Mundo ficciónIniciar sesión¿Puede un corazón congelado volver a latir cuando la mujer que tiene enfrente es el vivo retrato de la que perdió? Damián Black lo tenía todo: un imperio empresarial, una esposa a la que adoraba y una hija en camino, pero el destino, cruel y despiadado, se lo arrebató todo en una sola noche fatídica debido al síndrome de HELLP. Destrozado y consumido por la culpa, Damián se aisló del mundo en su hacienda "El Silencio", dejando que su corazón se convirtiera en piedra y su imperio en manos de otros. Cinco años después, la junta directiva le da un ultimátum: o se casa y retoma el control, o pierde la empresa que construyó su familia, Damián acepta con una condición helada: "Cásenme con quien quieran, pero no esperen que la ame, para mí, ella no existirá". Isabella Ross es una joven estudiante de arte, llena de color y vida, vendida por su propio padre para salvar su empresa de la quiebra, ella espera un matrimonio frío, pero no está preparada para el odio visceral que ve en los ojos de su nuevo esposo la primera vez que la mira, lo que Isabella no sabe es que ella es la viva imagen de la difunta esposa de Damián. Lo que Damián no sabe es que la luz de Isabella es lo único capaz de disipar sus sombras y cuando Isabella descubra la tragedia que rompió al hombre detrás de la bestia, se propondrá sanarlo, pero ¿se está enamorando Damián de Isabella, o solo ama el fantasma que ella representa?
Leer másDAMIAN
—Estás sudando frío Damián, contrólalo.
La voz de Liam, mi socio, me taladró el oído. Me limpié la frente con brusquedad, ignorando el temblor en mis manos. Estábamos parados frente al altar, dándole la espalda a trescientos buitres que esperaban ver caer al dueño de Alpha Enterprise.
—No estoy sudando —gruñí, ajustándome los gemelos de ónix con violencia—. Estoy harto, quiero firmar el maldito papel y largarme.
—Es una boda, no una ejecución —susurró Liam, manteniendo su sonrisa falsa para la prensa—. Recuerda el trato. Tú pones los cinco millones para salvar al padre de la quiebra y la chica pone la cara bonita para estabilizar tus acciones, es un negocio.
—Es una farsa —repliqué, sintiendo que el cuello de la camisa me asfixiaba—. Cinco años de luto y termino comprando una esposa para que la junta directiva deje de molestar, soy patético.
La marcha nupcial dio inicio.
—Ya viene —avisó Liam, dándome un codazo—. Gírate.
Me tensé, no quería verla, no quería ver a la niña mimada que Roberto Ross me había vendido; seguramente vendría sonriendo como si se hubiera ganado la lotería al cazarme.
—Damián, gírate ahora —insistió Liam entre dientes—. Están mirando.
Solté un suspiro furioso y me giré lentamente, con la mandíbula apretada, preparado para poner mi mejor cara de indiferencia y frialdad, preparado para ver a una desconocida.
Me giré por completo y el mundo se detuvo.
Se detuvo en seco, violento y brutal, el aire se escapó de mis pulmones como si me hubieran dado un puñetazo en el plexo solar.
La mujer venía caminando por el pasillo, pero no sonreía, se veía resignada pero no feliz.
Levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron.
Sentí una descarga eléctrica de terror puro que me recorrió la columna vertebral, mis rodillas fallaron y tuve que agarrarme del borde del altar para no desplomarme allí mismo.
—No... —la palabra salió de mi garganta como un sonido estrangulado, inaudible.
Me quedé paralizado, con los ojos desorbitados, incapaz de procesar lo que tenía enfrente, en mi cerebro hubo un corto circuito y no daba crédito a lo que mis ojos veían frente a mi.
«Es imposible, es imposible.»
Mi corazón empezó a latir tan rápido que me dolía el pecho, sentí náuseas y la iglesia empezó a dar vueltas.
No podía ser ella, Dios, no podía estarme pasando esto, pero esos ojos... esa mirada...
Ella se acercó más y vi el miedo en su rostro, pero yo estaba más aterrorizado que ella. Estaba viendo lo imposible, estaba viendo una alucinación, un castigo divino, una pesadilla que había cobrado vida para atormentarme.
Liam me agarró del brazo, clavándome los dedos.
—¿Qué te pasa? Damián, estás blanco, parece como si te fueras a desmayar.
Me solté de un tirón sin dejar de mirarla, no podía apartar la vista, sentía que si parpadeaba, ella desaparecería.
Llegó al pie del altar y Roberto Ross me tendió su mano con una sonrisa estúpida.
—Cuídala.
Yo no podía moverme, miraba a la novia con horror absoluto, sentía que iba a vomitar. ¿Cómo se atrevían? ¿Qué clase de truco enfermo era este?
—Damián... la mano —siseó Liam, alarmado.
Levanté mi mano que temblaba violentamente, la gente empezó a murmurar, pero no me importaba.
Toqué su mano, estaba fría.
El contacto me quemó y confirmó mi peor miedo: no era una alucinación, había un cuerpo físico ahí parado con el rostro de mi pasado. La atraje hacia mí con un movimiento brusco, casi violento, desesperado por verla de cerca, por encontrar la costura del disfraz, la falla en la matriz.
Ella tropezó y me miró con pánico.
Yo la miré con odio, con el odio que nace del terror más profundo.
—¿Quién eres? —pensé, sintiendo que la locura me arañaba la mente—. ¿Qué demonios eres?
El sacerdote empezó a hablar, pero yo solo escuchaba el zumbido de mi propia sangre. Estaba atrapado en el altar con un fantasma y no tenía escapatoria.
DAMIÁNCerré la puerta principal de la mansión con tanta fuerza que el marco crujió. Me quedé recargado contra la puerta, con la respiración súper agitada y los puños apretados hasta que los nudillos me dolieron.Quería golpear algo.Liam salió del pasillo que daba a mi despacho. Llevaba una taza de café en la mano y me miraba con el ceño fruncido, claramente alertado por los gritos.—Esa que acaba de salir en el coche era Lorena Ross, ¿verdad? —preguntó Liam, acercándose despacio, evaluando mi nivel de furia—. La vi desde la ventana de la oficina. ¿A qué demonios vino la hermanastra malvada a estas horas de la noche?—Vino a escupir veneno —le contesté, despegándome de la puerta y caminando hacia la sala de estar para dejarme caer pesadamente en el sillón—. Me dijo que Isabe
ISABELLABruno estacionó su coche afuera de un edificio viejo, apagó el motor y soltó un suspiro pesado, pasándose las manos por la cara antes de mirarme.—Llegamos Isa, es en el tercer piso y no hay elevador, así que vamos a hacer pierna —dijo, intentando sonreír para quitarle peso al momento.Asentí, sintiendo que toda la adrenalina de la huida se me escapaba del cuerpo, dejándome un cansancio inmenso. Me bajé del carro con las piernas temblando, Bruno sacó mi pequeña maleta de la cajuela y caminamos hacia la entrada.Subimos las escaleras en silencio, al abrir la puerta de su departamento, el olor a café y pinturas me recibió como un abrazo familiar. Era un lugar chiquito, de una sola recámara, con lienzos apilados contra las paredes y la luz de la calle entrando por un ventanal.—Pasa, mi casa es tu casa —Bruno dejó l
DAMIÁNManejé desde el centro de la ciudad hasta El Silencio con el acelerador pegado al fondo. Rebasé a cuanto coche se me cruzó enfrente, me pasé tres semáforos en rojo y estuve a punto de chocar dos veces contra el camellón. No me importaba, lo único que me importaba en este maldito momento era llegar a mi casa.Le había marcado a su celular veintiocho malditas veces y la llamada se iba directo al buzón de voz. La opresión en el pecho que llevaba sintiendo todo el día se había convertido en un dolor físico, agudo, como si me estuvieran aplastando las costillas.Contesta, por favor, contesta, murmuraba, apretando el volante con las manos sudadas.Pero nada, silencio absoluto.Llegué a la entrada de la mansión y frené de golpe. Las llantas patinaron sobre la grava del camino y el coche quedó atravesado frente a la puerta principal, me bajé dejando el motor encendido y la puerta abierta de par en par.Subí los escalones de dos en dos y pateé puerta de madera para entrar.—¡Isabella! —
ISABELLA—¡Acelera, Bruno! —le grité, cerrando la ventanilla del coche de un jalón.El celular que no dejaba de vibrar ya estaba hecho pedazos tirado en algún lugar de la carretera. Me dejé caer contra el respaldo del asiento, respirando por la boca, temblando de pies a cabeza. No había marcha atrás, acababa de dejar a Damián.Bruno metió el acelerador a fondo, esquivando un par de coches lentos en la avenida principal. Me miró de reojo, con las manos apretando el volante con fuerza.—Dime que no acabas de tirar tu celular nuevecito por la ventana, Isa —me dijo, viéndome sin poder creerlo.—Tenía que hacerlo —le contesté con la respiración cortada—. Damián tiene rastreador de GPS en mi teléfono. Si me lo quedaba su equipo de seguridad iba a saber exactamente en dónde estoy en menos de cinco minutos. Y no dudaría en mandar a sus hombres a por nosotros.—Esto es una completa locura, estás temblando entera —Bruno bajó un poco la velocidad al entrar a la zona residencial, frunciendo el ce
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