Mundo ficciónIniciar sesiónBlanca Gallart es la dueña de una exitosa cadena de restaurantes en Santiago de Chile. A sus 30 años, ha construido un imperio gastronómico que muchos envidian. Cuando su novio, Sebastián Madrid, le propone vivir juntos, ella cree tocar el cielo. Se instalan en una lujosa residencia en La Dehesa, pero tras cuatro años de idilio, la felicidad se disuelve en una rutina amarga. Sebastián se transforma en un parásito que vive a expensas de Blanca; no trabaja, no muestra interés y la admiración que ella sentía por aquel hombre luchador y honrado desaparece por completo. Las discusiones diarias por su falta de productividad desgastan el vínculo, dejando a Blanca atrapada en una relación vacía. Un mensaje equivocado de WhatsApp rompe la monotonía. Carlos, un joven colombiano diez años menor, entra en su vida de forma inesperada. A pesar de la distancia y la diferencia de edad, Blanca se entrega a una conexión digital que escala rápidamente. Los saludos cordiales se transforman en confesiones y fotografías osadas que le devuelven una juventud que creía dormida. Sin embargo, justo cuando ella se siente en las nubes, Carlos corta la comunicación sin explicaciones, dejándola sumida en la desolación y la duda. En medio de este caos emocional, Blanca conoce a Dominic, un francés petulante que lleva dos meses en el país huyendo de su pasado. El encuentro es desastroso: Dominic critica duramente el restaurante de Blanca a viva voz, desatando un enfrentamiento inmediato. Ella lo encuentra tan atractivo como insoportable; él la ve hermosa, pero la juzga bajo el estigma de sus malas experiencias pasadas, creyéndola una oportunista. Entre el fantasma del chico que desapareció, el peso de un novio estancado y la presencia de este extranjero arrogante, Blanca debe descubrir qué busca realmente su corazón.
Leer másBlanca Gallart lo tenía todo bajo control… o eso creía.
Dueña de una exitosa cadena de restaurantes, lleva años sosteniendo una relación que dejó de ser amor hace tiempo. Sebastián Madrid sigue siendo el hombre atractivo del que se enamoró, pero ya no es el mismo: la rutina, la dependencia y el desgaste han convertido su historia en un lugar del que Blanca no sabe cómo salir.
Todo cambia con un simple error.
Un mensaje de W******p la conecta con Carlos, un joven colombiano diez años menor que ella. Lo que comienza como una conversación casual se transforma en algo mucho más intenso: una conexión que la hace sentirse viva otra vez. Pero justo cuando empieza a creer en esa ilusión, él desaparece sin dejar rastro.
Y entonces aparece Dominic.
Un francés arrogante, provocador y peligrosamente atractivo que irrumpe en su vida de la peor forma posible.
Entre enfrentamientos, tensión y una atracción imposible de ignorar, Blanca se verá arrastrada a un juego emocional donde nada es lo que parece.Entre un amor que se apaga, una ilusión que se rompe y un deseo que amenaza con consumirla… Blanca tendrá que decidir qué está dispuesta a arriesgar.
Incluso si eso significa perderse a sí misma en el proceso.
UN MENSAJE EQUIVOCADO.
Uno, dos, tres chapuzones más y Sebastián decide salir de la piscina para tumbarse a mi lado, mientras simulo leer un libro, pues mi mente está concentrada en los problemas que está teniendo uno de los restaurantes que poseo en la zona sur. No puedo creer tener un administrador a cargo y que me llame cada vez que suceden pequeñeces. Si se cae un tenedor o se rompe un plato me llama, y no me deja disfrutar ni un solo día de tranquilidad.
Sebastián besa mi mejilla y yo le sonrío, pensando en que sería ideal que él tomara a cargo ese restaurante. Serviría para que obtuviera su propio dinero, puesto que hace meses, por no decir un año, que está desempleado y no hace nada por solucionarlo. Vivimos juntos hace tiempo y, aunque tengo el dinero suficiente para mantenernos a los dos y más, creo sinceramente que debería tener una ocupación y no vivir a mis expensas.
Me siento tan fastidiada que no deseo ponerme a discutir ahora. Tengo deseos de divertirme, tal vez salir a bailar; tener treinta años no es ser un abuelo, al menos yo no me considero así. Tengo juventud suficiente para hacer deporte, bailar y disfrutar.
—Amor, ¿qué tal si hoy por la noche nos juntamos con los chicos y vamos a bailar? —propongo con entusiasmo—. ¡Creo que sería divertido salir un poco de la rutina!
—¿Bailar? —arruga la frente—. Dices "los chicos" como si fuésemos unos quinceañeros. ¡Ah, por Dios! ¿No tienes algo mejor que inventar?
Ruedo los ojos sin que él se dé cuenta. La verdad es que no sé para qué le propongo salir si la respuesta siempre es la misma, sin contar que suele burlarse de mí.
—¿Qué propones entonces? —reprocho levantándome de la reposera, mientras cargo en mi interior una rabia profunda hacia su actitud. Tomo mi libro y entro en la casa. De vez en cuando miro hacia atrás esperando que me siga, queriendo que me ruegue, añorando esa emoción que sentía antes con él, aunque sea en una discusión. Dicen que las reconciliaciones son buenas, pero ni eso hay en mi vida. Discusiones hay de sobra, pero me faltan las reconciliaciones.
Camino de prisa y me pongo a llorar como una tonta. Llevamos cuatro años de convivencia y cada día es peor. No sé si sigo enamorada o es costumbre. ¿Costumbre a qué? ¿Al aburrimiento?
—Señora Blanca —escucho detrás de mí—, el señor Le Blanc está al teléfono.
Me seco las lágrimas, doy un suspiro de frustración y tomo el inalámbrico que me entrega Sonia. Antes de subir, me dirijo a ella.
—Sonia, ¿puedes llevarme un analgésico a mi habitación, por favor?
Subo las escaleras con el teléfono en la mano, me siento en la cama y me acomodo para escuchar a Ignacio Le Blanc, el administrador del restaurante con problemas.
—Ignacio... dime... —mi voz cansina hace que note mi incomodidad.
—Disculpa que moleste, pero es algo urgente... —alcanza a decir antes de ser interrumpido por mí.
—¡Ve al grano, por favor! —exclamo fastidiada. He trabajado arduamente para llegar donde estoy y no ser una hija de papi; considero que merezco descansar y que otros se encarguen de mis negocios.
—De acuerdo. En la cocina hubo un altercado y una de las chicas rompió unas vajillas. Tal vez sea necesario descontarla de su salario, pero despedirla...
Sonia entra al cuarto con el analgésico. Lo trago con urgencia pues mi sien bombea más de lo normal. Al dejar el vaso con agua, me percato de que tengo un mensaje del chef del mismo restaurante.
[Blanca, disculpa que te moleste, no es mi costumbre, pero necesito que sepas que hubo un altercado aquí. Lo más lógico es que se lo comunique a Ignacio, pero él está involucrado directamente. Una de las meseras lo encontró besándose con otra, al parecer había un triángulo amoroso... lo que terminó en una feroz pelea en mi cocina. ¡Llámame después por favor!]
¿Por qué a mí?
—¿Estás ahí? —pregunto a Ignacio poniendo el teléfono en mi oreja.
—Sí —responde con cautela.
—Ahórrate las palabras, estás despedido. Ya sé exactamente lo que pasó. Hace tiempo me tienes cansada con tantos problemas, yo contrataré a alguien más competente.
Corto la llamada, me recuesto y cierro los ojos hasta que logro quedarme dormida.
Pestañeo lentamente al despertar. Al tocar el otro lado de la cama noto que Sebastián no está conmigo. Enciendo la lámpara; son las tres de la mañana. Me levanto al baño, busco por la casa y no lo encuentro por ningún lado. Una ira insoportable se cuela en mi interior. Se supone que somos mayores para salir a divertirnos, pero a él no le gusta salir conmigo.
Vuelvo al cuarto, me saco el bikini, me doy una ducha y me pongo el pijama. Ya son las cuatro y media de la madrugada y no tengo sueño. Una luz en mi celular indica una notificación.
[Pienso, sinceramente, que ese libro no es recomendable]
Arrugo la frente. El número no es de Sebastián y el código es de Colombia.
¿Cómo alguien de allá sabe qué libro estoy leyendo?
Miro mi libro, La Arpía, autografiado por la autora chilena Marcelitapajarita. El desconocido está en línea, así que decido preguntar.
[¿Cómo sabes lo que estoy leyendo?]
[Lo siento, creo que me equivoqué de número] —se excusan desde el otro lado. Sonrío por la casualidad.
[No hay problema. Bye]
Dejo el celular, pero vibra de nuevo.
[Al parecer estás leyendo. ¿Podría saber qué libro es?]
Decido responder, no tiene nada de malo.
[Es de una escritora nueva, no creo que la conozcas, es chilena]
[¿De qué se trata? Si es ciencia ficción todo bien] —responde. Suelto una risita. Antes de seguir, pregunto su nombre.
[¿Cuál es tu nombre?]
[Carlos] —responde— [¿Y el tuyo?]
[Blanca. Ahora entiendo por qué te gusta la ciencia ficción]
[¿Porque soy hombre?]
[Sí, aunque a las mujeres también les puede gustar]
[¿De qué se trata el libro?] —pregunta él, obviando mi comentario. Me acomodo en la almohada dispuesta a charlar. Le explico la trama de la mujer que es una arpía por la dura niñez que ha tenido, y que no cambia ni por amor.
[¡Eso no va conmigo nena! O sea, no me gusta esa clase de lectura]
Esa palabra, "nena", me hace sentir algo diferente.
[Muestra tu foto, quiero conocerte] —solicita con personalidad. Busco una foto donde me veo bien y lo agrego a mis contactos.
[¡Wow! ¡Eres hermosa!] —Mis mejillas arden. Miro su foto de perfil; está con una joven.
[Gracias... ¿Es tu novia la que está contigo en la foto?]
[No, es una amiga. ¿Qué edad tienes?]
[¿Qué edad crees que tengo?]
[No lo sé... ¿Veinticinco] —responde y me quedo con la boca abierta.
[Más...]
[¿Más? ¿Veintiocho?]
[Más...]
[Ja ja ja ¿Treinta?]
[Acertaste, tengo treinta años]
[¡Creí realmente que tenías menos edad!]
[Pues para que veas, me cuido. ¿Y tú qué edad tienes?]
[Veinte] —responde.
Es un chiquillo, pero sigo hablando. Me cuenta que estuvo con una mujer diez años mayor que lo engañó y que es muy radical cuando deja de hablarle a alguien. También me cuenta que escribe en la web una historia llamada Infectado.
[¡La escritora del libro que leo nació en la web]
[¿En serio? ¡O sea que aún puedo ser famoso! jajaja]
[Claro jajaja] —tecleo.
[Un gusto conocerte]
[Un gusto...] —respondo.
[Descansa]
Dejo el celular y me duermo con una sonrisa, sintiendo que me hizo bien conversar con él.
Nos quedamos con Tati en la oficina mientras Marcos se dirige a la cocina. Ella comienza a telefonear a diversas agencias de empleo para solicitar una asistente, mientras yo me concentro en organizar el archivo de todas las facturas pendientes. Una vez concluida esa tarea, leo minuciosamente el contrato con el señor Proulx. Me intriga la pronunciación de su apellido; me pregunto si será un chileno de ascendencia gala o un inversionista que llega directamente desde Francia para expandir sus horizontes comerciales en el país.—Tengo listo lo de la secretaria; mañana vendrán tres aspirantes a entrevista —comenta mi amiga.Levanto la vista del documento para prestarle atención. Me produce un gran alivio que Tati me esté respaldando en este proceso; de lo contrario, perdería el juicio ante tanta carga administrativa estando por mi cuenta.—¡Ay, Dios, gracias! No sé qué haría sin tu apoyo.—Oh, está sonando el teléfono —Tati se apresura hacia el escritorio y yo suelto una carcajada, pues te
Escucho las últimas palabras de Sebas y me dirijo a mi automóvil. No espero ni dos segundos y arranco; no quiero volver a ver su rostro. Se me hace un nudo en el estómago al recordar que sabía de mis conversaciones con Carlos. Sé que el daño que me hizo es mayor, pero aun así no dejo de reprocharme lo que he estado haciendo últimamente.Mientras conduzco, me seco el rostro y me prometo que estas serán las últimas lágrimas por esta relación. Desde hoy soy libre, sin vergüenza ni culpa. ¿Luto? Me lo salto. Terminó tan mal esta relación que no merece una reflexión de mi parte; por lo tanto, seré como Tati: viviré la vida loca. Bueno, no exactamente como ella, ni una vida tan loca, pero sí seré más desinhibida y jugaré un poco antes de enfrascarme en una relación.Al día siguiente, y aunque muchas veces dormí sola, no deja de parecerme extraño ver mi cama vacía. Me levanto con cuidado, me doy una ducha y bajo a la cocina. Ahí está Sonia; me acerco, beso su rostro y la abrazo.—Se acabó, S
El tiempo pasa lento y recién son las nueve de la noche. Reviso el reloj y me sorprendo; creía que era mucho más tarde. Mi mente no deja de dar vueltas. ¿Qué estará haciendo Sebas ahora? ¿Aparecerá otra amante? ¿La conoceré también? ¿Se habrá reconciliado con Noemí o vuelto al departamento de Mariona? Son demasiadas preguntas sin respuesta.Comprendo que tal vez lo nuestro no funcionó, pero me duele que todo haya terminado en traición... y, lo que es peor, con su secretaria y mi mejor amiga.Decidida, me levanto: debo encontrarlo y hablar con él, necesito explicaciones. Voy al clóset y noto que gran parte de su ropa ya no está. Palidezco. Un escalofrío recorre mi cuerpo, extrañada ante esta sensación de pérdida. Semanas atrás contemplaba la idea de una separación, pero ahora que es tangible, me estremezco al darme cuenta de cuánto me pesa. Sin pensarlo mucho, corro hacia la cocina buscando a Sonia.—¡Sonia! ¡Sonia! —grito entre sollozos.—¿Qué pasa, señora? —pregunta ella, con el rost
Miro a Tati, confusa, pero ya nada me importa mientras mi celular suena insistentemente. Tomo la carpeta que me ofrece y salgo caminando hacia mi auto; necesito enfrentar a Sebas.Por el camino, pienso. Mariona no es como Tati, pero era mi amiga y habíamos pasado momentos hermosos las tres. Ya nunca más podrá ser… nunca más. Y, aunque le dije lo que se merecía, me duele el alma haberla tratado de esa forma. Me pregunto si ella siente lo mismo al haberme traicionado.Al llegar a casa, lo primero que veo es la mirada de preocupación de Sonia. Niego con un movimiento de cabeza; no deseo hablar con nadie. No quiero que sientan lástima por mí, no lo soportaría.Me odio por no haber terminado esta relación cuando debí y por haberle dado una oportunidad.¿Es este mi castigo por este constante contacto con Carlos? Es una pregunta válida, honesta. Y, aunque no deseo justificarme, mi relación con Sebas iba en picada. Pero hay una pregunta que, creo, no saldrá tan fácil de mi mente: ¿tenía que s
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