Mundo ficciónIniciar sesiónAdrian Volkov es el CEO más temido de Nueva York. Frío. Implacable. Ahora, candidato a Fiscal General. Amelia Hernández solo fue a limpiar la mansión Volkov. Pero en su primer día encontró una carpeta prohibida y descubrió el secreto capaz de destruir su vida… y su campaña. Él no puede despedirla. No puede dejarla ir. Así que le hace una propuesta imposible de rechazar: un matrimonio por contrato para proteger su secreto y asegurar su imagen pública. Para Amelia, es una salida desesperada. Para Adrian, una jugada política perfecta. Pero cuanto más la expone ante el mundo, más pierde el control. Y en el universo Volkov, amar a la mujer equivocada puede costarte el poder… o salvarte de ti mismo.
Leer másPOV. AmeliaEl aire estaba impregnado de algo cálido y especiado, una mezcla invernal que se sentía casi tangible, como si la casa respirara diciembre. Afuera, el invierno de Nueva York caía sobre nuestra casa con esa luz pálida y dorada que solo aparece entre días fríos, reflejándose en las ventanas y suavizando por un instante la dureza de la ciudad. Dentro, el caos era organizado y hermoso, un torbellino de preparativos para la primera gran fiesta de Navidad en nuestra nueva vida.—¿Kat está dormida? —preguntó mi madre, Ana, entrando en la cocina con una bandeja de galletas recién horneadas que olían a cielo y a hogar.Llevaba un jersey rojo brillante y una sonrisa que parecía haberse instalado permanentemente en su rostro desde hacía tres meses. Tres meses desde que Kat nació, y seis desde que ella y Dominic habían hecho oficial su relación. Verlos juntos era como presenciar un amanecer lento y constante; cada día su amor parecía más brillante, más seguro.—Sí, acaba de quedarse
POV. AmeliaEl coche avanzaba entre el tráfico y yo trataba de respirar sin pensar demasiado en ello. A estas alturas, mi cuerpo ya no se sentía mío: pesado, tirante, incómodo… y con los nervios a flor de piel. Podía reírme por nada y, un segundo después, sentir un nudo en la garganta sin saber por qué.Adrian conducía a mi lado con su calma de siempre. A veces me irritaba, otras me sostenía. Su mano se apoyaba en mi rodilla de vez en cuando, firme, sin decir nada, como si eso bastara para mantenerme en equilibrio. Y, la verdad, bastaba.—¿Estás segura de que estás bien para este viaje? —me preguntó por décima vez esa mañana—. Podríamos cancelar. La villa no se va a ir a ninguna parte.—Adrian, si me dices eso una vez más, voy a dar a vuelta este coche y volveré a casa para encerrarte en el sótano —dije, aunque mi tono era más juguetón que amenazador—. Laura es mi mejor amiga. No me perdería el nacimiento de su hijo por nada del mundo. Y menos una cita tan importante como esta.Él son
POV. Ana (Madre de Amelia)El coche de Dominic era silencioso y lujoso, un contraste radical con el mundo caótico y ruidoso en el que había vivido durante tantos años. El olor a cuero nuevo y a su colonia sutil me envolvía, y cada giro del volante me recordaba que esto era real. No era un sueño. Estaba en mi primera cita en… Dios, en décadas. Y el hombre al otro lado del asiento no era un desconocido. Era Dominic. El tío del hombre que mi hija amaba. Un hombre bueno, amable y, confesémoslo, increíblemente apuesto.Nervios. Sentía nervios en cada fibra de mi ser. Mis manos sudaban en el regazo, y el corazón me latía con una fuerza que temía que él pudiera oír. ¿Y si decía algo estúpido? ¿Y si mi vestido azul marino parecía ridículo? ¿Y si…?—¿Estás bien, Ana? —preguntó su voz suave, rompiendo el silencio—. Pareces un poco… perdida en tus pensamientos.Me giré hacia él, forzando una sonrisa.—Sí, sí, estoy bien. Solo… es un poco abrumador, ¿sabes? Salir. Después de tanto tiempo.Él sonr
POV. AmeliaLa casa estaba en ese estado de calma caótica propio de las mañanas con niños pequeños. Arlo y Erik, ahora dos pequeños torbellinos de un año y siete meses, jugaban en la sala, llenándola de risas, pasos desordenados y juguetes esparcidos por todas partes. Yo, en cambio, estaba en una misión distinta. Buscaba a mi marido.No estaba en el salón, ni en la oficina.Lo encontré donde casi siempre se perdía cuando tenía la mente en otra parte: en la cocina, de pie frente a la gran ventana que daba al jardín, con una taza de café entre las manos. Miraba hacia afuera sin prisa, como si el mundo entero acabara de despertar y él lo estuviera observando antes de decidir entrar en él.Me quedé en el umbral, observándolo. La luz de la mañana se filtraba por la ventana y le caía sobre el pelo oscuro, dibujándole un brillo suave, casi dorado. Llevaba una camiseta gris vieja y unos vaqueros, y parecía más relajado, más en paz de lo que lo había visto en años. La carga que siempre había l
Último capítulo