Mundo ficciónIniciar sesiónMiro el rostro de mi amiga, totalmente avergonzada, o más bien invadida por la culpa, creyendo que soy la peor de todas. No me queda más que disculparme, esperando que me perdone; al fin y al cabo, es mi primera falta y espero que sea la única.
—Lo siento, Tati... —digo toda apenada.
—¡No sientas nada! ¡Ven aquí y cuéntame! Esto me interesó.
El alma me viene al cuerpo al recordar la parte chismosa de mi amiga; doy un suspiro de alivio y empiezo con mi relato.
—Es un chico menor que yo... —es lo primero que se me ocurre. Después me pongo a pensar que solo es un amigo cibernético y no quiero que imagine cosas que no son.
—¡Ay, Dios! ¿Qué tan menor? ¿Cómo es? —sonrío ante su entusiasmo, pero la alegría se desvanece al ver el rostro de Mariona.
—Blanca... no puedo creer lo que estoy escuchando, ¡tú tienes a Sebastián!
—¡Ay, no seas aguafiestas! Sebastián era un hombre, ahora es un parásito —escucho a Tati y pienso en el descalificativo que ha usado; en realidad, calza justo con lo que se ha convertido él.
—¡No es un parásito! Está trabajando en el restaurante, ¿verdad, Blanca? —contraataca Mariona.
—Sí, es verdad. Está de administrador en uno de mis locales y lo está haciendo muy bien —no puedo negar esa parte.
—Para que veas, querida Tati... —Mariona se cruza de brazos y pone rostro triunfal, mientras yo me muero por ver la foto.
—Por favor, chicas… no se peleen. Además, yo no he dicho que haya engañado a Sebas. Carlos es solo un amigo con el que hablo de vez en cuando… nada más —aclaro, aunque sé perfectamente que ese “de vez en cuando” ya es casi todo el día.
—Es cierto, es mi cumpleaños y no deseo que nos pongamos a discutir por el nuevo amigo de Blanca —Tati mira a Mariona, se le acerca y la abraza; luego me jala a mí y quedamos las tres unidas como las mejores amigas que somos.
—¿Trajiste los obsequios? —miro a Mariona y hago un gesto. He tomado lo primero que se me ocurrió y me siento realmente culpable; definitivamente soy la peor de las amigas —. ¿No los trajiste?
—¡Sí! Sí los traje, los dejé en la entrada...
—¡Voy por ellos! Confío en tu buen gusto… —la escucho decir, y yo solo puedo pensar que Dios debe ayudarme.
Me quedo a solas con Tati; ella me sonríe y yo pienso que pronto su hermosa sonrisa desaparecerá cuando vea sus regalos.
—Cuando estemos a solas me cuentas más de ese "amigo" tuyo —me susurra con picardía.
—Pero es verdad que solo somos amigos... además, no lo conozco.
—¿No lo conoces? —Tati arruga la frente, incapaz de creer lo que escucha. Ella esperaba otra cosa, pero esa es la realidad.
—¡Feliz cumpleaños, amiga! —Mariona aparece y le entrega los obsequios.
Yo solo quiero que la tierra me trague… pero, claro, los abre sin dudar.
—¡Wow! Pero eres fabulosa, qué bolso tan hermoso… ¡combina con los zapatos que te mostré! —le dice a Mariona, que asiente feliz.
Yo parpadeo, sorprendida… pero falta el perfume.
—Blanca, esta vez te pasaste… ¡qué gusto tan exquisito tienes! Mariona, por favor, huele…
Me quedo en silencio, todavía incrédula.
Definitivamente tuve suerte con esa compra.
—¡Es un aroma fascinante! Creo que me compraré uno igual…
Abro los ojos, le quito el frasco a Tati y lo huelo yo misma.
Sí… es delicioso.
Definitivamente tuve suerte hoy.
Pasan las horas y la desesperación me gana. Termino encerrándome en el baño, asegurando bien la puerta, paranoica con todo esto que estoy haciendo.
Con manos temblorosas saco el celular y ahí está… la bendita foto: su torso desnudo, apenas cubierto por una toalla en la cadera.
Me quedo mirándola más de lo necesario. Incluso la agrando, recorriendo cada detalle. Sí… así de patética me he puesto.
Está en línea.
Mi corazón se acelera sin permiso. Dudo un segundo en escribirle… pero termino haciéndolo igual.
[Creo que la toalla sobra] —es lo que pienso y, sin darme cuenta, lo que escribo. Me arrepiento de inmediato; no puedo creer que sea tan atrevida, pero ya está hecho.
[Jajaja ¡eres juguetona!] —me sonrojo. Lo bueno es que, al contrario de enojarse, se ha reído.
[A veces... en situaciones así] —reconozco que siempre he sido coqueta, pero había perdido la práctica viviendo con Sebas, un hombre que sufrió una metamorfosis de sentimientos.
[¡Quiero una foto tuya! Yo ya cumplí...] —me pongo las manos en la boca al leer lo que me pide. No creí que fuera tan lanzado.
[De acuerdo, enviaré una... espera] —empiezo a buscar en mi galería hasta que doy con una en la que estoy en bikini, tumbada bajo el sol. Me siento insegura, pero se la envío de todas formas —. [¡Bien, ahí está!]
La perilla de la puerta empieza a moverse.
Se me corta la respiración.
Reacciono de inmediato, tiro de la cadena para disimular y guardo el celular casi con torpeza. El corazón me late tan fuerte que siento que se me va a salir del pecho.
—¡Ya voy! —alcanzo a decir, intentando sonar normal.
Abro la puerta como si nada… aunque por dentro sigo completamente alterada.
—¿Estás bien? —me pregunta Tati.
—Sí… ¿por qué lo dices? —respondo con cautela.
—¡Estuviste media hora en el baño!
—La verdad, ahora estoy bien, me dolía un poco el estómago —miento.
—¿Habrá algo descompuesto? —hago una mueca. Empiezo a preocuparme por tanta mentira, pero continúo.
—¡No! Es solo mi periodo; cuando está a punto de bajar, me duele el estómago.
—Sí que eres rara... —me mira con sospecha; no cae en mi excusa hasta que decido hablar con la verdad.
—¡Ven acá! —miro hacia todas direcciones para que Mariona no nos vea y la arrastro hacia el baño.
—¿Qué pasa? —me armo de valor y saco mi celular.
—¿Recuerdas que te dije que tengo un amigo por chat? —Tati sonríe con picardía. Es tan desinhibida que con ella puedo decir cualquier cosa sin sentirme juzgada… muy distinto a Mariona.
—Sí, sí… el chico menor. ¿Qué pasa con él ahora?
—Pues estaba hablando con él y me envió una foto con el torso desnudo.
—¡Quiero verlo, por favor! —me pongo a reír como una loca desquiciada y busco la fotografía —. ¡Aquí está!
—¡Wow, wow, wow! Está buenísimo el condenado...
—¡Sí! ¿Cierto? —sin quitar la sonrisa de mi rostro, muerdo mi labio inferior. No sé qué diablos me pasa, pero esta experiencia me hace sentir más viva que nunca.
Al llegar a casa, encuentro a Sebastián dormido. Ni siquiera me detengo a mirarlo demasiado. Me doy un baño y me meto a la cama.
Casi sin pensarlo, saco el celular. Carlos está en línea.
Y sonrío.
Conocerlo me ha cambiado más de lo que quiero admitir. Tanto… que he dejado pasar cosas que antes no habría permitido, como tener a Sebastián aún aquí, en mi casa… en mi cama.
No sé si es porque mis días ya no se sienten tan vacíos o porque, de pronto, él decidió empezar a hacer las cosas bien.
Pero la verdad es otra.
Yo ya no estoy donde debería estar.
[¿Qué haces, chico sexy?]
[Creo que la sexy eres tú. La foto que me enviaste me dejó loco]
[Jajaja, entonces estamos a mano]
[Tengo un problema]
Su mensaje corta de golpe el tono ligero. La sonrisa se me borra sin que pueda evitarlo.
[¿Qué pasa?]
[¿Recuerdas que te conté que mi novia me terminó?]
Asiento sola, aunque él no pueda verme.
[Sí… ¿qué ocurre?]
[Creo que podría estar embarazada]
Me quedo en silencio unos segundos, mirando la pantalla. No debería importarme… pero algo dentro de mí se tensa.
Le digo lo obvio, lo lógico. Que se haga un test, que no saque conclusiones antes de tiempo. Intento sonar tranquila, madura… como si esto no me moviera nada.
Pero sí me mueve.
Él sigue escribiendo, nervioso, hablando de sus estudios, de lo que pasaría si fuera cierto. Yo respondo lo justo, lo necesario… aunque ya no estoy igual que hace unos minutos.
Cuando Sebastián se mueve a mi lado y me abraza, doy un pequeño respingo, como si me hubieran descubierto en algo indebido.
Aprieto el celular entre las manos.
Esto… ya no se siente tan simple.
[Es trde, deberías descansar]
Cierro la conversación sin ganas.
Se supone que solo somos amigos.
Pero no quiero que esa “ex” esté embarazada.
Y eso… ya es un problema.







