Mundo ficciónIniciar sesiónAna Luisa Versalles lo tenía todo: un apellido ilustre, una carrera brillante como abogada de familia en Los Ángeles y el sueño de una vida perfecta al lado de Diego De La Ribera. Pero el día de su boda, el cuento de hadas se convirtió en una pesadilla pública. Frente al altar, una mujer con una niña en brazos reveló la verdad: Diego no era el arquitecto exitoso que decía ser, sino un cazafortunas con un pasado oscuro y una familia abandonada. Ese día, la joven dulce y soñadora murió. Un año después, Ana Luisa ha resurgido de las cenizas. Ahora es una mujer de hielo, una abogada implacable que no cree en el amor y cuya única misión es destruir a los hombres que viven de la mentira. Sin embargo, su armadura se agrieta cuando se cruza en el juzgado con Mauricio De La Hoz. Mauricio es todo lo que Ana Luisa detesta: un abogado arrogante, varonil y peligrosamente atractivo que nunca ha perdido un caso. Él defiende lo indefendible y no tiene escrúpulos, convirtiéndose en el muro infranqueable que le arrebata a Ana Luisa su victoria más importante. Tras un escandaloso enfrentamiento que termina en una bofetada y una promesa de venganza, ambos se reencuentran en los círculos más exclusivos de la alta sociedad de California. Entre copas de cristal y miradas que queman, Ana Luisa y Mauricio iniciarán un juego peligroso donde el odio es el motor, pero la pasión es una trampa inevitable. ¿Podrá Ana Luisa proteger su corazón de un hombre que es aún más letal que quien la traicionó? En una guerra donde ganar lo es todo, el amor podría ser la derrota más dulce.
Leer másLa mansión de la familia Versalles estaba sumida en un silencio absoluto, pero para Ana Luisa, el aire vibraba de emoción. Frente a ella, colgado con una delicadeza casi sagrada, el vestido de novia parecía flotar en la habitación. Era una joya de encaje francés que representaba el inicio de su nueva vida.
Ana Luisa caminó hacia el espejo de cuerpo entero. Se soltó su larga cabellera negra, que caía en ondas perfectas sobre su espalda, y observó su reflejo. Sus ojos café brillaban con una luz que no tenía nada que ver con el éxito que alcanzaba cada día como abogada en Los Ángeles. Era la luz de una mujer enamorada.
A sus veinticuatro años, sentía que el destino le sonreía.
—Mañana —susurró, rozando con sus dedos la tela de seda del vestido.
Esa sola palabra le erizaba la piel. Mañana caminaría hacia el altar para unir su vida a la de Diego De La Ribera. Para ella, Diego era el hombre ideal: elegante, atento y con esa seguridad que solo los hombres de su clase poseían. Sus padres, Gregorio y Martina, no podían estar más orgullosos. Los Versalles, con sus raíces francesas y su prestigio, estaban a punto de celebrar la boda del año en California.
Ana Luisa se sentó en el borde de su cama y miró el enorme diamante que adornaba su mano. Recordó las palabras de Diego, sus promesas de un futuro juntos y la forma en que él la hacía sentir protegida. En su mente, ellos eran la pareja perfecta. Ella tenía la inteligencia y el apellido; él tenía el porte y el amor que ella siempre había soñado.
Se levantó para mirar por el gran ventanal de su habitación. Las luces de la ciudad de Los Ángeles parpadeaban a lo lejos, pero nada brillaba tanto como sus ilusiones. Ana Luisa era una abogada brillante, capaz de detectar una mentira a kilómetros en un juzgado, pero cuando se trataba de Diego, su corazón le servía de venda.
No tenía idea de que, mientras ella soñaba despierta con una vida de felicidad, Diego solo hacía cuentas de la fortuna que estaba por heredar al casarse con ella. Para él, Ana Luisa no era el amor de su vida, sino el negocio más lucrativo de su carrera como cazafortunas.
Esa noche, Ana Luisa se acostó con una sonrisa, abrazando su almohada y contando las horas para el amanecer. Se quedó dormida creyendo en cuentos de hadas, sin saber que el despertar sería el inicio de su peor pesadilla.
El sol de California entró por los ventanales con una fuerza radiante, como si el mismo cielo quisiera celebrar la unión de los Versalles. Ana Luisa saltó de la cama en cuanto el primer rayo de luz tocó sus sábanas. No necesitaba alarmas; su corazón martilleaba con una energía que nunca antes había sentido.
—¡Es hoy! —exclamó en un susurro, sintiendo un cosquilleo en el estómago. En ese momento, la puerta se abrió suavemente. Martina Versalles entró a la habitación con su elegancia habitual, pero con una mirada cargada de nostalgia. Al ver a su hija de pie, con su largo cabello negro despeinado y la cara lavada, no pudo evitar sonreír. —Buenos días, mi niña —dijo Martina, acercándose—. Los maquilladores y estilistas ya están abajo instalando todo. El tiempo corre, Ana Luisa. Pero Ana Luisa no tenía prisa por sentarse en una silla de maquillaje. En lugar de eso, corrió hacia su madre y la tomó de las manos, sorprendiéndola. —¡Mamá, no puedo creerlo! —gritó emocionada. De repente, empezó a tararear una melodía suave y arrastró a Martina hacia el centro de la habitación. Ana Luisa comenzó a dar vueltas, guiando a su madre en un vals imaginario, simulando el baile nupcial que daría esa noche con Diego. Sus pies descalzos se movían con ligereza sobre la alfombra, mientras cerraba los ojos e imaginaba que ya estaba en los brazos de su prometido. —¡Ana Luisa, por Dios, vas a marearme! —rió Martina, aunque se dejó llevar por la alegría de su hija. —Solo un poco más, mamá —respondió ella, riendo con ganas—. ¡Soy la mujer más feliz del mundo! Diego es el hombre que siempre soñé. Siento que todo en mi vida es perfecto. Martina la detuvo con ternura y le acarició la mejilla. —Te mereces todo esto, hija. Los De La Ribera son una familia de nombre, y Diego ha demostrado estar a tu altura. Gregorio y yo estamos tranquilos porque sabemos que quedas en buenas manos. Ana Luisa abrazó a su madre con fuerza, sintiendo que nada podía salir mal. En su mente de joven enamorada, el mundo era un lugar brillante y seguro. No sospechaba que, mientras ella bailaba de felicidad, en alguna otra parte de la ciudad, Diego De La Ribera revisaba su reloj con impaciencia, esperando el momento de ponerle la mano encima a la cuenta bancaria de los Versalles. —Baja ya —le ordenó Martina con cariño—. No queremos que la novia llegue tarde a su propia boda. Ana Luisa asintió, soltó a su madre y corrió hacia el baño, lista para convertirse en la novia más hermosa de Los Ángeles. No sabía que cada paso que daba hacia ese altar la alejaba más de su inocencia y la acercaba al hombre que destruiría su corazón en mil pedazos.Esa noche, el silencio de la mansión Versalles se sentía más pesado que nunca. Ana Luisa entró en su habitación y, sin siquiera encender las luces, dejó caer su maletín al suelo. Se sentía agotada, pero no era el cansancio físico de un día de trabajo; era el peso de la derrota y el ardor de la bofetada que aún sentía en la palma de su mano. Se tiró en la cama, todavía vestida con su traje sastre, y clavó la vista en el techo oscuro. Intentó pensar en leyes, en apelaciones, en la cara de suficiencia de Mauricio De La Hoz, pero su mente, traicionera y herida, decidió llevarla a un lugar prohibido. De repente, el recuerdo de Diego regresó como una marea negra. Recordó la mañana de la boda, el olor de las flores blancas y la forma en que él la miraba mientras ella bailaba con su madre. Recordó cómo, durante dos años, Diego le había construido un mundo de cristal donde ella se sentía la mujer más afortunada del planeta. —"Eres lo más valioso que tengo, Ana Luisa" —le había dich
El ambiente en la sala de audiencias era asfixiante. Ana Luisa entró con la cabeza en alto, pero sus manos apretaban con fuerza el maletín. Al otro lado, Mauricio De La Hoz caminaba con una seguridad que la ponía enferma. Se sentó en su mesa, se ajustó los puños de la camisa y le lanzó una mirada de reojo, una mezcla de triunfo anticipado y burla. —Todos de pie —anunció el oficial. El juez entró y el silencio que siguió fue absoluto. Ana Luisa sentía que el corazón le martilleaba en los oídos. Miró a su clienta, Elena, quien le apretó la mano buscando un milagro. —Después de revisar las pruebas presentadas —comenzó el juez con voz monótona—, este tribunal dicta sentencia a favor de la parte demandada. El contrato de propiedad se mantiene vigente y sin alteraciones. El mundo de Ana Luisa se detuvo. Un pitido agudo llenó su cabeza mientras escuchaba los sollozos de Elena a su lado. Había perdido. Había fallado en proteger a una mujer que, al igual que ella, había sido engañada p
El juez golpeó el mallete y el juicio comenzó. Ana Luisa se puso de pie, ajustando sus documentos sobre la mesa. No miró a Mauricio; su objetivo era el hombre sentado a su lado, el estafador que pretendía dejar a una madre en la calle. —Su Señoría —comenzó Ana Luisa, y su voz llenó la sala con una claridad impecable—. Este no es un caso de contratos mal entendidos. Es un caso de depredación. El cliente del licenciado De La Hoz aprovechó la vulnerabilidad de una mujer desesperada para arrebatarle su único patrimonio. Ana Luisa presentó las pruebas con una rapidez letal. Hablaba de cláusulas abusivas y de firmas obtenidas bajo engaño. Cada palabra suya era un golpe directo al caso de la defensa. Mauricio De La Hoz la observaba recostado en su silla, con un bolígrafo girando entre sus dedos largos y fuertes. No parecía preocupado. Al contrario, parecía estar disfrutando del espectáculo. Cuando fue su turno, se levantó con una elegancia perezosa que ponía nerviosos a todos, me
—¡Ana, escúchame! ¡Esto no es lo que parece! —gritó Diego, intentando dar un paso hacia ella y estirando su mano para tocarla. Ana Luisa retrocedió como si el contacto con él pudiera quemarla. Sus ojos, antes llenos de ternura, ahora eran dos cuchillos fríos clavados en el rostro de su prometido. —¡No me toques! —sentenció ella. Su voz no tembló, y ese fue el primer signo de la transformación que estaba ocurriendo en su interior. La mujer desconocida sollozó, apretando más a la niña contra su pecho. No estaba allí por odio a Ana Luisa, sino por justicia para su hija. —¿Qué no es lo que parece, Diego? —dijo la mujer, enfrentándolo—. ¿Vas a negar que naciste en un pueblo donde todos te conocen? ¿Vas a negar que tus padres, unos humildes campesinos a los que te avergüenza llamar "familia", se sacrificaron para que estudiaras y nunca más volviste a verlos? Un murmullo de asco recorrió las bancas de la catedral. Los amigos de la familia Versalles, la crema y nata de Los Ánge
Último capítulo