Eres mía

El vapor aún se elevaba en la bañera cuando Damon, con sus manos grandes y firmes, comenzó a masajearle los hombros a Evaluna. Ella cerró los ojos, soltando un suspiro largo, entregándose a la calidez de sus dedos.

—Mmm… si sigues así voy a quedarme aquí todo el día —murmuró ella, casi derretida.

Damon sonrió contra su oído, con esa arrogancia que lo caracterizaba.

—Pues entonces me encargaré de que no te falte agua caliente ni vino.

Ella rió entre dientes, relajada, y lo sintió inclinarse para
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