Mundo ficciónIniciar sesión"¿Conseguirle un nuevo marido a mi esposa? Ni pensarlo... cada parte de ella me pertenece, es un trato exclusivo." Aurora Sterling le entregó su corazón a Angelo Russo con la fe ciega de una niña que cree en cuentos de hadas. Hasta que el matrimonio que le prometieron como feliz, se convirtió en una pesadilla de indiferencia y desprecio. Desesperada por un atisbo de amor, Aurora se transformó en una esposa celosa y obsesiva, hasta que un trágico accidente —del que fue injustamente culpada— le dio a Angelo la excusa perfecta para desterrarla al extranjero, borrándola de su vida. Ocho años después, Aurora regresa, pero ya no queda rastro de la joven vulnerable y necesitada. Ahora es una mujer fría, elegante y decidida, con un único objetivo para su aún marido: el divorcio. Pero la abuela, empeñada en verla "bien casada", decide conseguirle un marido ideal, y por eso organiza un desfile de los solteros más influyentes y atractivos de Londres. Y entonces… él la ve. Riendo entre brazos ajenos. Brillando donde antes apenas respiraba. Siendo adorada por hombres que la miran como si fuera aire y fuego al mismo tiempo... incluyendo su mejor amigo. Es alli cuando la máscara de indiferencia de Angelo se quiebra y los celos toman control. —Si quieres un marido —siseó—, entonces vuelve conmigo. Aurora imperturbable, le dio una sonrisa fría y lo empujo lejos. —Sr. Russo… ¿quiere una cita? Entonces haga fila. Pero hay alguien que Angelo ignora. Alguien que duerme en una habitación llena de dibujos, libros y preguntas sin responder. Una niña que dibuja a su papá sin haberlo visto nunca… pero que muy pronto… decidirá que es hora de conocerlo.
Leer másC1- ¡YO NO LA EMPUJÉ!
—¡¡Ah!! ¡Ayuda! ¡Auxilio! El grito cortó la música y la gente se volcó hacia la escalera, donde Aurora Sterling quedó inmóvil con las manos crispadas a los costados y una mirada de terror. Abajo, Jimena Saenz yacía en el suelo, con el cuerpo torcido de forma antinatural y una mano aferrada a su vientre mientras el dolor le arrancaba gemidos secos. Un segundo antes estaban hablando. Un segundo. Aurora aún sentía el eco de esa conversación en los oídos, la cercanía, el silencio incómodo... y luego el vacío. —¿Qué pasó? —preguntó alguien—. ¿Cómo se cayó? Jimena levantó la cabeza con esfuerzo y sus ojos buscaron la escalera, buscaron a Aurora. —Ella... —jadeó— ella me empujó. El aire se volvió pesado y todas las miradas subieron al mismo punto. —¡¿Cómo te atreves?! —estalló una mujer—. ¿Estás loca, Aurora? ¡¿Los celos no te dejan pensar?! Aurora apretó los puños y bajó un escalón, luego otro, tratando de hablar, pero las voces cayeron encima como golpes. —¡No importa cuánto estés obsesionada con Angelo! —gritó un hombre—. ¡No puedes ser tan cruel! ¡Está embarazada! —¡Eso! —secundó otra voz—. ¿Qué clase de persona atenta contra la vida de un bebé? Cuando Aurora llegó junto a Jimena, se inclinó por reflejo. —Déjame ayudarte... El manotazo fue brusco, tanto que la empujó hacia atrás. —¡No! ¡No te me acerques! Tú... tú querías matarme. ¡Dios mío, mi bebé! ¡Mi bebé! La mandíbula de Aurora se tensó hasta dolerle, pero tragó saliva y supuso que el miedo le hacía decir incoherencias a su cuñada. —Eso no es verdad, yo no... No terminó, porque una voz profunda y masculina cortó el aire. —¡Apártense! La multitud se abrió y Angelo Russo avanzó con el rostro endurecido, los ojos azules oscuros y fríos. Deteniéndose delante de ella. —Angelo... —Aurora dio un paso— déjame explicarte, yo... La mirada de él la cortó en seco. —¿Qué hiciste? —su voz fue baja y afilada—. ¿Qué demonios hiciste? Aurora negó desesperada, buscando una explicación para los hechos, pero Jimena gritó más fuerte, ahora quebrándose. —¡Me duele! ¡Me duele mucho! Angelo se arrodilló junto a ella y la sostuvo con cuidado. —Tranquila —musitó—. No te preocupes, ya llamaron a una ambulancia. Esa escena le oprimió el pecho a Aurora, después de todo su frío marido, sí podía ser amable y cercano, solo que no con ella. Aun así, dio un paso al frente. —Yo no la empujé —afirmó—. No lo hice. Angelo ni siquiera la miró. —¿Pretendes que crea que Jimena se lanzó sola? —escupió—. ¿Que se cayó estando embarazada de mi hermano? Entonces alzó la vista y la atravesó con sus ojos fríos. —¿Me crees estúpido, Aurora? ¡Tus celos han ido muy lejos! Esas palabras la hicieron tambalearse, tanto que el suelo pareció moverse bajo sus pies. —Ah... —gimió Jimena otra vez— mi bebé... por favor, Angelo... no quiero perderlo... Ella se aferró a él, temblando y Angelo la rodeó con los brazos, sosteniéndola. —No tengas miedo. Te llevaré al hospital ahora. La voz de la matriarca de la familia irrumpió entre el caos. —¿Qué pasó? ¿Quién tuvo un accidente? Adelina Russo se abrió paso y sus ojos tan azules como los de su nieto, se agrandaron de golpe. —Por la Virgen... —susurró asustada—. ¡Es sangre! Un charco rojo comenzaba a extenderse bajo el cuerpo de Jimena. —¡No! —sollozó ella—. No quiero perderlo. No quiero perder a mi hijo. Angelo la cargó sin dudar y antes de darse la vuelta, alzó la mirada hacia Aurora y ya no había frío, sino amenaza. —Reza para que al niño no le pase nada. Porque si algo ocurre... asumirás las consecuencias. Se fue con Jimena en brazos, dejando atrás los murmullos y reproches, fue cuando Adelina miró a Aurora con complicación. —Cariño... ¿acaso tú...? —No lo hice —respondió ella, sosteniéndole la mirada y conteniendo las lágrimas—. Me crean o no, yo no la empujé. Sin decir más, se dio la vuelta y subió. En su habitación, caminó de un lado a otro sin rumbo. La cabeza le latía, pero volvía una y otra vez a la escalera, al segundo exacto en que todo pasó y no entendía cómo había pasado, pero sí sabía algo con una claridad brutal: era que tenía que hablar con Angelo. Tenía que mirarlo a los ojos y decirle la verdad. Por eso esperó y el reloj avanzó sin piedad, pero esa noche Angelo no regresó. Y cuando la mañana comenzó a aclararse detrás de las cortinas, Aurora se sentó en el borde de la cama, exhausta, con la garganta cerrada y los ojos rojos de tanto llorar, fue entonces cuando escuchó movimiento abajo. Voces, pasos, su voz. Se levantó de golpe, con el corazón golpeándole el pecho y salió de la habitación casi corriendo. —Angelo... —susurró, antes de verlo. Pero se detuvo en seco cuando escuchó sus palabras. —¡Abuela, quiero el divorcio! ¡Quiero divorciarme de Aurora!C23-NO RETROCEDASÉl no contestó con palabras. Solo le tomó la mano y la llevó por un pasillo lateral más oscuro, lejos de las luces y las voces. La pared fría le rozó la espalda cuando él la empujó contra ella y la besó como si el mundo se acabara.Boca contra boca, urgente, su lengua buscaba la de ella sin pedir permiso, mientras una mano en su nuca y la otra en la cintura la apretaban contra su cuerpo. El beso sabía a champán y a rabia contenida.Mateo gruñó bajo cuando ella se resistió al principio, pero cuando abrió los labios y le devolvió el beso con la misma hambre, sus dientes chocaron. El pulso de él latía contra el de ella y el calor subió rápido, demasiado rápido.Bianca se dejó besar un segundo más, disfrutando y, de alguna manera, comparándolo con Sombra.¿Por qué? ¿Por qué con él?Entonces la realidad la golpeó de nuevo. Rompió el beso, puso las manos en su pecho y lo empujó con fuerza.—¿Estás jugando conmigo?Mateo se quedó callado, respiraba agitado con los ojos clav
C22-SOLO TENGO OJOS PARA ELLADurante la cena, Mateo se sentó al lado de Bianca. Tan cerca que sus rodillas se rozaron bajo la mesa desde el primer segundo. Él hablaba con el hombre de enfrente sobre inversiones en energías renovables, como si nada pasara, como si no hubiera puesto su mundo de cabeza. Y si Bianca pensó que todo terminaba ahí, estaba equivocada, porque su mano izquierda bajó despacio y se posó en el muslo de ella, justo donde empezaba la abertura del vestido.Bianca se tensó.El calor de su palma le subió por la pierna como corriente. Lo miró de reojo, pero él seguía conversando, con sonrisa educada, sin mirarla.—¿Qué haces? —susurró ella, apenas moviendo los labios.Mateo no respondió. En cambio, sus dedos subieron un poco más por la abertura, rozando la piel interior del muslo.Bianca le atrapó la mano con la suya y la apartó. Él giró la cabeza despacio, la miró fijo y sus ojos azules intensos la atravesaron con una intensidad que nunca le había visto. El estómago d
C21-YO ELIJO DÓNDE DORMIRBianca se quedó clavada en el sitio cuando sintió la mano en su cintura y en segundos, el salón se había vuelto un zumbido lejano.Él nunca llegaba. Nunca. Y ahora estaba ahí, pegado a ella, tratándola como si le perteneciera, como si le importara de verdad.Lo miró de reojo y casi se queda sin aire.El traje negro se le pegaba al cuerpo, camisa blanca con el primer botón abierto, sin corbata, mostrando un pecho masculino y un aire aristocrático que conquistaría a cualquier mujer, estaba segura.—Mateo…Él tenía la mandíbula tensa y los ojos fijos en Seraphina con una calma que helaba. Pero entonces la miró a ella y le dedicó una sonrisa. Un cosquilleo imposible nació en el estómago de Bianca y subió hasta la garganta.Frunció el ceño. No entendía nada.Mateo se inclinó hacia ella; sus labios apenas rozaron su oreja.—Sígueme el juego —susurró.La voz le vibró en el pecho y, por un segundo, se superpuso a la de Sombra: grave, ronca, segura. El corazón de
C20-LAMENTO EL RETRASO, MI AMORBianca llegó primero al Metropolitan Club.El vestido rojo que Clara había elegido era un golpe directo: escote profundo que dejaba ver el inicio de los senos, abertura alta en la pierna izquierda que se abría con cada paso, tela que se pegaba al cuerpo como segunda piel. Cuando entró al salón principal, las conversaciones se detuvieron un segundo.Cabezas giraron. Hombres la miraron fijo. Mujeres entrecerraron los ojos. Pero ella caminó con la barbilla alta y la sonrisa de duquesa puesta como una máscara.Se sentía hermosa, deslumbrante y poderosa.Sin embargo, por dentro estaba aburrida hasta la médula.Se paró junto a una columna, fingiendo interés en el cuadro que colgaba arriba, y miró alrededor: parejas riendo, manos entrelazadas, besos rápidos en la mejilla. Un hombre le susurró algo al oído a su esposa y ella soltó una carcajada genuina. El pinchazo pegó justo debajo de las costillas.Mateo seguramente estaría ahora con Blair. O con Seraphina
C19- QUERÍAAl día siguiente, Bianca abrió los ojos a la luz grisácea que se colaba por las cortinas entreabiertas. Por un segundo se sintió ligera, casi feliz. El cuerpo le dolía en los sitios exactos que recordaba la noche anterior: las caderas marcadas, el interior de los muslos sensibles, un calor residual entre las piernas que la hizo apretar los labios y sonreír sin querer.Luego vino la frase.«Odias que te llamen "princesa", ¿verdad?»Se sentó de golpe en la cama y el corazón le dio un vuelco.—¿Por qué suena como él?—murmuró para sí misma—. ¿Por qué... tengo... esta sensación?Se pasó las manos por el pelo revuelto y respiró hondo.—Estás loca, Bianca. Loca de remate. Fue una casualidad. Punto.Se levantó, fue al baño y se lavó la cara con agua fría. El espejo le devolvió una mujer con ojeras suaves y una sonrisa que no terminaba de apagarse, se miró fijo.—Fue solo sexo bueno ya no le des más vueltas.Cuando salió, Clara su asistente, ya estaba en la habitación con la tablet
C18 -LO SIENTOMateo la llevó en brazos hasta la cama de la suite y la depositó sobre el colchón con cuidado, aunque sus manos temblaban de pura hambre contenida. Bianca quedó boca arriba, con el vestido subido hasta los muslos y el cabello revuelto extendiéndose sobre la almohada blanca.Él se inclinó sobre ella, apoyado en los antebrazos, tan cerca que podía sentir el calor que subía de su cuerpo. Por un segundo, la máscara de Sombra se deshizo en su mirada: era solo Mateo, el mismo que llevaba ocho años mirándola desde el otro lado de la mesa sin atreverse a tocarla.—¿Segura? —preguntó, y la voz le salió más ronca, más cruda de lo que quería.Bianca levantó la vista hacia él aunque no pudiera verlo, con los labios entreabiertos y una sonrisa que mezclaba desafío y deseo.—Nunca he estado más segura de nada en mi vida.Mateo bajó la cabeza y besó su cuello, justo donde la piel latía más fuerte. Ella arqueó la espalda sin pensarlo, ofreciéndose entera. Las manos de él recorrieron su
Último capítulo