El invierno en el reino de Aethelgar no era simplemente una estación; era un estado de ánimo que envolvía las torres de cristal y los tejados de pizarra en un manto de plata eterna. Aquella noche, el frío era tan intenso que el aliento de los guardias reales se convertía en pequeñas nubes de escarcha frente a sus rostros. El Palacio de Cristal, el corazón palpitante del reino, estaba sumergido en un silencio que pesaba más que las piedras de sus muros. No era un silencio de paz, sino de una ten