Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro Riva vive atrapado en el recuerdo de la mujer que perdió. Desesperado por un heredero, lanza una búsqueda que parece una locura: busca un vientre de alquiler que comparta el rostro de su difunta esposa. Bianca, acorralada por las deudas criminales de su padre y un pasado que la avergüenza, ve en Alessandro su única salida. Ella finge ser la chica dulce e inocente que él anhela, pero bajo la seda de los vestidos caros se esconde una mujer de carácter indomable que no está dispuesta a ser el fantasma de nadie. Entre contratos fríos y roces prohibidos, surge una tensión que amenaza con quemar la farsa de ambos. Alessandro busca un reemplazo, pero Bianca lo obligará a enfrentar a la mujer real... incluso si la verdad sobre su pasado destruye el imperio que él intentaba salvar.
Leer másAlessandro Riva frenó su vehículo de manera abrupta frente a la fachada decadente del club nocturno, haciendo rechinar los neumáticos contra el asfalto descuidado. Minutos antes, una llamada frenética de Emma lo había sacado de la corporación. Su voz, cargada de una urgencia gélida, no le había dejado espacio a dudas: «Ven de inmediato a esta dirección si realmente quieres saber con qué clase de mujer estás metido». Al cruzar el umbral del burdel, el magnate sintió una inmediata repulsión por el olor a alcohol barato, tabaco y humedad que impregnaba el ambiente. Emma lo esperaba de pie junto a una de las mesas de la barra principal; el excliente de Bianca acababa de irse apenas unos instantes antes, tras haber vaciado toda la información en las manos de la ejecutiva. Al ver la rigidez de su amigo de la infancia, Emma no se anduvo con rodeos. Con una frialdad cortante, le contó absolutamente toda la verdad sobre el pasado de Bianca, revelando que la mujer a la que pretendía entregar
Emma detuvo su automóvil frente a la fachada decadente del burdel, pero antes de bajarse, se quedó estática frente al volante, abrumada por una marea de recuerdos que el olor a rancio de ese callejón marginal parecía despertar en su memoria. Toda su vida, cada uno de sus pasos, habían estado ligados irrevocablemente al apellido Riva. Ella había conocido a Alessandro desde que era una simple niña. Creció con él a su lado, compartiendo veranos, confidencias y una complicidad que creía inquebrantable. Lo recordaba perfectamente antes de que el hielo lo consumiera: recordaba a ese niño alegre, de risa estruendosa y rodillas raspadas, mucho antes de que comenzara a actuar de manera rígida, obsesionado con el control y con ese miedo casi patológico al desorden y a la suciedad. Emma sonrió con una amargura nostálgica al recordar la tarde en que Alessandro, siendo apenas un niño, resbaló y cayó de bruces en el estiércol de las caballerizas de la hacienda; recordó cómo él, abrumado por la hu
El sol de la mañana comenzó a filtrarse por los enormes ventanales del penthouse, disipando la densa penumbra de la noche anterior. Alan abrió los ojos de golpe, desorientado por el ruido metálico proveniente de la cocina. Se incorporó con pesadez en el sofá de la sala, sintiendo el cuerpo entumecido y una opresión insoportable en el pecho. En cuanto la lucidez golpeó su mente, la cruda realidad de lo que había cometido la noche anterior cayó sobre él como un balde de agua fría. Se había acostado con la socia principal de la firma, había pronunciado el nombre de Bianca en el momento más íntimo y ahora estaba varado en territorio enemigo. Emma salió de la cocina vistiendo una bata de seda impecable, con el cabello recogido y una actitud completamente diferente a la de la madrugada. Al notar la expresión de Alan, la ejecutiva leyó a la perfección su rostro de absoluto arrepentimiento y soltó una risa ligera, casi divertida por su evidente incomodidad. —Buenos días, cariño —dijo Emma
Las puertas de cristal del ascensor privado se abrieron directamente en el interior del lujoso penthouse de Emma. No hubo preámbulos, ni palabras, ni un solo segundo de titubeo. Entraron al apartamento en medio de un beso apasionado, hambriento y torpe, devorándose los labios mientras Alan empujaba a la ejecutiva contra la pared del recibidor. El sonido de la puerta cerrándose a sus espaldas quedó sepultado por las respiraciones agitadas y los jadeos de una lujuria que se había cocinado a base de despecho y humillación. Alan, despojado por completo de su usual sumisión y rigidez profesional, tomó las riendas del acto con una fuerza posesiva que tomó a Emma por sorpresa, encendiendo su sangre. Sus manos grandes y firmes subieron por los muslos de la mujer, alzándola para que ella enroscara las piernas alrededor de su cintura. Sin romper el beso, la cargó a través del salón, guiado por el instinto, hasta arrojarla sobre la inmensa cama de sábanas de seda negra de la habitación princip
Último capítulo