El sol se filtraba entre las cortinas con un resplandor inclemente. Evaluna despertó con un gemido, los brazos extendidos como una estrella de mar, ocupando toda la cama. Todavía tenía puesto el vestido de la noche anterior, arrugado y con el maquillaje corrido.
—Dios mío… mi cabeza… —murmuró, llevándose la mano a la frente.
Antes de que pudiera incorporarse del todo, escuchó risas y pasos acelerados. Rowan y Leonardo irrumpieron en la habitación como dos torbellinos.
—¡Tía Eva, despierta! ¡Nos