Cumpleaños olvidado.

Dos semanas viviendo en un mundo paralelo con Carlos me han hecho olvidarme de todo. El restaurante, que siempre me ha traído dolores de cabeza, está siendo dirigido por Sebastián. Al parecer, todo va bien, pues no hay quejas y yo estoy feliz; lo mejor es que él se lo está tomando con madurez y lo agradezco bastante. A veces incluso me sorprendo pensando que, por primera vez en mucho tiempo, no siento ese nudo constante en el estómago cuando pienso en el trabajo.

Me acomodo en una tumbona y dejo que el sol me caliente la piel. Cierro los ojos un instante, respiro hondo y me permito ese lujo que antes jamás me daba: no pensar en obligaciones. Tomo mi celular, que llevo conmigo a todas partes. Y cuando digo a todas partes, va en serio: ¡a todas! Es casi una extensión de mi mano, como si en él se escondiera algo que no quiero perder de vista ni por un segundo.

Miro el chat y, para variar, Carlos no está en línea. Siento una pequeña punzada de decepción, absurda e infantil, pero real. Me digo que es lógico, que tiene su vida, sus horarios, su mundo… aun así, decido saludarlo. No pierdo nada, me repito. Mi corazón da un brinco cuando, segundos después, leo la palabra “en línea”. Bendita palabra para mí, capaz de cambiarme el ánimo en cuestión de segundos.

[¿Cómo estás?] —pregunto sin vacilar, como si lo estuviera esperando hace horas.

[Bien, ¿qué haces?]

No puedo responder que estoy tomando sol al lado de mi piscina, sin una preocupación real en la cabeza; por lo tanto, vuelvo a mentir, con esa naturalidad que me asusta.

[¡Estoy trabajando! ¿Y tú qué haces?]

[Sentado en mi cama, pero ahora voy al gimnasio para hacer un poco de ejercicio.]

Mi imaginación se adelanta sin permiso. Me lo imagino estirándose, cambiándose de ropa, concentrado frente al espejo. Me pregunto cómo tendrá el físico; no reprimo mi curiosidad y pregunto, fingiendo ligereza.

[O sea, eres de esos chicos que tienen el abdomen marcado…]

[Jajaja, no tanto… pero me cuido.]

Sonrío sola. Me muerdo el labio y siento esa chispa absurda en el pecho. Sin pensarlo demasiado, dejo que mis dedos escriban por mí.

[¡Foto!]

Es lo único que atino a decir. No creo que tenga nada de malo, aunque es algo que me cuestiono a menudo desde que empezamos a hablar. No quiero parecer una mujer desesperada, pero es solo una inocente fotografía; las revistas están llenas de ellas. Me doy un golpe mental y trato de expulsar de mi cabeza tanta justificación innecesaria para algo tan simple.

[¿Quieres una foto?]

Su pregunta me acelera el pulso. No suena molesto, ni incómodo. Todo lo contrario. Yo me siento revolucionada, como una chiquilla que recién está experimentando lo bueno de la vida, lo prohibido, lo que no se planea.

[Sí… me gusta apreciar la belleza.]

Mi osadía ni yo la reconozco. «¿Desde cuándo soy así?», me pregunto, pidiendo que la sensatez entre en mi cabeza de una vez por todas.

[De acuerdo, enviaré una foto.]

Una risa nerviosa se apodera de mí. Dejo el celular en la tumbona y me pongo a saltar como una loca, como si nunca hubiese visto el torso de un hombre en mi vida. Me siento ridícula y feliz al mismo tiempo. Vuelvo a tomar el celular. Nada. Lo dejo otra vez. Vuelvo a mirarlo. Nada.

Pasan los minutos. Demasiados. Más de media hora y la imagen no llega. El entusiasmo se me va diluyendo, reemplazado por una ligera frustración. Me digo que quizá se arrepintió, que está ocupado, que exagero. Me aburro de esperar y subo a mi habitación.

Dejo el celular sobre un mueble en el baño y comienzo a quitarme el bikini para darme una ducha. El silencio del lugar me envuelve. No alcanzo a quedar completamente desnuda cuando suena una notificación de W******p. Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

De un brinco tomo el celular, pero me decepciono al ver que es de Mariona, una de mis mejores amigas. Al leer el mensaje, caigo en cuenta de que soy la peor de las amigas; este chico me tiene hipnotizada, y ni siquiera intento negarlo.

[Te esperamos con las chicas en casa de Tati, recuerda que debes traer el regalo.]

—¡Mierda! —murmuro en voz alta.

Es el cumpleaños de Tati. Había quedado en comprar el obsequio de parte de Mariona también, ya que ella no tenía tiempo. Me doy una ducha exprés, casi sin disfrutarla, me visto a toda prisa, me maquillo a medias y salgo de la habitación con la sensación de ir siempre tarde a todo.

Bajo las escaleras dando saltitos mientras intento ponerme el tacón que me falta. El bolso se me cae, subo un escalón para recogerlo y veo a Sonia mirándome divertida. Hago una mueca y paso por su lado.

—Señora, ¿va a almorzar aquí?

Paso a llevar a Sonia con la prisa, abro los ojos por mi comportamiento y me detengo.

—¡Lo siento, lo siento! No almorzaré aquí —tomo a Sonia del brazo y camino con ella hacia mi auto—. Es el cumpleaños de Tati… ¿Puedes creer que lo he olvidado?

—¡Pero si usted jamás se olvida de nada! Y menos de sus mejores amigas —responde ella, sincera.

Mientras le doy al mando de la puerta de mi auto, pienso que tiene razón. Yo nunca olvido nada. O nunca olvidaba. Desde que empecé a hablar con Carlos vivo en una especie de nube, un mundo de fantasía que me aleja de lo real.

—¡Para que veas! Tengo la cabeza no sé dónde.

Mentirosa, me recrimino internamente.

De camino a la perfumería voy pensando que ya ha pasado mucho tiempo sin noticias de Carlos. Empiezo a desesperarme; definitivamente me estoy volviendo loca. En un semáforo aprovecho para mirar el celular: no está en línea. La decepción vuelve a instalarse en mi pecho y sigo mi trayecto.

Llego a la tienda y compro el primer perfume caro que encuentro; ni siquiera me detengo a sentir el aroma. Después paso a otra tienda y saco un bolso; el precio es acorde a los gustos de mi amiga y lo compro, esperando que tenga ropa que combine con ese color musgo.

Al llegar al departamento de Tati, Mariona me mira enojada. Hemos planeado esta junta desde hace meses, ya que Tati siempre viaja para estas fechas, y yo arruino todo con mi retraso. Le hago un gesto para que suavice la cara y abrazo a la cumpleañera. De pronto, escucho una notificación y abro los ojos ilusionada.

—¡Feliz cumpleaños, amiga! —exclamo, aunque por dentro estoy desesperada por saber si es Carlos quien envía la foto. Debo comerme mi ansiedad.

—¡Pensé que ya no vendrías! —dice Tati.

—¿Cómo crees que me perdería tu cumpleaños? —me hago la ofendida y ella ríe.

Por lo menos ella no está enojada; en cambio, Mariona me mira con reproche desde una esquina. Ella siempre ha sido la más seria, pero igual la amo.

—Ve a saludar al resto —me indica Tati.

Me acerco a las chicas y dejo para el final a Mariona; la conozco desde que tengo uso de razón y sé que de ella no me salvo.

—¡Mariona! Por favor, saca ya esa cara… ¡ya estoy aquí!

—¡Sé que estás aquí! Pero se supone que debiste llegar hace dos horas…

—De verdad lo siento… se me pinchó una rueda, no había nadie que me ayudara y tuve que llamar a una grúa. Luego tuve que devolverme por mi otro auto —continúo con mis mentiras, sintiendo cómo se me aprieta el estómago.

—¿Y por qué no me llamaste?

Me quedo en blanco ante su pregunta. Siempre que tengo un problema acudo a ella; necesito una buena excusa.

—¡El celular! Sí, se me quedó en casa… y no tenía cómo comunicarme contigo.

Me quedo a la espera de su reacción. Sé que no soy buena mintiendo; no cuido los detalles y siempre me pillan. Esta no es la excepción.

—¿Y cómo llamaste a la grúa?

Me quedo literalmente con la boca abierta. Doy un suspiro, la tomo del brazo y la llevo hacia un rincón, lejos de las miradas curiosas.

—De acuerdo… yo… ¡ay, qué difícil!

Me armo de valor.

—Conocí a un chico… —confieso con franqueza.

—¿Qué? ¿Por culpa de un chico llegas tarde a un compromiso planeado hace meses?

Me arrepiento de la confesión. Sé cómo es Mariona; es demasiado correcta y jamás justificará mis actos.

—¿Llegaste atrasada a mi cumpleaños porque conociste a un chico?

Doy vuelta la cabeza y veo que se acerca Tati; lo ha escuchado todo.

Cierro los ojos con angustia. Siento que estoy perdiendo a mis mejores amigas por Carlos, un chico menor que yo, que vive en otro país y al que jamás he visto en mi vida.

La amiga del año...

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