Sonrisas traicioneras.
Una notificación suena. Ni la miro; no me interesa. Sé que no es Carlos, nunca es él. Decido escribirle a Tati, pero casi me caigo de la tumbona al ver que ha sido él quien me ha escrito. Ahí está el aviso. Me tiemblan las manos al abrirlo.
[Ya se hizo la prueba.]
[ ¿Estás por ahí?]
[Bueno, si no deseas saber lo que salió, pues me vale.]
¿“Me vale”? Él y sus expresiones raras, pienso, frunciendo el ceño, aunque una sonrisa traicionera se me escapa.
[Aquí estoy, es que entregaba un informe a mi