Mundo ficciónIniciar sesiónCuando el implacable CEO Damon Harris Williams recibe en su puerta a un niño huérfano con sus mismos ojos y una carta que lo obliga a enfrentar el pasado, su mundo de poder y control se tambalea. Rowan es el hijo que nunca supo que tenía, fruto de una semana de pasión que creyó enterrada en Canadá. Pero no está solo. Evaluna, su nueva secretaria de origen dominicano, dulce pero valiente, se convierte en el puente entre el CEO blindado y el pequeño de seis años que solo busca un hogar y reencontrarse con su padre. Lo que empieza como una obligación en la ciudad de Washington, se convierte en una historia de redención, ternura y un amor inesperado que lo cambiará todo.
Leer másEvaluna cayó primero, totalmente rendida, con el cabello húmedo pegado a la frente y los labios aún entreabiertos. Damon apenas resistió un instante más antes de derrumbarse junto a ella, hundiendo el rostro en su cuello, agotado, con el cuerpo cubierto de sudor y el corazón golpeando como un tambor desbocado. Ambos quedaron dormidos enredados, sin siquiera apartarse, con el aire pesado de la habitación impregnado de vino, sexo y deseo cumplido. Mientras tanto, en la planta baja del resort, la niñera vigilaba al hijo de Damon y al pequeño Leonardo, el hermano de Evaluna. Los niños corrían descalzos sobre la arena húmeda, riendo, construyendo castillos y chapoteando en la orilla del mar. La niñera los dejaba ser libres, vigilándolos con una sonrisa cansada mientras pensaba en lo tranquilo que estaba todo en comparación con la tormenta que seguro vivían los adultos allá arriba. Pasaron las horas, y recién a las cuatro de la tarde Damon abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras, l
El vapor aún se elevaba en la bañera cuando Damon, con sus manos grandes y firmes, comenzó a masajearle los hombros a Evaluna. Ella cerró los ojos, soltando un suspiro largo, entregándose a la calidez de sus dedos.—Mmm… si sigues así voy a quedarme aquí todo el día —murmuró ella, casi derretida.Damon sonrió contra su oído, con esa arrogancia que lo caracterizaba.—Pues entonces me encargaré de que no te falte agua caliente ni vino.Ella rió entre dientes, relajada, y lo sintió inclinarse para darle un mordisco juguetón en el cuello.—Ummm.Al cabo de un rato, él la levantó de la bañera como si no pesara nada. Le pasó una toalla por el cuerpo con una delicadeza inesperada en un hombre tan dominante, luego tomó otra y la frotó con suavidad por el cabello y con el secador de pelo se ayudó con el resto de humedad en el pelo hasta que este quedó esponjoso y rebelde. Evaluna se miró en el espejo y se echó a reír.—Parezco un león.—Un león adorable —corrigió él, ajustándole la bata seca a
Damon se levantó de la cama luego del primer encuentro, aún desnudo, con ese porte dominante que lo hacía ver como un rey en su propio palacio. Caminó hacia la sala, dejando tras de sí el eco de sus pasos firmes, y tomó la botella de vino que habían dejado atras. Regresó con ella en la mano y, al llegar junto a la cama, la destapó con calma, como si todo fuese parte de un ritual. Por alguna razón estaba inquieto y no se sentia satisfecho.Se inclinó sobre ella, que lo miraba con los labios entreabiertos muy hinchados, y llevó la botella a su propia boca primero. Bebió un sorbo largo, dejando que el vino resbalara lentamente, y enseguida la atrajo de la nuca para unir sus labios con los de él. El líquido tibio pasó de su boca a la de ella, haciéndola gemir suavemente.—Mmm...—Así… —murmuró Damon, con una sonrisa ladeada—. De mis labios a los tuyos. No quiero que te deshidrates.Ella terminó dejándose llevar, bebiendo cada gota como si fuera un secreto compartido. En ese momento, algo
—Dios mio, esto es una locura.Damon la sostuvo con fuerza contra su pecho ella gime de placer, sintiendo el calor que emanaba de ella y el temblor que recorría sus brazos alrededor de su cuello. La había levantado como si fuera liviana como una pluma, y la llevó hasta la habitación sin apartar los ojos de los suyos mientras comia de sus labios. El gesto le daba un tono rosado a las mejillas de Evaluna, y el brillo en sus pupilas oscilaba entre nerviosismo, anhelo y miedo.Con una delicadeza que contrastaba con el torbellino de deseo que lo carcomía por dentro, la depositó suavemente sobre la cama. Evaluna temblaba, no sabía si por los nervios, el vino o la expectativa de lo que estaba a punto de suceder. —¿De verdad esos jeans eran una especie de cinturón de castidad moderno? —murmuró él, con una sonrisa ladeada mientras luchaba por desabrochárselos. Evaluna soltó una risita torpe, medio borracha y ruborizada. —Tal vez… o quizás es que nunca antes alguien intentó quitármelos. Esa
Evaluna entró a la habitación de Damon dudosa, todavía procesando que había aceptado la invitación. Llevaba unos jeans rasgados que dejaban ver su piel bronceada, una blusa de arandelas ligera que le daba un aire juvenil y unas sandalias cómodas. Había querido vestirse sencillo, pero al verla, Damon sintió que brillaba más que cualquier mujer envuelta en lentejuelas. Él, por su parte, estaba relajado: camisa beige arremangada y pantalones de tela oscuros. Nada ostentoso, nada preparado. Parecía un hombre común, casi vulnerable, y eso descolocaba a Evaluna. Sobre la mesa los esperaba una botella de vino abierta, dos copas listas y un par de velas encendidas que Damon había pedido al servicio de habitación, alegando que eran “para crear ambiente relajante”. —No sabía si preferías vino tinto o blanco, así que descorché los dos. Pero creo que el tinto combina mejor con un día tan… lleno de aventuras —dijo él, sirviendo con cuidado. —Tinto está bien —respondió ella, aceptando la copa.
El sol se filtraba entre las cortinas con un resplandor inclemente. Evaluna despertó con un gemido, los brazos extendidos como una estrella de mar, ocupando toda la cama. Todavía tenía puesto el vestido de la noche anterior, arrugado y con el maquillaje corrido.—Dios mío… mi cabeza… —murmuró, llevándose la mano a la frente.Antes de que pudiera incorporarse del todo, escuchó risas y pasos acelerados. Rowan y Leonardo irrumpieron en la habitación como dos torbellinos.—¡Tía Eva, despierta! ¡Nos vamos a perder el desayuno! —exclamó Rowan, saltando a su lado.—Alístate rápido, que el buffet no espera —añadió Leonardo, arrastrando ya sus chancletas de playa.Ella los miró con ojos entornados, deseando que la tierra la tragara.—Niños, ¿pueden… pueden adelantarse? Les doy la llave y nos vemos allá.—¿Y si nos perdemos? —preguntó Rowan, dramatizando.—No se van a perder. Este resort tiene más señales que un aeropuerto —gruñó Evaluna, buscándoles la llave en su bolso.Leonardo arqueó una cej





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