Contrato de Sangre: una deuda de honor
Contrato de Sangre: una deuda de honor
Por: S.P.Rivers
Capitulo 1: El Precio del Honor

El silencio en el despacho del ducado era tan pesado como el luto que envolvía los hombros de Alistair Blackwood. El aroma a incienso y madera vieja parecía asfixiarlo mientras sus ojos, azules y fríos como el hielo del Norte, se clavaban en el documento sobre el escritorio. Su padre apenas llevaba tres días bajo tierra, víctima de un infarto fulminante, y Alistair ya sentía que el peso de la corona ducal le estaba aplastando el alma.

—¿Una cláusula? —la voz de Alistair fue un susurro peligroso—. Repítalo, abogado.

El anciano carraspeó, ajustándose las gafas con nerviosismo.

—Lo lamento, Excelencia. Es la última voluntad de su Excelencia el difunto Duque. Para que usted pueda heredar oficialmente el título, las tierras y la administración del Norte, debe contraer matrimonio con la señorita Elowen Dawn, hija de Sir Thomas Dawn, en un plazo no mayor a treinta días. De lo contrario, el ducado pasará a ser administrado por la Corona hasta que aparezca un heredero que cumpla con los términos.

Alistair sintió un golpe seco en el pecho. Elowen. La niña de ojos amatista y cabello plata que su padre había traído a casa cuando él tenía diez años. La hija del hombre que salvó a sus padres, sí, pero también la mujer que en ese preciso instante acababa de arrebatarle su único sueño: pedir la mano de la Princesa Aurora.

Sin decir palabra, Alistair se puso en pie y salió del despacho. Sus pasos resonaban con furia por los pasillos de mármol. Al llegar al gran vestíbulo, la vio.

Elowen estaba allí, de pie junto a un gran ventanal. La luz de la tarde hacía que su cabello blanco plateado brillara como la luna, y su vestido negro de luto resaltaba su piel pálida. Al escucharlo, ella se giró. Sus ojos amatista, siempre cargados de una dulzura que él ahora despreciaba, se llenaron de preocupación.

—Alistair... —murmuró ella, dando un paso al frente—. ¿Estás bien? El abogado dijo que...

—¿Lo sabías? —la interrumpió él, deteniéndose a un metro de ella. Su mirada era tan cortante que Elowen retrocedió involuntariamente.

—¿Saber qué? —preguntó ella con voz trémula. —No finjas inocencia, Elowen. Sabías que tu padre y el mío vendieron mi vida antes de que yo tuviera uso de razón. Sabías que eras el precio de una deuda de sangre.

Elowen palideció, sus labios rosados temblaron. Ella siempre había sabido del afecto de Alistair por la Princesa Aurora, y la humillación de verse como un obstáculo la golpeó de lleno.

—Yo... yo no sabía que estaba en el testamento, Alistair. Te lo juro.

—Mientes —escupió él con amargura—. Has vivido bajo mi techo, comido en mi mesa y ahora te quedarás con mi libertad. Disfruta tu victoria, "Duquesa". Pero mírame bien, Elowen: tendré que ponerte un anillo, pero nunca te daré un lugar en mi corazón. Ese lugar le pertenece a Aurora, y tú no eres más que la cadena que me impide alcanzarla.

Alistair pasó por su lado sin mirar atrás, dejándola sola en la inmensidad del salón. Elowen apretó los puños, las lágrimas quemando sus ojos violetas. Sabía que Alistair estaba herido, pero no imaginaba que el hombre al que había amado en secreto desde la infancia la miraría con tanto odio.

A lo lejos, el sonido de un carruaje real anunció la llegada de la Princesa Aurora. Alistair se detuvo, compuso su rostro y se preparó para recibir a la mujer que amaba, sabiendo que cada sonrisa que le dedicara a la princesa sería una puñalada para la esposa que estaba obligado a tener.

S.P. Rivers “En un mundo de deudas, el corazón es la única moneda real”.

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