Evaluna lo miró con una mezcla de ternura y tristeza. Damon se quedó en silencio, aún leyendo los resultados como si pudiera cambiar lo que ya era evidente.
—¿No tienes nada que decir? —preguntó Evaluna al ver que no le respondia al niño, cruzado de brazos—. Es tu hijo, Damon. No es una suposición ni un rumor. Es tu sangre.
—Lo sé —respondió por fin Damon, con su voz grave, imperturbable—. No soy estúpido. Y ya las pruebas lo confirmaron.
—Podrías engañar a cualquiera —soltó Evaluna, con una so