Mundo ficciónIniciar sesión—*“¿Sabes qué es lo más peligroso de acostarte conmigo?”* —susurró él, inclinándose hasta rozar mi oído—. *“Que una vez que entres en mi cama… ya no hay salida.”* Sonreí despacio, sin retroceder. —*“Entonces debería advertirte algo,”* respondí—. *“No soy una mujer que se deje poseer. Yo soy la que arruina imperios.”* Me traicionaron. Me humillaron. Me dejaron en la ruina… usando el apellido equivocado. Cuando mi ex me destruyó sin piedad, jamás imaginó que su propio padre —el CEO más temido del país— sería el hombre que me ofrecería venganza… y algo mucho más peligroso. Un contrato. Un matrimonio frío. Una relación prohibida que nadie debía descubrir. Él no me quería. Me deseaba. Yo no lo amaba. Lo necesitaba… para destruirlos a todos. Pero en un juego donde el poder se compra con el cuerpo y el amor se confunde con control, una mujer herida puede convertirse en la peor amenaza. Entre reuniones privadas, noches que nunca debieron existir y miradas que prometen pecado, la línea entre venganza y deseo comienza a desmoronarse. ¿Quién caerá primero? ¿El ex que suplica perdón? ¿El multimillonario que cree poseerlo todo? ¿O yo… cuando descubra que el amor puede ser más cruel que la traición? Una historia oscura, intensa y adictiva, donde el deseo es un arma y el corazón siempre paga el precio.
Leer másEl sonido de trescientas copas de cristal chocando fue lo último que escuché antes de que mi vida terminara.
—¡Miren eso! —gritó Alejandro, su voz arrastrada por el champán francés—. ¡La madre de mi prometida en su hábitat natural!
La pantalla gigante del salón de baile del Hotel Ritz, que debía mostrar nuestras fotos de noviazgo, cambió de golpe.
No había fotos de besos. No había anillos.
El silencio duró un segundo. Luego, estallaron las risas.
Risas agudas, crueles, de la élite madrileña. Se reían de sus rodillas sucias. Se reían de mi vestido barato que había cosido yo misma. Se reían de mi estupidez.
—Alejandro, por favor... —supliqué, intentando agarrar su brazo.
Él me apartó con un gesto de asco, como si mi tacto fuera contagioso. Con la otra mano, abrazaba la cintura de una supermodelo rusa que me miraba como si fuera un insecto en su ensalada.
—¿Creíste que me casaría contigo? —me escupió, y el veneno en su voz dolió más que cualquier golpe—. ¿Con la hija de la sirvienta?
Dio un paso hacia mí, acorralándome contra la mesa de los aperitivos.
—Eres un pasatiempo, Elena. Una apuesta con mis amigos. Quería ver si la becada puritana gritaba tan fuerte como su madre friega los suelos.
Las lágrimas me quemaban los ojos, nublando la visión de los diamantes y las sedas que me rodeaban.
—Te amé... —susurré, patética.
—Y eso te hace estúpida.
Alejandro me empujó. Fue un movimiento seco, brutal.
Quedé allí, empapada, temblando, rodeada de hielo derretido que parecía el agua sucia de un inodoro.
Alejandro se inclinó sobre mí, su rostro perfecto deformado por una mueca de desprecio.
—Mírate. En el suelo. Mojada. Justo donde perteneces.
Se rió, y el sonido fue acompañado por el flash de los paparazzis.
—Solo servías para calentar mi cama, basura. Ahora, sal de mi vista antes de que llame a seguridad para que te saquen con la basura real.
Esa noche, bajo la lluvia de Madrid, Elena murió.
Cinco Años Después
Clac.
Clac.
Clac.
El sonido era nítido, autoritario, letal.
El aire acondicionado estaba a dieciocho grados, pero mi piel no se erizó. El frío era mi elemento ahora.
Ajusté la chaqueta de mi traje Yves Saint Laurent blanco. Un color atrevido. El color de la pureza que me habían robado. El color del dinero nuevo.
—Señorita, no puede pasar —dijo la recepcionista, levantándose alarmada—. La junta directiva está en sesión privada con el Presidente Castillo.
Ni siquiera la miré. Seguí caminando.
—No soy una visita —dije, mi voz ronca y firme—. Soy la dueña.
Llegué a las puertas dobles de caoba maciza. Las mismas puertas que mi madre solía limpiar con abrillantador hace una década.
Empujé ambas hojas con fuerza.
Se abrieron con un estruendo teatral, golpeando las paredes.
El murmullo de doce hombres ancianos se cortó de golpe. El silencio cayó sobre la sala de juntas como una guillotina.
Doce cabezas se giraron. Doce trajes caros. Doce parásitos que llevaban meses sangrando dinero.
Y al fondo, presidiendo la mesa, estaban ellos.
Alejandro estaba de pie, señalando un gráfico de pérdidas en la pantalla. Se quedó congelado, con el puntero láser temblando en su mano.
A su lado, sentado en el trono de cuero negro, estaba Lorenzo Castillo.
El Patriarca. El León. Cincuenta y cinco años de pura maldad corporativa envuelta en trajes a medida.
Lorenzo no parpadeó. Dejó su pluma estilográfica sobre la mesa con una calma terrorífica.
Caminé hacia la mesa. Cada paso resonaba como un disparo en el silencio sepulcral.
—¿Quién demonios es usted? —ladró uno de los accionistas minoritarios.
No respondí. Llegué hasta el extremo opuesto de la mesa, justo frente a Lorenzo y Alejandro.
Saqué una carpeta de cuero azul de mi bolso Birkin.
La lancé sobre la mesa de caoba. Se deslizó por la superficie pulida, pasando por delante de Alejandro, hasta detenerse justo frente a las manos de Lorenzo.
—Soy E.R. —dije. Mi voz llenó la habitación sin necesidad de gritar—. CEO de NexTech Solutions.
Lorenzo arqueó una ceja plateada. Alejandro soltó el puntero. Cayó al suelo con un ruido seco.
—Y esa carpeta —continué, disfrutando del sabor de cada sílaba— contiene los documentos de adquisición de deuda. Acabo de comprar el cuarenta por ciento de sus pasivos tóxicos al Banco Central.
Me quité las gafas de sol lentamente, clavando mi mirada en la de Alejandro. Sus ojos azules se abrieron desmesuradamente al reconocerme.
—Lo que significa, caballeros —sonreí, mostrando dientes perfectos y blanqueados—, que el Grupo Castillo técnicamente me pertenece. Tienen un nuevo jefe.
El caos estalló en murmullos, pero Alejandro se movió como un sonámbulo hacia mí.
Dio la vuelta a la mesa, ignorando a los socios. Sus manos temblaban. Parecía querer tocarme, comprobar si era un fantasma o una alucinación provocada por el estrés y el whisky.
—¿Elena? —susurró, con la voz rota de quien ve a un muerto resucitar—. ¿Eres... tú?
Estiró una mano hacia mi brazo.
No retrocedí. No me inmuté. Simplemente dejé que mi mirada cayera sobre su mano extendida con el mismo asco con el que uno mira una cucaracha en la cocina.
—No me toques —dije.
Fue bajo, pero cortante como un bisturí.
Alejandro se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible.
Levanté la vista hacia Lorenzo, que seguía sentado, observando la escena con una mezcla de furia contenida y una curiosidad oscura y retorcida brillando en sus pupilas. Él sabía lo que era el poder. Y acababa de olerlo en mí.
—Señor Castillo —dije, ignorando por completo la existencia de Alejandro y dirigiéndome al único hombre que importaba en la sala—. Controle a sus empleados o empezaré a despedir gente ahora mismo.
Hice una pausa, dejando que la amenaza colgara en el aire frío.
—Empezando por su hijo.
El reloj de mi mente marcaba los segundos como latigazos.Nueve minutos.Salí del despacho presidencial y cerré la puerta con suavidad, aunque mi instinto me gritaba que la pateara.Corrí por el pasillo en penumbra, mis pies descalzos resbalando sobre el mármol pulido.Subí las escaleras de dos en dos, ignorando el dolor punzante en mis pulmones. La adrenalina era un combustible sucio, pero efectivo.Llegué a la guardería improvisada en nuestra habitación.Lorenzo seguía durmiendo en la cama grande, un bulto oscuro bajo las sábanas, ajeno a que su imperio acababa de ser vendido por un euro.Me moví como un espectro.Saqué una bolsa de deporte del fondo del armario, la que tenía preparada para "emergencias del bebé".Metí los pasaportes falsos. Metí los fajos de billetes que había sacado de la caja fuerte. Me acerqué a la cuna.Leonardo dormía boca arriba, con los brazos abiertos.—Lo siento, mi amor —susurré, levantándolo con cuidado—. Nos vamos de viaje.El niño se removió, fruncien
El agarre de Lorenzo en mi muñeca no era consciente, pero era de hierro.—¿Elena? —repitió, con los ojos entreabiertos, vidriosos por el somnífero.Mi corazón se detuvo. Si veía el frasco de silicona en mi otra mano, si entendía lo que estaba pasando, no saldría viva de esa habitación.—Shhh... —susurré, usando mi voz más suave, la que usaba para calmar a Leonardo cuando tenía cólicos—. Tuviste una pesadilla, mi amor.Me incliné sobre él, ocultando el kit de clonación detrás de mi espalda. Le besé la frente sudorosa.—Estás a salvo. Estoy aquí.Lorenzo parpadeó, luchando contra la niebla química de las pastillas. Su mirada viajó de mi cara a mi mano atrapada en la suya.—Soñé que te ibas —murmuró, con la vulnerabilidad de un niño asustado—. Soñé que te llevabas al niño.—Nadie se va. Estamos juntos.Acaricié su pelo con mi mano libre (la que sostenía el frasco, con cuidado de no hacer ruido).—Suéltame, Lorenzo. Me haces daño.Él aflojó los dedos lentamente. Su instinto de supervivenc
El silencio que siguió a la partida de la policía fue sepulcral.Sin los gritos de Alejandro resonando en los pasillos, sin los pasos marciales de la señorita Helga, la mansión Castillo se sentía inmensa y, a la vez, diminuta.Se había convertido en un eco de dos personas. Lorenzo y yo. Y el bebé, que dormía en la cuna blindada a los pies de nuestra cama, porque Lorenzo ya no confiaba en las paredes de la guardería quemada.—¿A dónde vas? —preguntó Lorenzo, levantando la vista de su tablet en el salón.—Al baño.—Voy contigo.—Lorenzo, por favor. Es el baño. Tengo que orinar.Él se levantó, dejando la tablet sobre la mesa de centro con un golpe suave. Caminó hacia mí y me rodeó la cintura con un brazo pesado, posesivo.—Casi te pierdo en el incendio, Elena. —Su voz era una mezcla de terror y obsesión—. Casi te quemo yo mismo por no haber detenido a ese loco a tiempo. No voy a dejar que te alejes de mi vista. Ni un metro.—Estoy bien. Estamos bien.—No. El mundo quiere quitármelos. Dan
El agua de las mangueras de los bomberos caía sobre la alfombra persa del pasillo, mezclándose con el hollín y la espuma química.La mansión Castillo ya no era una fortaleza impenetrable. Era una escena del crimen abierta al público.Yo estaba sentada en los escalones de la entrada, envuelta en una manta térmica dorada que me había dado un paramédico. En mis brazos,Leonardo dormía, ajeno a que su hermano acababa de intentar convertirlo en una ofrenda de fuego.—Está bien —dijo el médico, revisando al bebé—. Ha inhalado un poco de humo, pero sus pulmones están limpios.Asentí, incapaz de hablar. Mi garganta ardía. Mi mente corría a mil por hora.Lorenzo estaba de pie a unos metros, hablando con el comisario de policía. Llevaba la camisa blanca manchada de negro y una expresión que no presagiaba nada bueno.Señalaba hacia el interior de la casa, hacia el salón donde tenían retenido a Alejandro.—Quiero que se lo lleven —oí decir a Lorenzo—. Lejos.Dos agentes sacaron a Alejandro a empu





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