Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro Riva vive atrapado en el recuerdo de la mujer que perdió. Desesperado por un heredero, lanza una búsqueda que parece una locura: busca un vientre de alquiler que comparta el rostro de su difunta esposa. Bianca, acorralada por las deudas criminales de su padre y un pasado que la avergüenza, ve en Alessandro su única salida. Ella finge ser la chica dulce e inocente que él anhela, pero bajo la seda de los vestidos caros se esconde una mujer de carácter indomable que no está dispuesta a ser el fantasma de nadie. Entre contratos fríos y roces prohibidos, surge una tensión que amenaza con quemar la farsa de ambos. Alessandro busca un reemplazo, pero Bianca lo obligará a enfrentar a la mujer real... incluso si la verdad sobre su pasado destruye el imperio que él intentaba salvar.
Leer másEl sonido fue lo primero que anunció el desastre: no el de un motor convencional, sino el rugido profundo y sincronizado de tres vehículos negros blindados que devoraron el camino de grava de la mansión Riva. La servidumbre, presa de un pánico instintivo, se desplazó por los pasillos como sombras, con el rostro desencajado y las manos temblorosas. Sabían lo que la llegada de Doña Carmen significaba. La mansión, siempre solemne y lujosa, pareció encogerse, como si los muros mismos temieran la magnitud de su presencia. Alessandro estaba en su estudio, analizando una caída en las acciones del sector energético, cuando la puerta se abrió de par en par, sin previo aviso. Alan entró, con el rostro reflejando un pánico que rara vez permitía ver en su profesionalismo. Estaba casi sin aliento. —Señor... ella está aquí. Doña Carmen ha llegado. Alessandro, el hombre que doblaba empresas a su voluntad y dictaba las leyes del mercado, se puso en pie con tal brusquedad que su silla de cuero ita
El trayecto hacia el departamento de Alan fue un borrón de luces urbanas, un viaje a través de una ciudad que parecía haberse quedado muda para permitir que el estruendo de sus propios deseos tomara el control. Alan no despegaba la mano de su muslo; sus dedos, fuertes y exigentes, se hundían en la piel de Emma como si estuviera marcando territorio a través de la seda del vestido, una presión que era a la vez una advertencia y una promesa. Ella no respiraba; cada fibra de su ser estaba en alerta máxima, esperando el momento en que la tensión acumulada durante toda la gala estallara. En cuanto cruzaron el umbral de su departamento, el mundo exterior, el holding, la gala y las convenciones sociales quedaron sellados tras la puerta. Alan no encendió ninguna luz; la oscuridad de la noche era su cómplice, envolviéndolos en una penumbra donde solo existía el tacto y el sonido de sus respiraciones agitadas. La empujó contra la superficie fría de la madera y la inmovilizó con la pesadez de
El salón principal del Hotel Ritz, un despliegue de arquitectura y opulencia desmedida, vibraba con la frecuencia del poder. Los candelabros de cristal de Baccarat bañaban la estancia en una luz ámbar que parecía encender las joyas de las esposas de los inversionistas y el brillo frío de los gemelos de los hombres que movían los hilos de la economía global. En el centro de ese torbellino de ambición, Emma se movía como una depredadora en su hábitat natural. Su vestido de satén azul medianoche, una pieza de diseño que se ceñía a su silueta como una segunda piel, era una declaración de intenciones: era intocable, era poderosa y era, sin duda, la mujer más observada de la noche. A escasos metros, en la periferia de la conversación pero con el radar puesto en cada movimiento de Emma, se encontraba Alan. Vestido con un esmoquin impecable, con la postura rígida de quien cumple un rol de secretario, Alan intentaba mantener la fachada de profesionalidad. El ambiente cambió drásticamente
El primer rayo de sol, un hilo de luz dorada y vacilante, se filtró entre las cortinas de seda, trazando una línea cálida sobre la alfombra antes de alcanzar la cama. Bianca sintió la claridad perforar sus párpados antes de que su mente terminara de despertar. La bruma del agotamiento y el pánico del día anterior aún le nublaban el pensamiento, pero una sensación de pesadez en su mano derecha la ancló a la realidad. Al intentar moverse, un pequeño tirón le indicó que no estaba sola. Sus ojos se abrieron, pesados y cautelosos, y lo que vio le cortó la respiración. Alessandro estaba allí. El hombre que se había pasado meses erigiendo muros y dictando sentencias estaba desplomado contra el borde de su colchón, con la cabeza apoyada cerca de su mano. Su postura era vulnerable, impropia de un hombre que controlaba el destino de miles de personas. Las ojeras marcaban su rostro y sus facciones, usualmente tensas y gélidas, estaban suavizadas por un sueño profundo y cargado de un cansancio










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