Mundo ficciónIniciar sesiónTras la muerte de sus padres, Alistair Blackwood, el imponente Duque del Norte, descubre que su herencia tiene un precio amargo: casarse con Elowen Dawn, la hija del caballero a quien su familia le debe la vida. Para Alistair, Elowen es el muro que lo separa de la princesa que ama y el recordatorio de una deuda que no pidió. Para Elowen, este matrimonio es una humillación; ama a Alistair desde niña, pero ahora él la mira con un desprecio glacial. Entre bailes de la corte, la presión del Rey y un amor que parece imposible, ¿podrá el honor transformarse en pasión o el resentimiento de Alistair terminará por destruir a la mujer que está obligado a proteger? Una historia de lealtad, poder y un corazón herido que debe aprender a sanar.
Leer másEl silencio en el despacho del ducado era tan pesado como el luto que envolvía los hombros de Alistair Blackwood. El aroma a incienso y madera vieja parecía asfixiarlo mientras sus ojos, azules y fríos como el hielo del Norte, se clavaban en el documento sobre el escritorio. Su padre apenas llevaba tres días bajo tierra, víctima de un infarto fulminante, y Alistair ya sentía que el peso de la corona ducal le estaba aplastando el alma.
—¿Una cláusula? —la voz de Alistair fue un susurro peligroso—. Repítalo, abogado.
El anciano carraspeó, ajustándose las gafas con nerviosismo.
—Lo lamento, Excelencia. Es la última voluntad de su Excelencia el difunto Duque. Para que usted pueda heredar oficialmente el título, las tierras y la administración del Norte, debe contraer matrimonio con la señorita Elowen Dawn, hija de Sir Thomas Dawn, en un plazo no mayor a treinta días. De lo contrario, el ducado pasará a ser administrado por la Corona hasta que aparezca un heredero que cumpla con los términos.
Alistair sintió un golpe seco en el pecho. Elowen. La niña de ojos amatista y cabello plata que su padre había traído a casa cuando él tenía diez años. La hija del hombre que salvó a sus padres, sí, pero también la mujer que en ese preciso instante acababa de arrebatarle su único sueño: pedir la mano de la Princesa Aurora.
Sin decir palabra, Alistair se puso en pie y salió del despacho. Sus pasos resonaban con furia por los pasillos de mármol. Al llegar al gran vestíbulo, la vio.
Elowen estaba allí, de pie junto a un gran ventanal. La luz de la tarde hacía que su cabello blanco plateado brillara como la luna, y su vestido negro de luto resaltaba su piel pálida. Al escucharlo, ella se giró. Sus ojos amatista, siempre cargados de una dulzura que él ahora despreciaba, se llenaron de preocupación.
—Alistair... —murmuró ella, dando un paso al frente—. ¿Estás bien? El abogado dijo que...
—¿Lo sabías? —la interrumpió él, deteniéndose a un metro de ella. Su mirada era tan cortante que Elowen retrocedió involuntariamente.
—¿Saber qué? —preguntó ella con voz trémula. —No finjas inocencia, Elowen. Sabías que tu padre y el mío vendieron mi vida antes de que yo tuviera uso de razón. Sabías que eras el precio de una deuda de sangre.
Elowen palideció, sus labios rosados temblaron. Ella siempre había sabido del afecto de Alistair por la Princesa Aurora, y la humillación de verse como un obstáculo la golpeó de lleno.
—Yo... yo no sabía que estaba en el testamento, Alistair. Te lo juro.
—Mientes —escupió él con amargura—. Has vivido bajo mi techo, comido en mi mesa y ahora te quedarás con mi libertad. Disfruta tu victoria, "Duquesa". Pero mírame bien, Elowen: tendré que ponerte un anillo, pero nunca te daré un lugar en mi corazón. Ese lugar le pertenece a Aurora, y tú no eres más que la cadena que me impide alcanzarla.
Alistair pasó por su lado sin mirar atrás, dejándola sola en la inmensidad del salón. Elowen apretó los puños, las lágrimas quemando sus ojos violetas. Sabía que Alistair estaba herido, pero no imaginaba que el hombre al que había amado en secreto desde la infancia la miraría con tanto odio.
A lo lejos, el sonido de un carruaje real anunció la llegada de la Princesa Aurora. Alistair se detuvo, compuso su rostro y se preparó para recibir a la mujer que amaba, sabiendo que cada sonrisa que le dedicara a la princesa sería una puñalada para la esposa que estaba obligado a tener.
S.P. Rivers “En un mundo de deudas, el corazón es la única moneda real”.
El invierno en el reino de Aethelgar no era simplemente una estación; era un estado de ánimo que envolvía las torres de cristal y los tejados de pizarra en un manto de plata eterna. Aquella noche, el frío era tan intenso que el aliento de los guardias reales se convertía en pequeñas nubes de escarcha frente a sus rostros. El Palacio de Cristal, el corazón palpitante del reino, estaba sumergido en un silencio que pesaba más que las piedras de sus muros. No era un silencio de paz, sino de una tensa y eléctrica espera que recorría cada pasillo, desde las cocinas subterráneas hasta la alcoba real.Caspian caminaba de un lado a otro en la antesala. Sus pasos eran rítmicos, casi obsesivos, sobre el suelo de mármol pulido. Vestía una túnica de gala azul medianoche, bordada con hilos de plata que representaban las constelaciones de Aethelgar, pero su elegancia habitual estaba rota por la ansiedad. Sus manos de porcelana, tan blancas como la nieve que caía afuera, se entrelazaban con tal fuerz
Para muchos, el tiempo es una línea recta, pero para los soberanos del Palacio de Cristal, el tiempo se mide en los latidos de aquellos que aman. Cuando el cronista real escribió que habían pasado cinco años desde que el llanto de una niña rompió el silencio en el Norte, el mundo leyó una cifra. Pero detrás de ese número, en la capital, se gestaba la verdadera historia de cómo la corona de zafiro recuperó su brillo. Estos fueron los años en los que Caspian dejó de ser una estatua de porcelana para convertirse en un hombre, y en los que Isolde de la Fuente pasó de ser una paria a la luz del reino. 🏛️❄️🌻Era el tercer año de ese conteo de cinco. En el Norte, la pequeña Lyra, la hija de Alistair y Elowen, ya corría por los pasillos de la mansión Blackwood con sus dos años de edad y sus ojos amatista llenos de fuego. En la capital, sin embargo, el ambiente era de una dulce y tensa espera. El Festival de los Girasoles de Invierno estaba por comenzar, y este año tenía un significado espec
Caspian no se marchó tras el primer rechazo. Durante 20 días y 20 noches, el Rey del Zafiro durmió sobre la tierra húmeda, a pocos metros de la choza podrida donde los De la Fuente intentaban sobrevivir. No usó su autoridad para irrumpir, ni envió guardias para forzar la situación. Se dedicó a trabajar con una humildad que nadie hubiera esperado de un soberano: cargó leña bajo la llovizna, reparó el techo agujereado y consiguió medicinas y alimentos frescos, dejándolos en el umbral cada mañana en silencio. 🌧️🪵Isolde lo observaba desde la pequeña ventana. Ver a aquel hombre de piel de porcelana, con las manos ahora sucias de barro y la túnica de cuero empapada, le partía el alma. La rabia seguía ahí, pero el amor era una llama que se negaba a extinguirse.Una noche, el Barón Arlen, sentado junto al fuego que Caspian había ayudado a mantener vivo, miró a su hija con ojos cansados pero llenos de una sabiduría ancestral. 👴✨—Isolde, el orgullo es una cama muy fría para dormir —susurró
Caspian no esperó a que el sol terminara de salir. Montó a Tormenta con la misma urgencia con la que un hombre busca aire mientras se ahoga. Ya no llevaba la corona, ni la capa de terciopelo, ni las joyas que lo identificaban como el soberano del Palacio de Cristal. Vestía una túnica sencilla de cuero y una capa oscura, intentando recuperar la esencia del caballero que Isolde amó, aunque sabía que ese hombre había muerto en el salón del trono. 🐎💨Al llegar a las tierras de la Fuente, el corazón se le encogió. La casa solariega, donde días antes había risas y el aroma del pan recién horneado, estaba sellada con tablas y cadenas. El estandarte de la Cancillería —su propio estandarte— colgaba rasgado y sucio en la entrada. 🏚️🥀—¿Dónde estás, Isolde? —susurró Caspian, su voz rompiéndose contra el silencio de la propiedad abandonada.Empezó su búsqueda en la aldea vecina. Entró en la pequeña taberna y en el mercado, pero nadie quería hablar con él. Los aldeanos lo miraban con desconfia
Último capítulo