El agarre de Lorenzo en mi muñeca no era consciente, pero era de hierro.
—¿Elena? —repitió, con los ojos entreabiertos, vidriosos por el somnífero.
Mi corazón se detuvo. Si veía el frasco de silicona en mi otra mano, si entendía lo que estaba pasando, no saldría viva de esa habitación.
—Shhh... —susurré, usando mi voz más suave, la que usaba para calmar a Leonardo cuando tenía cólicos—. Tuviste una pesadilla, mi amor.
Me incliné sobre él, ocultando el kit de clonación detrás de mi espalda. Le b