Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro Riva vive atrapado en el recuerdo de la mujer que perdió. Desesperado por un heredero, lanza una búsqueda que parece una locura: busca un vientre de alquiler que comparta el rostro de su difunta esposa. Bianca, acorralada por las deudas criminales de su padre y un pasado que la avergüenza, ve en Alessandro su única salida. Ella finge ser la chica dulce e inocente que él anhela, pero bajo la seda de los vestidos caros se esconde una mujer de carácter indomable que no está dispuesta a ser el fantasma de nadie. Entre contratos fríos y roces prohibidos, surge una tensión que amenaza con quemar la farsa de ambos. Alessandro busca un reemplazo, pero Bianca lo obligará a enfrentar a la mujer real... incluso si la verdad sobre su pasado destruye el imperio que él intentaba salvar.
Leer másLa biblioteca de la mansión Riva parecía un museo donde el polvo tenía prohibido entrar por decreto divino. Bianca estaba sentada en un sofá de cuero que costaba más que toda la manzana de su barrio, cruzada de piernas con la elegancia que Lola le había ensayado a golpes de cepillo el día anterior. Frente a ella, de pie y sosteniendo una tableta digital, estaba Alan, el asistente de ojos azules y cabello castaño que le había estado quitando el sueño desde la tarde anterior. Aprovechando que Alessandro todavía no bajaba, Bianca sacó su teléfono discretamente por debajo de la mesa. Sus dedos volaron sobre el teclado mientras chateaba con Lola. Bianca: tienes que ver al secretario. Está más bueno que el pan caliente. Si el jefe es un témpano de hielo, este es el chocolate que lo derrite. Lola: ¡Mándame foto ya! No me dejes con la intriga. Bianca levantó la vista, le dedicó a Alan su sonrisa más coqueta, esa que entornaba los ojos verdes y dejaba ver un hoyuelo encantador, y apunt
Alessandro Riva era, sin temor a equivocarse, el hombre más hermoso y letal que Bianca había visto en su vida. Tenía una mandíbula afilada que parecía tallada por un escultor despiadado, un cabello oscuro perfectamente peinado y unos hombros tan anchos que hacían que el traje de diseñador a la medida luciera como una armadura. Bianca, acostumbrada a ver hombres demacrados por los vicios o gordos por la autocomplacencia en el club, se lo devoró con la mirada en un segundo. «Dios santo, si la mirada de este hombre pudiera embarazar, yo ya tendría mellizos», pensó, sintiendo un calor repentino que no tenía nada que ver con el clima. Todo en aquel despacho estaba impecable, limpio y ordenado de una forma casi enfermiza. Sobre el escritorio de caoba maciza, justo al lado de unos pulcros fajos de documentos, destacaba un péndulo de Newton: ese adorno de metal con esferas colgadas que, al mover una, golpeaba a las demás en un compás eterno. Bianca, incapaz de quedarse quieta debido a lo
El pequeño apartamento de Lola siempre olía a una mezcla intensa de laca para el cabello, tabaco mentolado y ese perfume barato de rosas que usaba para ocultar la humedad de las paredes. Era un refugio de seda, plumas y desorden en medio de un mundo de concreto y callejones grises. Sobre la cama de resortes vencidos, descansaba lo que ambas habían decidido llamar "la armadura": un vestido de lino color crema, de corte impecable, cuello alto y mangas tres cuartos que Lola guardaba celosamente para las raras ocasiones en que debía enfrentarse a la burocracia estatal. —Párate derecha, niña, que no estás en la barra del club —ordenó Lola mientras tiraba de los lazos del cinturón con una firmeza que le sacó el aire a Bianca—. Una mujer de la alta sociedad no camina como si fuera a comerse el mundo a mordiscos; ella flota, como si el suelo no fuera lo suficientemente digno para sus zapatos. Y por el amor de Dios, deja de morderte el labio inferior o te vas a quitar el brillo natural que ac
El sol se filtraba entre los cables de luz enredados y la humedad de los callejones, pero para Bianca, el día nunca terminaba de amanecer. Sus tacones, ya desgastados en la punta, golpeaban el pavimento irregular mientras caminaba con la barbilla en alto, ignorando el ardor en sus pantorrillas tras una jornada de diez horas. En su mano apretaba una bolsa de plástico de la farmacia con los medicamentos para el corazón de su padre. Eran caros, ridículamente caros para alguien que vivía en una casa que se estaba cayendo a pedazos. Al doblar la esquina hacia su calle, sintió las miradas. Eran como alfileres clavándose en su espalda. Las mujeres del barrio, aquellas que se santiguaban al verla pasar pero que no dudaban en pedirle prestado cuando el hambre apretaba, murmuraban detrás de sus manos. "Ahí va la Gatita", susurró una, lo suficientemente alto para que Bianca la oyera. "Vende el cuerpo por monedas y camina como si fuera la reina de Inglaterra. Una vergüenza para el vecindario"
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