velocidad. Está internada de urgencia en la Clínica San Lucas. El cuadro es reservado y la policía está interviniendo porque aparentemente hubo testigos que hablan de una maniobra imprudente, casi suicida. Hay que contener la situación con la prensa y la ad
La noche helada de Vicente López no solo traía aire cordillerano y hojas secas rodando por el asfalto; traía también un veneno añejado que consumía por dentro a Patricia Albarracín.Cerca de la entrada de la casa de Damián, oculta tras el frondoso follaje de un liquidámbar y acurrucada en la penumbra de la acera de enfrente, Patricia tiritaba de rabia. Se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz con dedos rígidos por el frío, reviviendo la humillación de haber sido ignorada por el timbre y el pánico instantáneo de haber sido vista a través del ventanal por la pequeña Catalina. Había tenido que arrastrarse literalmente entre los arbustos del jardín para no ser descubierta cuando Damián salió a mirar.Estaba a punto de rendirse y volver a su vehículo cuando el chasquido seco de la puerta principal reabierta la congeló en su sitio.Entre la luz tenue del porche y la sombra de la entrada, vio salir a una figura femenina. Patricia entornó los ojos, aguzando la vista a través de sus
Pasaron unos diez minutos que se sintieron eternos. En la penumbra del dormitorio, el único sonido era el murmullo acompasado de la respiración de Catalina, que finalmente había caído en un sueño profundo.Durante todo ese tiempo, Damián no soltó la mano de Valeria. Sus dedos siguieron entrelazados en la oscuridad, en un contacto firme y silencioso que servía como el único ancla en medio de la marea de adrenalina y tensión que dominaba la habitación.Asegurándose de que la niña no volvería a despertarse con facilidad, Damián soltó su agarre despacio, se puso de pie sin hacer el menor ruido y rodeó la cama. Se agachó en la penumbra donde Valeria permanecía acurrucada, la tomó con delicadeza pero con firmeza de los brazos y la alzó en vilo con extremo cuidado. Valeria contenía la respiración, dejándose llevar por la fuerza de sus brazos mientras él la conducía hacia afuera, cruzando el umbral y cerrando la puerta del dormitorio con un chasquido imperceptible.Al llegar al salón, la fría
—¡Papi! ¡Papi, tengo miedo! ¡Papi!El sonido del llanto desconsolado de Catalina paralizó a Damián de golpe. El choque térmico entre la pasión desenfrenada y la responsabilidad paterna lo deja helado. Valeria se quedó rígida debajo de él, conteniendo el aliento con el corazón desbocado, atrapada en una situación terriblemente comprometida en medio de la cama del profesor.Los pasos descalzos de la nena comenzaron a sonar sobre el parqué, acercándose a la puerta del dormitorio que quedó apenas entornada.—Papi... ¿dónde estás? —murmuró la niña entre sollozos, a solo centímetros del marco.Damián, con la adrenalina a mil y el pulso en la garganta, se separó de Valeria en un movimiento felino y en silencio total, cubriendo a Valeria con las sábanas de un solo tirón mientras le hizo una seña desesperada de que no haga ni el más mínimo ruido. Con el torso desnudo y la respiración entrecortada, Damián abrió la puerta lo justo para salir al pasillo y bloquear la vista hacia el interior del c





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