Dos semanas viviendo en un mundo paralelo con Carlos me han hecho olvidarme de todo. El restaurante, que siempre me ha traído dolores de cabeza, está siendo dirigido por Sebastián. Al parecer, todo va bien, pues no hay quejas y yo estoy feliz; lo mejor es que él se lo está tomando con madurez y lo agradezco bastante. A veces incluso me sorprendo pensando que, por primera vez en mucho tiempo, no siento ese nudo constante en el estómago cuando pienso en el trabajo.Me acomodo en una tumbona y dejo que el sol me caliente la piel. Cierro los ojos un instante, respiro hondo y me permito ese lujo que antes jamás me daba: no pensar en obligaciones. Tomo mi celular, que llevo conmigo a todas partes. Y cuando digo a todas partes, va en serio: ¡a todas! Es casi una extensión de mi mano, como si en él se escondiera algo que no quiero perder de vista ni por un segundo.Miro el chat y, para variar, Carlos no está en línea. Siento una pequeña punzada de decepción, absurda e infantil, pero real. Me
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