Primer problema solucionado.

Abro los ojos a las diez de la mañana; lo primero que se me viene a la mente es la conversación que sostuve con Carlos. Fue realmente agradable hablar con él. Me importa poco que el restaurante esté sin administrador; en realidad siento que no es un problema, pero esa sensación me dura poco cuando reacciono.

¡No puedo sentirme así, por el solo hecho de haber tenido una conversación agradable con un desconocido!

Me levanto a regañadientes, después de un baño reponedor me visto con un traje color crema, elijo entre mis tantos zapatos uno que esté acorde con mi vestido y luego cojo una cartera a juego. Bajo a la cocina donde está Sonia, al entrar la veo sentada con el celular en la mano, dirige la mirada hacia mí y se levanta de prisa, le regalo una sonrisa y ella hace lo mismo.

—Sirvo de inmediato su desayuno—. Me siento y veo cómo prepara fruta para darme, ella conoce todos mis gustos, está conmigo desde que nos mudamos a esta casa con Sebastián. Veo que está leyendo libros de la web y de inmediato se me viene a la mente Carlos.

—¡Gracias! Por cierto, ¿has sabido algo de Sebastián? El muy desgraciado no llegó a dormir—. No lo digo con rencor, en realidad no siento nada, solo una gran emoción por volver a comunicarme con mi chico de W******p.

—La verdad es que no sé nada...

Sonia ha sido mi paño de lágrimas; ha visto cómo mi felicidad va disminuyendo a medida que pasan los años. Es una mujer que sabe escuchar y, cuando puede, da buenos consejos; lo malo es que yo no los acato, pensando que siempre es bueno dar una oportunidad.

—¿Sabes, Sonia?—. No espero respuesta y continúo hablando—. Esta relación no va a ninguna parte...—. Meto un trozo de fruta en mi boca y me fijo que no se sienta a mi lado, como es habitual. Arrugo la frente al mirar hacia donde está dirigida su mirada; en ese instante me doy cuenta de que Sebastián está apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

—¿Desde cuándo la señora de la casa habla con la empleada sus problemas matrimoniales?

Abro los ojos, sorprendida. Si bien es cierto que Sonia trabaja para mí, yo jamás la llamaría empleada. La ira entra en mi pecho como un torrente: primero, porque no me gusta que se refiera a Sonia como “la empleada”, y segundo, porque no estamos casados. Le hago un gesto a Sonia para que nos deje a solas; ella asiente y sale de la cocina. El apetito se me va al carajo y creo que es hora de terminar con esto: ya no puedo seguir con un hombre que lo único que valora de mí es mi situación económica.

—¿De verdad quieres saberlo?

Mi celular comienza a sonar, hago caso omiso, ni siquiera veo de quién se trata, lo más probable es que sea del restaurante, sé que estamos sin administrador y, a pesar de no haberme presentado, estoy segura de que Marcos, el chef, sabrá qué hacer.

—¡Responde!

Sebastián nota que estoy distinta, más directa. Empieza a acercarse y yo retrocedo, no quiero que me toque, no quiero que trate de cambiar las cosas, porque así no puedo y doy mi brazo a torcer—. ¡Mi amor! Por favor, ya no peleemos más...

Mi celular sigue sonando, Sebastián lo mira y hace un gesto para que responda, doy un suspiro y tomo la llamada.

—¿Qué pasa?

Marcos, que está al otro lado de la línea, nota que estoy disgustada, no puedo desquitarme con él por mis problemas personales, reacciono y suavizo el tono de mi voz—. Disculpa... ¿sucede algo?

—Sabes bien que, si no hubiera problemas reales, jamás te molestaría.

—¡Lo sé! Disculpa, voy de inmediato.

—Han venido unos proveedores, esperando el pago de una vajilla.

—¿Una vajilla?—. Me pongo a pensar en la renovación de los utensilios de la cocina del restaurante, lo hacemos una vez al año y faltan tres meses para ese plazo—. ¿Estás seguro?

—Lo estoy; tengo las facturas a mano. Será mejor que llegues pronto y las veas. Lo increíble es que no hemos repuesto nada.

—¡Ay, por Dios! ¿¡Qué estupidez cometió Ignacio!?

Corto la llamada, miro a Sebastián, se ve preocupado, no sé si es por la discusión que estuvimos a punto de tener o por los problemas que estoy teniendo en el restaurante. Tomo mi bolso y salgo de la cocina, necesito solucionar el problema con los proveedores. La conversación con él quedará para más tarde.

—¡Blanca!

Me sigue por detrás, mientras yo voy de prisa hacia mi auto.

—¡Ahora no, Sebastián! Tengo asuntos que resolver.

En el camino me encuentro con Sonia, le doy un beso en la mejilla y le digo al oído que no prepare almuerzo, pues no llegaré, y me importa una m****a si Sebastián tiene para comer o no.

—¡Iré contigo!

Esa sola frase hace que me detenga y me dé vuelta a verlo—. ¿Por qué me miras así?

—¡No voy al spa! Voy a solucionar un problema en uno de los restaurantes —digo con todo el fastidio del mundo y sigo mi camino.

—¡Lo sé! Y para que veas que me importas, te acompañaré.

Conozco lo insistente que puede llegar a ser. Llego hasta donde está estacionado mi auto; se sube de copiloto y ruedo los ojos, pues tendré que estar con él todo el día y es lo que menos deseo hoy.

El trayecto hacia el restaurante es silencioso. Ninguno de los dos dice nada. Conduzco con precaución a pesar de la prisa que tengo. De repente, siento la mano de Sebastián sobre la mía, pero la quito de inmediato. Le hago gestos para que vea que voy manejando y que necesito hacer los cambios para conducir bien. Por el rabillo del ojo, veo cómo mira por la ventana. Lo conozco: algo ronda por su cabeza, lo malo es que no soy adivina y tampoco estoy de humor para preguntar.

Estaciono mi vehículo y me bajo sin esperar a que Sebastián lo haga. Me voy directo a la parte administrativa; como perrito faldero está detrás de mí. La secretaria me ve y se levanta de su asiento, me saluda con cordialidad. Hago un gesto con la cabeza y entro a la oficina. Le pido que llame a Marcos, el chef. Por el intercomunicador hace lo que le pido. Me siento a la espera. Después de quince minutos, Marcos entra y me saluda.

—¡Blanca! Disculpa que te haya hecho esperar, pero estaba dando instrucciones. A esta hora el restaurante está repleto.

—Lo entiendo, no te preocupes.

Marcos mira a Sebastián y le extiende la mano. Este lo mira de pies a cabeza; sin embargo, no está en condiciones de ponerse altanero y recibe el saludo.

—Noemí, por favor, entrégale las facturas de las vajillas a Blanca.

Marcos le da instrucciones a la asistente. Si no fuera el chef, perfectamente podría quedarse de administrador. En reiteradas ocasiones me ha sacado de apuros y se lo agradezco; lo hace muy bien.

—¡Sí, señor!

Noemí me extiende una carpeta. La recibo, tomo asiento y comienzo a revisarla. Me quedo atónita al ver la cantidad de dinero que debo pagar por algo que no he comprado.

—¿La vajilla es de oro?

Sebastián ríe ante mi mal chiste. Todos en la sala lo quedan mirando, pues no estamos para bromas. Mi comentario no da para risas; es solo sarcasmo.

—El precio es como si fueran utensilios de cristal —opina Marcos.

—¡Once mil dólares! ¿Dónde m****a está Ignacio?

—¡Usted lo despidió!

Noemí está nerviosa y no la culpo. Creo jamás me ha visto enojada, pero esta situación me supera. Tomo mi cabeza con las manos y respiro profundo. No quiero ponerme a gritar como una loca. Este restaurante da ganancias mucho más elevadas que la cantidad de dinero que nos están cobrando por algo que no está aquí, pero me molesta tener que pagar algo que no he comprado.

—Lo sé, Noemí… pero esta supuesta compra fue realizada por él. Por lo tanto, Ignacio debería estar dando explicaciones.

—Lo llamaré de inmediato.

Nos quedamos esperando a que Noemí nos conecte con Ignacio, pero cada vez que intenta comunicarse salta el buzón de voz. Llama también a su departamento y ocurre lo mismo. Claramente está desaparecido, escondiéndose de sus fechorías.

—Ya no sigas insistiendo… olvídalo. Necesito que alguien se quede a cargo de este establecimiento.

Miro a Sebastián, quien me da una sonrisa. Está de vago en mi casa y yo necesito un empleado. Algo productivo debe hacer y ya tengo respuesta a nuestros problemas.

—¿Por qué me miras así? —pregunta nervioso.

—¡Porque necesito ayuda! —digo con fastidio, esperando que se dé cuenta por sí mismo.

—De acuerdo, veré si uno de mis amigos necesita empleo.

Su tono me contagia el mal humor. Doy un suspiro y tomo una decisión.

—Noemí, Marcos, ¿nos pueden dejar solos, por favor?

Marcos se despide y sale de la oficina con Noemí detrás.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP