Mundo ficciónIniciar sesiónEl estruendo de los cascos sobre el puente levadizo resonó en mis oídos como tambores de guerra. Me aparté de la ventana y me ajusté la chaqueta de luto, forzando a mis hombros a recuperar la rigidez de un Duque. Antes de salir, guardé el testamento bajo llave. No podía permitir que Caspian viera ese papel, aunque supiéramos que la Corona ya estaba al tanto de su existencia.
Bajé las escaleras justo cuando las pesadas puertas de roble se abrían. El aire frío se coló en el vestíbulo, trayendo el olor a lluvia.
—¡Príncipe Caspian! —mi voz sonó firme—. No esperaba una visita real tan pronto.
Caspian entró con una elegancia innata. Vestía un traje de seda azul medianoche con bordados en hilo de oro que formaban el sol de los Valerius. Su porte era autoritario, pero al verme, su expresión se suavizó. Entregó su capa a un sirviente y, cuando estuvimos lo suficientemente cerca, rompió el protocolo con un gesto que solo un amigo de la infancia se atrevería a tener.
—Las deudas de la corona no entienden de lutos, Alistair —dijo, dándome un apretón de manos genuino y un breve abrazo—. Mi padre envía sus condolencias. El Duque Albert fue un pilar para el reino. Lo siento de verdad, amigo.
—Gracias, Caspian. Pasemos al despacho —sugerí, buscando privacidad.
Una vez que la puerta se cerró y estuvimos solos, la máscara de formalidad de Caspian cayó un poco. Se sirvió una copa sin preguntar, como quien conoce la casa desde siempre.
—Sabes a qué he venido —soltó él, mirándome con una mezcla de lástima y advertencia—. Mi padre está impaciente. El Duque Albert le habló de ese compromiso con los Dawn hace años, Alistair. Por eso el Rey nunca consideró formalizar nada entre tú y Aurora, a pesar de lo que tú... sentías.
Me dolió que lo mencionara tan abiertamente. Mi amor por Aurora era una herida abierta que todos en la corte parecían ignorar por cortesía, excepto mi mejor amigo.
—Aurora no me ama, Caspian. No hace falta que me lo recuerdes —dije con amargura—. Ella solo me ve como el compañero de juegos de su hermano. Y ahora, este contrato me asegura que nunca seré nada más.
—Ella te tiene un cariño inmenso, igual que a Elowen —respondió Caspian suavemente—. Pero el Rey no permitirá que el ducado más importante del Norte quede en el aire. Si ese pacto es la voluntad de Albert, mi padre espera que lo cumplas. No quiere que el nombre de los Blackwood se manche con una traición a una deuda de honor.
Justo cuando iba a responder, tres golpes urgentes sonaron en la puerta. Jeffrey entró sin esperar permiso, con el rostro pálido.
—Señor, lamento interrumpir. Un mensajero de la Residencia Dawn acaba de llegar. El Caballero Dawn solicita una audiencia inmediata... dice que es un asunto que no puede esperar a que pase el luto oficial.
Miré a Caspian. El Caballero Dawn, que siempre había sido discreto para no forzar la situación, estaba rompiendo su retiro justo cuando el Príncipe estaba en casa.
—Parece que tu futuro no quiere esperar, Alistair —murmuró Caspian, dejando la copa en la mesa—. ¿Vas a recibirlo o quieres que yo lo haga por ti?
S.P. Rivers
“En un mundo de deudas, el corazón es la única moneda real”.







