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Capitulo 2: El Secreto del Testamento

El silencio en el castillo Blackwood tras el funeral era absoluto, roto solo por el crujido de la leña en la chimenea de mi despacho. Han pasado tres días desde que el cuerpo de mi padre bajó a la cripta, y tres días desde que ese maldito documento se convirtió en mi sombra.

Nadie más en el castillo lo sabe aún. El abogado ha guardado silencio por respeto al luto oficial, pero la presión en mi pecho me dice que el tiempo se agota.

—Señor... —La voz de mi mayordomo, Jeffrey, sonó tras la puerta entreabierta.

—¿Qué quieres? —ladré, sin darme la vuelta, ocultando el testamento bajo una pila de informes del ducado.

—Ha llegado un mensajero de la Residencia Dawn, señor. El Caballero Dawn envía los documentos de los límites de las tierras del sur para su firma. Adjunta una nota breve... solo dice que está a su disposición para cuando el ducado necesite su espada, como siempre lo estuvo para su padre.

Solté una risa seca y amarga, apretando el papel oculto bajo mi mano. "Su espada". Sabía que el Caballero Dawn conocía el contenido de este testamento; mi padre se lo debía todo y no habría tomado una decisión así sin informarle. Sin embargo, en su mensaje no había ni una mención al matrimonio, ni una presión por el vínculo que nos uniría. Estaba guardando un silencio respetuoso, quizás tan aterrado como yo de lo que esto le haría a su propia hija.

—Dile que los documentos se quedarán en mi escritorio hasta que tenga tiempo de revisarlos —respondí con frialdad—. Y Jeffrey... asegúrate de que nadie de la familia Dawn sea recibido en el castillo hasta que yo lo ordene. No quiero ver a nadie.

—Como desee, señor.

Me quedé solo de nuevo. La familia Dawn vivía apenas a una hora de distancia. Elowen estaría allí ahora mismo; ajena a la tormenta que su propio padre y el mío habían sellado sobre nosotros. Me pregunté si ella también sentía esa inquietud, o si su vida seguía siendo tan pacífica como su mirada en el funeral. El Caballero Dawn no forzaría nada, pero el testamento era ley, y la ley no tiene sentimientos.

Me levanté y caminé hacia el ventanal. El cielo del Norte estaba encapotado, amenazando con una tormenta que reflejaba mi propio humor. No podía dejar que esto se hiciera público todavía. Primero tenía que encontrar una forma de hablar con Aurora. Tenía que explicarle que mi silencio no era falta de amor, sino una trampa de honor.

Sin embargo, mis planes se desmoronaron cuando vi un grupo de jinetes aproximarse a gran velocidad por el camino principal. No llevaban el estandarte de los Dawn, sino el blasón real de los Valerius.

El Rey no iba a esperar a que yo terminara mi luto. Y lo peor era que, liderando la comitiva, distinguí la armadura pulida y el porte arrogante que solo podía pertenecer a una persona.

El Príncipe Caspian.

Si él estaba aquí, el secreto del testamento corría el riesgo de ser expuesto ante la corona antes de que yo pudiera siquiera intentar romperlo.

S.P. Rivers

“En un mundo de deudas, el corazón es la única moneda real”.

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