El principio del fin.

Noemí y Marcos salen de la oficina, dejándome a solas con la mirada inquisitiva de Sebastián, mientras sostengo en mi mente la idea de que ha llegado el momento de hacerlo reaccionar.

—Tú te harás cargo de este establecimiento —le digo a Sebastián, con todo el relajo que puedo reunir.

—¿Yo?

Sebastián pone las manos en su pecho, como si lo hubiese ofendido. Me levanto de detrás del escritorio y camino hacia él. Quedo lo más cerca que puedo para hablarle y que me entienda.

—Me habías dicho que estabas buscando trabajo y que no encontrabas. Pues bien, tu búsqueda finalizó: estás contratado.

—Pero… pero…

—¡Pero nada! ¡Me cansé! ¿Entiendes?

Cojo mi bolso, saco un par de billetes y los dejo sobre el escritorio.

—Blanca…

—Cuando termines aquí, te vas en un taxi para la casa.

—¡Pero, Blanca! No sé qué hacer aquí.

—Estudiaste administración de empresas. Me dijiste que fuiste el mejor de tu promoción, ¿acaso no recuerdas que así me conquistaste? Me maravillé con tu inteligencia. Te pones al corriente con Noemí; sé que lo harás bien.

Me acerco a la puerta y lo dejo parado en medio de la oficina, sin oportunidad de nada, sin querer escuchar un reclamo más o creo que lo mandaré a la m****a.

—Noemí, Sebastián se quedará a cargo de este restaurante. Por favor, ponlo al corriente de todo. Por cierto, ¿qué pasó con los proveedores? ¡Creí que estarían aquí!

—Logré calmarlos y mañana vendrán por su pago.

—Perfecto, gracias. ¿Los cheques de la empresa los tienes tú?

—Sí, señora.

—Comunícate con los bancos. Ignacio ya no tiene autorización para la firma de los cheques del restaurante. Yo mañana iré con Sebastián para registrar su firma… No, mejor solo llama a los bancos, desde ahora el sistema cambiará.

—¿Me dará el cheque del pago de la vajilla?

Ruedo los ojos con fastidio, saco mi chequera del bolso y extiendo la cantidad que dicen las facturas.

—Ahí tienes. Por favor, llama a Raúl Larraín, el abogado, y que se ponga en contacto conmigo. Veré qué se puede hacer con esta e****a.

—De acuerdo, lo haré de inmediato.

—Más tarde, no te preocupes. Ve a la oficina a orientar a Sebastián; cualquier cosa rara me cuentas, ¿de acuerdo?

—Sí, señora.

Una vez fuera del restaurante, voy a mi auto. Me subo y me quedo pensando en la cara de fastidio de Sebastián. No puedo creer en lo que se ha convertido. Si bien es cierto que al principio me sentía amada, ahora creo que solo está por mi dinero. Vio la vida fácil conmigo, me dejó de lado como mujer, creyendo que me tenía segura. Definitivamente, el amor murió y esta relación no da para más. No creo que sea muy difícil de entender ni que ponga obstáculos cuando le diga que ya no deseo seguir a su lado, que todo se ha acabado y que quiero que se vaya de mi casa. Además, sé que no me ama; esto es nada más costumbre.

Miro mi celular y ya son las dos de la tarde. El tiempo pasa volando. Abro W******p y me doy cuenta de que Carlos está en línea. Me pregunto qué pensará si le hablo. No sé qué decir, no quiero que piense que me interesa, pues no es así; solo tenemos cosas en común, a los dos nos interesan los libros. Doy un suspiro y decido no hablarle. Además, él tampoco me habla a mí. Me pongo en marcha y me voy a casa. Recuerdo que le dije a Sonia que no llegaría a almorzar, por lo que decido prepararme unas ensaladas para no molestarla.

Llego a casa, dejo mi cartera en la sala y voy hacia la cocina. Sonia no se ve por ningún lado. Me retiro los zapatos y me quedo descalza; me gusta estar así. Saco unas ensaladas y las aliño con aceite de oliva, un poco de limón y sal. De la alacena saco una lata de atún, me sirvo un vaso con jugo de piña y me siento a comer. No tengo mucha hambre, pero sé que debo alimentarme; según Sonia, estoy muy delgada.

Mientras como, me pongo a jugar en mi celular al Penguin Diner 2. Me fastidia estar sirviendo a los pingüinos y que nunca me dejen buena propina. Es un juego infantil, pero estoy obsesionada con llegar a la meta. No soy tan rápida para que queden satisfechos y más difícil se me hace si tengo en la mente que Carlos me hable. Trato de concentrarme, pero es imposible.

Decido hablarle yo. No creo que sea incorrecto que una mujer de treinta y cinco años le hable a un chico de veinte; es solo saludar, no es que me guste ni que lo vaya a pervertir. Es una conversación simple e inocente; además, quizás no me responda. Me armo de valor, dejo a los pingüinos de lado y empiezo a teclear.

[¡Hola! ¿Cómo estás?]

De inmediato veo arriba de la pantalla que dice escribiendo y una sonrisa se instala en mi rostro.

[¡Hola! Estoy bien, ¿y tú cómo estás?]

[Con algunos problemas en el trabajo, pero todo bien]

[¿Pero se solucionaron?]

[Se están solucionando]

Eso es lo que espero. Sebastián es inteligente y puede manejar un restaurante; solo debe interesarse.

[¿En qué trabajas?]

Me quedo pensando en su pregunta. No sé si será correcto decirle a un desconocido que soy dueña de una cadena de restaurantes. Decido mentir.

[Soy secretaria, ¿y tú a qué te dedicas?]

[Se supone que debo estudiar y, para mantenerme por mientras, trabajo en una discoteca]

[Ah… ¿y qué pasa con los estudios?]

[Di una prueba para entrar a la universidad]

[Debe ser como las que nosotros llamamos PSU]

[Debe ser…]

[¿Qué haces ahora?]

[Nada especial, ¿y tú?]

[Terminando de almorzar]

[¡Tan temprano! ¿Qué hora tienes?]

[Las tres, ¿y tú qué hora tienes?]

Veo que ya no dice en línea y me decepciono, pero nada que hacer. Si él no desea seguir conversando, el mundo no se acaba. Recojo mi plato y el vaso, los pongo en el lavavajillas, tomo mis zapatos y me voy a mi habitación. Me tiro a la cama y miro el techo por un buen rato. Los ojos empiezan a pesarme.

Cuando estoy quedándome dormida, suena el tilín de una notificación. Podría seguir con este sueño delicioso, pero mi cerebro se activa al pensar que puede ser Carlos, y no me equivoco.

[Tenemos dos horas de diferencia]

Una sonrisa traviesa se apodera de mí.

[jajaja ¿respondes con efecto retardado?]

[Suave… solo que tuve un problema. Además, el internet se me va a cada momento, es de prepago]

[¿Suave? ¿Qué significa eso?]

[Es como que no me complica]

[Suave entonces jajaja]

[See]

Me causa risa su forma de hablar; se nota que es un chico. No obstante, me gusta que sea así, siento que me transmite juventud. No es que yo sea una vieja, pero al cumplir treinta y cinco años empecé a sentirme melancólica, más aún cuando Sebastián empezó a ser diferente a como lo conocí. En mi vida ya no está el hombre atento y cariñoso del cual me perdía en su mirada.

No me doy cuenta cuando ya son las diez de la noche. Es increíble que no me canse de hablar con él; es divertido y me distrae de todo.

La puerta de la habitación se abre y es Sebastián. Entra directo a darme un beso. No alcanzo a reaccionar cuando ya está pegado a mis labios.

—¡Estoy agotado, amor!

¿Amor? ¿Hace cuánto no escuchaba esa palabra?

Sonrío, pero la verdad es que lo hago porque está cansado por trabajar y no de estar tonteando por ahí.

—Date una ducha y te acuestas —digo de prisa, queriendo que se aleje de mi vista.

—Sí, eso haré…

Veo cómo se aleja. Tomo el celular inmediatamente y luego me doy cuenta de que tengo tres chats sin responder. ¿Es que no me importa hablar con nadie más que no sea con este chico?

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP