—Dios mio, esto es una locura.
Damon la sostuvo con fuerza contra su pecho ella gime de placer, sintiendo el calor que emanaba de ella y el temblor que recorría sus brazos alrededor de su cuello. La había levantado como si fuera liviana como una pluma, y la llevó hasta la habitación sin apartar los ojos de los suyos mientras comia de sus labios. El gesto le daba un tono rosado a las mejillas de Evaluna, y el brillo en sus pupilas oscilaba entre nerviosismo, anhelo y miedo.
Con una delicadeza que