Mundo ficciónIniciar sesiónNoelia era la asesina más temida de la Organización Janus, una mujer implacable, brillante e invencible. Hasta que el amor la traicionó. Su jefe y amante, Edgar Orbán, la entregó a los pies de Brenda Carrillo, quien la torturó, asesinó a su hermano y la dejó morir en la selva de Azmar. Pero la muerte no fue el final. Noelia despierta en el cuerpo de Alina Quiroga, una chica obesa de veintidós años, cuerpo débil, familia que la desprecia y ningún poder real. Sin embargo, dentro de esa chica que todos subestiman vive la mente más peligrosa del mundo criminal. Con paciencia de depredadora, Alina reconstruye su cuerpo, conquista la voluntad de su abuelo y teje una red de lealtades en silencio, mientras se acerca a sus enemigos, Brenda y Edgar. En el camino aparece Oliver Parker, heredero del poderoso Grupo Sion, un hombre atractivo, magnético e imposible de ignorar. Lo que comienza como una coincidencia se convierte en una conexión que ninguno de los dos sabe cómo manejar. ¿Podrá Alina cobrar su venganza sin perder la nueva vida que, sin quererlo, ha empezado a amar?
Leer másUn lugar remoto y desolado en el país de Azmar.
En el interior de un calabozo lúgubre, gruesas cadenas ataban a Noelia a una silla de metal. Los cortes y las marcas de látigo cubrían su cuerpo por completo. Brenda Carrillo había agotado cualquier método de tortura concebible en ella, disfrutando de su dolor sin permitirle el descanso de la muerte.
La mujer la observó desde arriba con evidente desprecio.
—La gran Noelia, la mejor asesina a sueldo de todas... ¿quién diría que acabarías así?
Tomó una daga de la mesa y, con un tajo certero, le cortó los tendones de la mano derecha.
—¡Ah!
Un grito desgarrador escapó de la garganta de la víctima. Jadeaba en plena agonía.
—¿Por qué? ¿Por qué me haces esto?
—Porque no eres más que una bastarda cualquiera que nadie quiere, una simple herramienta de la Organización Janus. ¡Edgar es mío! Eso es lo que pasa cuando te metes con mi hombre.
La hoja afilada se hundió sin piedad en el muslo de la prisionera. Su captora la retorció con saña, destrozando el músculo hasta dejarlo por completo dañado.
Sus siguientes palabras solo contenían odio y amargura.
—Te lo advierto, Edgar y yo nos vamos a comprometer muy pronto. Voy a destruir a todos tus aliados en la organización hasta que no quede nadie. Eres una huérfana recogida de la calle, sin nombre y sin familia. ¡Nadie se va a acordar de que exististe!
La mujer atada negaba con la cabeza, aferrándose a una última esperanza.
—¡No puede ser! ¡Él jamás permitiría algo así!
Dos sujetos arrojaron a un adolescente al interior del calabozo. Era Luis, el hermano adoptivo al que Noelia había criado. Sin dudarlo, la agresora le disparó a la pierna al chico.
—¡No! ¡Por favor, no! ¡Déjalo en paz!
El ruego resonó en la celda húmeda.
—¡Ponte de rodillas! ¡Arrodíllate y suplícame!
Ignorando el dolor de sus tendones destrozados, la prisionera se dejó caer al suelo de piedra. Inclinó la cabeza hasta golpear el piso.
—¡Señorita Carrillo, perdóneme! ¡Fui una estúpida, jamás debí hacerme ilusiones con el señor Orbán! ¡Se lo ruego, deje ir a mi hermano!
Su rival estalló en carcajadas llenas de triunfo. Acto seguido...
—¡Bang!
Una bala atravesó el cráneo de Luis.
La desesperación la consumió por completo.
—¡Luisito, no! ¡Brenda, te voy a matar! ¡Te juro que te voy a matar!
La asesina mostró una sonrisa burlona.
—¿Matarme a mí?
—¡Bang!
Un segundo proyectil impactó directo en el pecho de la víctima.
Su cuerpo se desplomó sin fuerza alguna. Mientras la consciencia se le escapaba, la voz de su verdugo sonó como un eco lejano.
—¿Quieres venganza? ¡Búscala en tu próxima vida! ¡Córtenle la cara y tírenla a la selva para que se la coman los animales!
Apenas logró sentir el metal rasgando sus mejillas antes de que la arrojaran al bosque como si fuera basura. En medio de la vasta y salvaje geografía del país extranjero, era imposible que alguien acudiera en su auxilio.
Había pecado de ingenua al confiar en ese individuo, y su castigo fue una muerte miserable. Sin embargo, juró en su último aliento que, si existía otra vida, encontraría a la causante de su desgracia y la haría pagar con creces.
...
—¡Ahg!
Un dolor agudo le partía la cabeza. Se llevó una mano a la sien y logró levantarse de la cama con torpeza. El entorno blanco y aséptico indicaba que estaba en la habitación de un hospital. Sentía el cuerpo pesado, como si cargara toneladas de plomo. Con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hasta el baño. Al mirar su reflejo en el espejo, no pudo contener un grito de terror.
—¡Aaaah!
La cara en el espejo mantenía ciertos rasgos suyos, pero estaba tan hinchada que parecía un cerdo. Se pellizcó las lonjas del abdomen, calculando que ese cuerpo pesaba por lo menos noventa kilos.
Salió del baño y revisó el expediente colgado a los pies de la cama. Los datos eran claros: Alina Quiroga, veintidós años, mujer, conmoción cerebral.
“¡Qué demonios! ¿Quién es esa tal Alina?”.
Una avalancha de recuerdos ajenos inundó su mente de golpe. Pertenecían a la hija menos querida de la familia Quiroga. Su madre biológica había fallecido años atrás. El padre de la joven, Teo, y su actual esposa, Mariza Parra, tenían a Uriel, Cindy y la pequeña Lia. La dueña original del cuerpo ocupaba el tercer lugar en la descendencia y era tratada como un estorbo. Debido a su salud frágil y sus pésimas calificaciones escolares, su propia sangre la consideraba una inútil.
En resumen, era una pobre muchacha rechazada por su papá, despreciada por su madrastra y una decepción constante para su abuelo. Todo ese maltrato la había convertido en alguien cobarde, deprimida y sin amor propio.
La exasesina dejó escapar un suspiro de frustración. Reencarnar en ese estado resultaba patético. En su vida pasada, ella había sido una mujer altiva y letal. Contaba con una condición física perfecta y una figura envidiable, atributos dignos de la mejor en su oficio.
Si con todas esas ventajas no pudo evitar que su rival la asesinara sin piedad, ¿qué oportunidades tenía ahora? Atrapada en la piel de una mujer sedentaria, gorda y torpe, parecía imposible hacerle frente a la mujer que la destruyó.
Buscó un celular en la mesita de noche y abrió el navegador para investigar a la Organización Janus. Las tendencias de espectáculos estaban dominadas por la noticia del compromiso entre Edgar y Brenda. En las fotos, la novia posaba con una actitud recatada junto al líder. Había un video adjunto donde él declaraba con una sonrisa encantadora.
—Desde luego, me voy a encargar de proteger a la mujer que amo.
Los portales de chismes no paraban de llamarlos la pareja ideal.
“¡Sí, claro, la pareja perfecta!”.
El muy infeliz le había prometido mirándola a los ojos que el viaje a Azmar sería su último encargo. Le juró que borraría su expediente del sindicato para que pudieran vivir juntos y envejecer en paz.
¿Y de qué sirvieron sus palabras?
Su infame enemiga conocía a la perfección cada detalle de su ruta de escape. La emboscó y la torturó hasta el cansancio, mientras el sujeto que supuestamente la amaba anunciaba su boda con la asesina.
¡Edgar! ¡Brenda! Ya que el destino le había dado una segunda oportunidad, se aseguraría de cobrarles cada lágrima.
Le arrebataron a Luis, le destrozaron las extremidades y le desfiguraron la cara.
Cada agravio, cada herida y cada insulto se los iba a devolver con intereses. A partir de hoy, usaría esa nueva identidad para destruirlos.
Había llegado el momento de que Alina Quiroga dejara de ser la burla de su familia y tomara el control absoluto.
…
Durante los días que Alina estuvo internada, absolutamente nadie fue a visitarla. A ella le pareció perfecto tener tanta tranquilidad, así que buscó al médico y solicitó un examen físico completo.
Según los recuerdos de su vida pasada, la antigua dueña de ese cuerpo siempre tomaba puñados de pastillas. Se la pasaba aturdida todo el día, con una complexión hinchada y sin fuerzas. Si quería cambiar, primero debía averiguar qué le pasaba a su organismo.
Cuando le entregaron los resultados, resultó estar en perfectas condiciones. Aparte del golpe en la cabeza por la caída accidental en las escaleras, que le provocó una leve conmoción cerebral, no tenía ningún otro padecimiento.
Entonces, ¿qué demonios eran todas esas pastillas que tomaba antes?
Al momento de recibir el alta, solo un chofer de la familia Quiroga acudió a recogerla. Bajó los escalones con bastante dificultad y enseguida terminó bañada en sudor. Para alguien que antes presumía un abdomen marcado, era insoportable lidiar con tanto peso extra. Y no era la única molesta; hasta el empleado la miraba con evidente desprecio.
Despertó con el sabor del óxido en la boca. Lo primero fueron las muñecas: el peso de los grilletes, el hierro mordiéndole la piel en carne viva. Después la espalda, contra una pared de roca húmeda que rezumaba agua. Después el dolor —un dolor que conocía hasta el último matiz, el dolor de un cuerpo que ha sido golpeado con método, con paciencia, por alguien que sabe exactamente cuánto puede soportar antes de romperse. Su cuerpo. El suyo. El verdadero. Largo, fuerte, entrenado, cubierto de cicatrices que contaban una vida entera de violencia. El cuerpo de Noelia, el cuerpo de Noe, el cuerpo que había muerto en esta misma selva hacía… ¿cuánto? ¿Una vida? ¿Un sueño? ¿Un suspiro? Abrió los ojos. Un calabozo. Roca negra, una sola antorcha, una reja de barrotes gruesos. Por las rendijas del techo se filtraba una luz verdosa, filtrada por mil capas de follaje. Conocía ese lugar. Era el sótano de la base de Brenda Carrillo, en lo más profundo de Azmar, el último lugar que había visto an
Todo pasó en menos de lo que dura un latido. Cheeto se lanzó hacia la pasarela; cayó antes de dar tres pasos. Kato disparó hacia la pantalla, hacia las luces, hacia cualquier cosa, gritando. Alina giró, se arrojó sobre Oliver con los brazos abiertos, dispuesta a recibir en su propio cuerpo lo que viniera. No la dejaron. Dos hombres la sujetaron por detrás y la arrancaron de él, y ella pataleó, mordió y aulló como un animal, pero su cuerpo no tenía la fuerza que su voluntad exigía, y por primera vez en su existencia esa debilidad la condenó. —¡Oliver! —gritó—. ¡Oliver, mírame! ¡Mírame a mí! Y él la miró. Entre el caos, las luces y el ruido, Oliver Parker la buscó con los ojos y la encontró, y en medio de todo aquello le sonrió. Una sonrisa serena, increíblemente serena, la sonrisa de un hombre que ya ha hecho las paces con lo que viene. —Está bien —leyó ella en sus labios, porque el estruendo se había tragado su voz—. Está bien. Yo te conocí y te amaré siempre. Con eso me basta.
Mientras Kato rastreaba la ubicación, el teléfono de Cheeto vibró. Era un mensaje de Cristina, desde Cashland. Lo leyó dos veces antes de pasárselo a Alina sin decir nada. “Señorita, perdóneme por molestarla en este momento. Llegaron unos abogados con la señora Mariza. Dicen que tienen una orden. Están sacando sus cosas de la casa. Don Martín discutió con ellos y la señorita Cindy llamó a la policía contra él. No supe a quién más avisarle”. Alina leyó el mensaje con la cara inmóvil. Adentro, algo se desprendió en silencio, como una piedra que cae al fondo de un pozo sin tocar nunca el agua. Apenas enterrado el abuelo, ni siquiera se habían marchitado las flores de su sepelio, y ya estaban repartiéndose lo que quedaba como perros en una mesa con sobras. —Jefa —dijo Cheeto con cuidado—. ¿Quiere que mande a alguien a Cashland? —No. —Guardó el teléfono—. Las cosas no importan. Una casa no importa. Un apellido no importa. —Levantó la vista hacia la pantalla, hacia el punto rojo que K
Kato llegó antes del amanecer al hotel donde se refugiaban Alina y Cheeto. Tenía el mismo rostro anguloso de siempre, aunque ahora una cicatriz le partía la ceja en dos y los ojos le habían perdido esa chispa de muchacho que Noe recordaba. Se quedó parado en el umbral, mirándola como quien mira un fantasma al que no termina de creerle. —Jefa —dijo al fin, con la voz quebrada—. De verdad es usted. Alina no se levantó de la silla. No habría podido; su cuerpo seguía siendo más débil de lo que su mente toleraba, y los últimos tres días le habían cobrado factura. Pero le sostuvo la mirada con esa firmeza que jamás había necesitado palabras para imponerse. —Cierra la puerta y siéntate. No tenemos tiempo para llorar. El hombre obedeció. Cheeto le sirvió un café cargado y los tres se inclinaron sobre la laptop prestada como en los viejos tiempos, cuando una sola pantalla decidía quién vivía y quién no. —Repíteme lo que sabes —ordenó ella. Kato tragó saliva. —La gente que se llevó al se





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