Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro Riva vive atrapado en el recuerdo de la mujer que perdió. Desesperado por un heredero, lanza una búsqueda que parece una locura: busca un vientre de alquiler que comparta el rostro de su difunta esposa. Bianca, acorralada por las deudas criminales de su padre y un pasado que la avergüenza, ve en Alessandro su única salida. Ella finge ser la chica dulce e inocente que él anhela, pero bajo la seda de los vestidos caros se esconde una mujer de carácter indomable que no está dispuesta a ser el fantasma de nadie. Entre contratos fríos y roces prohibidos, surge una tensión que amenaza con quemar la farsa de ambos. Alessandro busca un reemplazo, pero Bianca lo obligará a enfrentar a la mujer real... incluso si la verdad sobre su pasado destruye el imperio que él intentaba salvar.
Leer másLa tormenta estalló con furia justo cuando Alessandro cruzó las enormes escalinatas de la catedral. El cielo plomizo se abrió de par en par, descargando una cortina de agua densa y fría que empapó su traje de alta costura en cuestión de segundos. Lejos de importarle, sintió que el aguacero lavaba el peso de los años, el polvo de la culpa y la sangre podrida de un apellido que acababa de sepultar en vida. El imperio Riva se estaba desmoronando en directo ante los tribunales y las cámaras de televisión, pero para él, la única victoria que importaba estaba a kilómetros de distancia. Subió de un salto al coche, arrancó el motor con desesperación y pisó el acelerador a fondo, ignorando los semáforos en rojo y las calles anegadas por la tromba de agua. Su mente era un torbellino de urgencia y esperanza. Ya no había contratos matrimoniales, ni bodas falsas, ni la sombra amenazante de Doña Carmen acechando en las sombras con documentos de custodia en la mano. Era un hombre libre, dispuesto
El eco de la negativa simultánea resonó con la fuerza de un trueno bajo las altas cúpulas de la catedral, dejando a la élite del país sumida en un estado de parálisis colectiva. Los invitados contenían la respiración, incapaces de procesar lo que acababan de presenciar. La boda del siglo, la unión cuidadosamente orquestada para blindar el poder absoluto del emporio Riva, se acababa de desmoronar en cuestión de segundos ante los ojos de la prensa nacional. Doña Carmen, sentada en la primera fila, dio un salto mortal con el rostro desencajado de una furia homicida. El collar de esmeraldas temblaba sobre su pecho mientras sus nudillos se aferraban al bastón de ébano con tanta fuerza que parecía que iba a astillarlo. —¡Están locos! ¡Deténganlos! ¡Inmovilicen a esa maldita sabandija y a la traidora! —bramó la matriarca con un grito estridente, intentando avanzar hacia el altar, pero los agentes federales que ya custodiaban el pasillo central le bloquearon el paso de inmediato. Lejos de
El caos y los gritos ahogados de la alta sociedad resonaban bajo las altas cúpulas de la catedral, pero el bullicio de los agentes federales y el rostro descompuesto de Doña Carmen parecieron desvanecerse en un segundo plano. En el altar principal, suspendidos en el ojo de la tormenta que ellos mismos habían desatado, Alessandro y Emma permanecían inmóviles, atrapados en el silencio ensordecedor de su propia realidad. El juez de paz, con las manos temblando sobre el misal y el rostro bañado en sudor frío ante la presencia imponente de la policía y las cámaras, intentó recuperar el control de la ceremonia con un hilo de voz que apenas rebasaba un murmullo patético. —Por... por favor, guarden silencio y vuelvan a sus bancas. Necesitamos continuar con el protocolo legal... —tartamudeó el oficial, mirando de reojo a los agentes que ya custodiaban las salidas y rodeaban la primera fila donde la matriarca intentaba incorporarse con furia. —Olvídese del protocolo, juez —interrumpió Aless
Las imponentes puertas de roble macizo de la catedral principal se abrieron con un sonido solemne y ceremonioso que retumbó en cada rincón del sagrado recinto. Cientos de flashes de las cámaras de la prensa comenzaron a disparar en una ráfaga incesante y ciega, iluminando el altar mayor decorado con miles de lirios blancos importados que exhalaban un aroma dulzón y pesado. La élite del país ocupaba las bancas de caoba pulida, expectante, dispuesta a presenciar la unión del año entre dos de los apellidos más poderosos e influyentes del territorio. Pero bajo la superficie de aquella ostentación desmedida, el aire de la catedral estaba cargado de una electricidad estática y palpable, un silencio espeso que presagiaba una catástrofe inminente. —No mires atrás, querida, todo el país tiene los ojos puestos en ti —susurró su padre con una sonrisa de fachada impecable mientras le ofrecía el brazo a Emma en el umbral. Emma dio el primer paso hacia el largo pasillo alfombrado de terciopelo
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