Mundo ficciónIniciar sesiónNo esperé a que la tormenta pasara. Monté a mi caballo y salí del castillo Blackwood antes de que Caspian pudiera hacerme más preguntas. Necesitaba que esto terminara. Si iba a encadenar mi vida a la de Elowen Dawn para salvar el ducado, tenía que hacerlo ahora, antes de que el valor me fallara.
Llegué a la residencia de los Dawn en menos de una hora. Era una propiedad hermosa, llena de jardines que mi padre siempre admiró, un lugar que respiraba una paz que yo acababa de perder para siempre.
—¡Alistair! —La voz de Elowen me sacó de mis pensamientos.
Estaba en el jardín lateral, con un vestido de lino claro y el cabello recogido de forma sencilla. Al verme, soltó las flores que estaba podando y corrió hacia mí con una sonrisa que se apagó en cuanto vio mi rostro. Ella no sabía nada del testamento; su padre, fiel a su palabra, no le había dicho una palabra tras nuestra reunión.
—Alistair, ¿qué haces aquí? —preguntó preocupada, acercándose a mí—. Aún es tiempo de luto, deberías estar descansando en el castillo. Si es por los documentos que envió mi padre...
—No he venido por los documentos, Elowen —la interrumpí. Mi voz sonó más dura de lo que pretendía, pero era la única forma de no quebrarme—. Entremos. Tenemos que hablar de algo que no puede esperar.
Ella asintió, confundida, y me guio hacia el salón pequeño. Una vez allí, el silencio se volvió insoportable. Elowen me miraba con esos ojos amatista llenos de una calidez que me hacía sentir como el peor de los hombres. Ella me quería, lo sabía desde que éramos niños, y eso solo hacía que mi sacrificio fuera más amargo.
—Alistair, me asustas —murmuró ella, entrelazando sus dedos—. ¿Qué sucede?
—Mi padre dejó un testamento, Elowen —solté de golpe, dándole la espalda para no ver su reacción—. Y en él, estableció una cláusula para que yo pueda heredar el título y las tierras.
—¿Una cláusula? —repitió ella con voz pequeña.
—Una deuda de sangre que debe ser pagada. Mi padre y el tuyo acordaron que nuestras familias se unirían definitivamente. —Me giré para enfrentarla, endureciendo mi mirada—. Para que yo siga siendo el Duque de Blackwood, debemos casarnos. En menos de un mes.
El color desapareció del rostro de Elowen. Retrocedió un paso, buscando apoyo en el respaldo de una silla. Sus labios temblaron, pero no salieron lágrimas de sus ojos, solo una profunda confusión.
—¿Un... matrimonio? Pero Alistair, tú... tú amas a la Princesa Aurora. Todo el reino lo sabe. Tu padre lo sabía.
—Mi padre sabía que el honor está por encima del deseo —respondí con crueldad, intentando convencerme a mí mismo—. El Rey ya está al tanto. No hay vuelta atrás, Elowen. Mañana mismo se hará el anuncio oficial.
Ella bajó la mirada, y por un momento pensé que iba a protestar, que me pediría que luchara por nosotros, por nuestra libertad. Pero Elowen era una Dawn, y el honor corría por sus venas tanto como por las mías.
—¿Es esto lo que quieres? —preguntó en un susurro.
—Es lo que debo hacer —mentí, recordando el juramento que le hice a su padre—. Te daré mi apellido, Elowen. Tendrás el respeto de todo el Norte y nunca te faltará nada. Te juro por mi honor que te protegeré.
—Me darás todo, menos lo que realmente importa —dijo ella, levantando la vista. No había odio en sus ojos, sino una tristeza infinita que me dolió más que cualquier insulto—. Seré tu duquesa, Alistair. Si ese es el precio de tu herencia, lo pagaré contigo. Pero no me pidas que celebre una condena.
Salí de allí sin decir una palabra más. El trato estaba hecho. El anuncio se haría al amanecer, y el mundo entero sabría que el Duque del Norte se casaría con la hija de un caballero, mientras su corazón seguía encadenado a una princesa que nunca lo amaría.
S.P. Rivers
"En un mundo de deudas, el corazón es la única moneda real".







