El fantasma en el teléfono

Sebastián sigue dormido y yo no tengo deseos de seguir en la cama; son las seis de la mañana. ¿Qué podría hacer levantada a estas horas 

Me quedo boca arriba, mirando hacia el techo. El silencio de la habitación lo llena todo, interrumpido apenas por su respiración pausada. Intento concentrarme en ese sonido, en cualquier otra cosa que me mantenga tranquila…

Pero no.

En cambio, pienso en este chico, que no puedo sacarme de la cabeza. Esto ya se está convirtiendo en una costumbre… o, peor aún, en una obsesión que me asusta un poco.

Me estoy volviendo loca. No puedo pretender que esté pendiente de mí solo porque estoy pasando por esta extraña patología emocional.

Dejo el celular a un lado e intento volver a dormirme, buscando que el sueño llegue y me apague la cabeza. Pero no lo consigo.

Termino observando a Sebas.

Recuerdo los buenos momentos que pasamos al principio, cuando todo era nuevo y vibrante. Me invade una nostalgia suave… y, sin darme cuenta, unas cuantas lágrimas recorren mis mejillas.

No hago ruido. Solo dejo que la tristeza fluya.

Miro su rostro y lo contemplo, buscando algún detalle que no me guste, alguna excusa que justifique este desapego. Pero no la encuentro.

Físicamente es hermoso. Tiene esas facciones que un día me volvieron loca.

Tal vez debería darle una oportunidad real a esta relación. Son demasiados años juntos como para tirar todo por la borda de un momento a otro.

Un chico de veinte años, al que ni siquiera conozco en persona y que probablemente jamás conoceré, no puede interponerse así en mi vida.

No puede ser que un cuerpo tonificado y la juventud, por sí solos, definan un final.

Además, todas las parejas pasan por crisis. Sebas ya está trabajando, está siendo responsable en el restaurante… ¿no es eso precisamente lo que yo quería?

También quiero que salgamos más, que recuperemos la complicidad; quizás eso también pueda cambiar si pongo de mi parte.

Tengo que ser consciente de que esta manía de hablar con Carlos no me hace bien. Esto es solo un juego, nada es real. Fue una coincidencia… y ahora se está convirtiendo en una especie de amistad digital que se me está yendo de las manos.

No puedo pretender que, solo porque intercambiamos fotos en bikini y sin camiseta, vaya a significar algo más. A eso se suma la diferencia de edad, la distancia… él jamás vendrá a Chile y yo no voy a viajar a Colombia por un impulso, aunque pueda hacerlo.

Y, además, está su exnovia… con la posibilidad de estar embarazada. Demasiado para algo que ni siquiera es real.

Decidimos hacer una parrillada por la tarde e, increíblemente, Sebastián es el de la idea. Empiezo a entusiasmarme con el plan, pero Carlos se cuela igual en esta velada; desde Colombia, sigue presente en mis pensamientos.

Intento convencerme de que no puedo vivir conectada a W******p hablando con él mientras mi vida real ocurre afuera. Además, siempre soy yo quien inicia la conversación; si no lo saludo, parece que ni siquiera recuerda que existo.

En un impulso, decido bloquearlo… pero me arrepiento al instante. Al final, solo lo silencio, intentando disfrutar con mis amigos sin la ansiedad constante de la notificación.

—¿Qué te pasa? Estás rara —me dice Sebas mientras organizamos las cosas.

Se ha dado cuenta de mi distracción. Esto está mal, muy mal. Debo reaccionar o mi vida se irá al carajo por una calentura. He decidido darle una oportunidad a la relación, pero con el fantasma de Carlos en mi teléfono no puedo.

—¡Nada! No me pasa nada... solo que estoy consciente de que no tienes una buena relación con Marcos, nunca simpatizaron realmente —doy un suspiro al notar por su expresión que ha creído mi excusa. Me siento fatal por estar mintiendo de forma tan fluida, aunque sea verdad que su relación con el chef siempre fue tensa.

—Desde que trabajo en el restaurante nos llevamos diferente; hay un respeto profesional ahora. Además, es tu amigo, y si juntarnos todos te hace feliz, pues yo también lo soy —dice él con una amabilidad que me descoloca.

Me quedo quieta y sonrío… pensando en que, hace no tanto, no le importaba en absoluto lo que yo sintiera.

—Qué lindo eres... _me acerco y le doy un beso en los labios, pero soy incapaz de decirle que lo amo; solo espero que este esfuerzo resulte y el sentimiento regrese.

Los chicos llegan y el ambiente se anima de inmediato. Nos movemos al sector de la parrilla, un espacio cómodo rodeado de verde. Sonia y Pilar —la chica que ayuda a mi nana— nos llevan la carne ya lista, perfectamente marinada, para que Sebas se encargue del asado.

Yo me dedico a sacar cervezas heladas del congelador para los hombres —Marcos, Sebastián y Paolo, el mejor amigo de Sebas—, mientras nosotras tomamos pisco sour y dejamos que la conversación fluya.

Estamos todos relajados, recordando viejos tiempos y anécdotas de la universidad. La estoy pasando realmente bien y, por momentos, logro desconectarme del celular.

—¡Esto está delicioso! —digo, probando un trozo de carne.

—¡Vamos a felicitar al chef! —Mariona levanta su copa con entusiasmo y todos la seguimos, celebrando a Sebas, que ha hecho un trabajo impecable frente al fuego.

—Gracias, gracias —dice Sebas con una sonrisa.

—¿Qué tal si nos metemos a la piscina? —propongo.

Mariona es la primera en levantarse, y todos hacemos lo mismo, empezando a caminar hacia los vestidores. Es entonces cuando noto la forma en que Marcos la mira… hay algo distinto en sus ojos.

—Creo que a Marcos le gusta Mariona —me susurra Tati al oído mientras caminamos un poco rezagadas.

—¿También lo notaste? 

Ella va al lado de Sebas, conversando muy contenta, mientras son seguidos de cerca por Marcos y Paolo.

—¡Claro! No le saca los ojos de encima. Fíjate, pero con disimulo; la mira por detrás con una cara que lo dice todo.

—¡Le está mirando el culo! —exclamo, y nos ponemos a reír con Tati, intentando que el resto no note nuestras burlas.

Llegamos a los vestidores y ahí la dejo para acercarme a Sebastián. Decidimos ir a nuestra habitación principal para ponernos los bañadores con más comodidad.

Llegamos al cuarto y Sebastián me abraza por la cintura, dándome un beso lento. Lo miro y le sonrío con sinceridad; por primera vez en semanas siento que sí podremos estar juntos y seguir adelante. Creo que tenemos una oportunidad real de que nuestra relación funcione si mantenemos este ritmo. Hoy se está comportando de una manera maravillosa, como el hombre del que me enamoré.

Nos separamos con una sonrisa y él empieza a buscar entre sus cosas.

—¿Sabes dónde está mi bañador rojo? Ese que me queda más cómodo.

—¿No está en los cajones de abajo? —le respondo mientras empiezo a elegir un bikini entre mi colección.

—No lo veo por ninguna parte, y creo que los otros no me quedan tan bien como ese —dice con un tono infantil que me hace gracia.

Empiezo a desvestirme para ponerme la parte de arriba del bikini, mientras trato de recordar dónde podría estar.

—Tal vez quedó en los vestidores la última vez que lo usaste.

—Tal vez... iré a ver si está allá.

Se acerca a la puerta, se queda parado un segundo y luego se devuelve solo para darme otro beso.

—Pero no seas bobito... ¡vístete allá mismo si lo encuentras! —le hablo sin despegar mis labios de los suyos, sintiendo que estamos volviendo a ser los de antes.

Ruego al cielo porque este sentimiento sea duradero y no solo un espejismo del momento.

—¡Tienes razón! Igual llevaré este verde por si no lo encuentro, así no pierdo tiempo. No tardes.

Me da el último beso y sale de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Me quedo sola y empiezo a sacarme los pantalones. En el movimiento, mi celular, que estaba en el bolsillo, cae al suelo con un golpe seco. Me inclino rápidamente para recogerlo, comprobando que no se haya roto la pantalla. Lo dejo sobre la cama y me quedo mirándolo por un buen rato, como si fuera un objeto prohibido.

Doy un suspiro profundo y la ansiedad comienza a trepar por mi pecho de nuevo. Quiero ver si Carlos está en línea; quiero saber si ha pasado algo. Por otro lado, me digo que da igual, porque él jamás me habla primero, pero la curiosidad es más fuerte que mi voluntad.

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