Los meses siguientes a la boda se convirtieron en un juego de sombras y silencios. Alistair cumplió su palabra de la forma más cruel posible: mediante la ausencia. Aquella primera noche fue la única que compartió conmigo; al amanecer, ordenó trasladar sus pertenencias al ala oeste del castillo, dejando la alcoba nupcial como un mausoleo de nuestra desdicha.
Vivíamos bajo el mismo techo, pero habitábamos mundos distintos. Él se sumergió en los deberes del ducado con una intensidad maníaca, patru