Con la bendición del Rey, la maquinaria de Blackwood se puso en marcha con una eficiencia aterradora. Ya no había espacio para el luto silencioso; el castillo se llenó de costureras, floristas y chambelanes.Pasaron tres días agotadores de pruebas de vestuario. Me sentía como un maniquí mientras los sastres ajustaban mi jubón de seda negra y plata, asegurándose de que cada costura fuera perfecta para el nuevo Duque. En otra ala del castillo, sabía que Elowen pasaba por lo mismo. Flores de invierno por aquí, mantelería de lino por allá; el salón de fiestas, antes sombrío, fue transformado en un jardín de cristal para ocultar la tragedia que nos unía.Elowen parecía exhausta. Cada vez que nos cruzábamos en los pasillos, escoltados por sirvientes que cargaban telas y adornos, veía el cansancio en sus ojos, pero ella seguía adelante sin una sola queja. Estaba cumpliendo con su parte, organizando un evento que, en el fondo, ambos sabíamos que era nuestra sentencia.Tres semanas después de
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