El silencio que siguió a la partida de la policía fue sepulcral.
Sin los gritos de Alejandro resonando en los pasillos, sin los pasos marciales de la señorita Helga, la mansión Castillo se sentía inmensa y, a la vez, diminuta.
Se había convertido en un eco de dos personas. Lorenzo y yo. Y el bebé, que dormía en la cuna blindada a los pies de nuestra cama, porque Lorenzo ya no confiaba en las paredes de la guardería quemada.
—¿A dónde vas? —preguntó Lorenzo, levantando la vista de su tablet en e