El reloj de mi mente marcaba los segundos como latigazos.
Nueve minutos.
Salí del despacho presidencial y cerré la puerta con suavidad, aunque mi instinto me gritaba que la pateara.
Corrí por el pasillo en penumbra, mis pies descalzos resbalando sobre el mármol pulido.
Subí las escaleras de dos en dos, ignorando el dolor punzante en mis pulmones. La adrenalina era un combustible sucio, pero efectivo.
Llegué a la guardería improvisada en nuestra habitación.
Lorenzo seguía durmiendo en la cama gr