Mundo ficciónIniciar sesiónAlan Brooks tiene el corazón blindado y las palabras medidas. Tras una decepción que lo dejó frío, firme y desconfiado, ha decidido que su lealtad es un recurso demasiado caro para volver a entregarlo. No busca romance; solo mantener el control absoluto de su entorno y de sus instintos. Pero entonces aparece Adriana Summers. Ella es una ráfaga de cabello rojo, adicta al café y dueña de una sonrisa vibrante que esconde profundos deseos y fantasías al igual que inseguridades. Y lo que la hace aún más peligrosa: es la amiga íntima de la mujer que le rompió el corazón a Alan. Lo que comienza como un simple favor se transforma en una combustión silenciosa. Encerrados en el espacio íntimo de un auto, el aroma dulce de Adriana y el peso de lo incorrecto asfixian cualquier intento de razón. Cada mirada inquisitiva de Alan la desnuda; cada roce accidental enciende una chispa que ambos intentan, inútilmente, ignorar. Es una espiral de pura provocación. Alan sabe que ceder ante ella desafía toda lógica, pero el morbo de saborear a la pelirroja prohibida es más fuerte que sus propias reglas. Entre culpas, silencios eléctricos y una química brutal, ambos descubrirán que rendirse al instinto es el único escape, y que caer en la tentación nunca se sintió tan malditamente bien.
Leer másEl problema de construir un muro de hielo a tu alrededor es que olvidas lo fácil que es asfixiarse cuando alguien enciende un fósforo desde adentro.
Y Adriana no era un simple fósforo. Era un maldito incendio forestal.
Aparqué mi Aston Martin frente a su edificio en el centro de Roma, manteniendo el motor encendido. Hacía exactamente diez minutos le había entregado al conserje una pequeña caja con las últimas pertenencias de Layla. Un par de libros, un collar que nunca usó y las llaves de mi penthouse. Con esa caja, el último vínculo con la mujer que casi destruye mi cordura quedaba oficialmente cortado.
Durante meses estuve ciego, empeñado en salvar una relación muerta mientras ignoraba la verdadera joya que tenía frente a mis ojos. Adriana y yo siempre nos habíamos entendido con una facilidad aterradora, pero ambos habíamos trazado una línea inquebrantable de respeto por Layla. Yo no quise ver su verdadero valor, y Adriana, fiel a sus principios, jamás dio el siguiente paso para no lastimar a su amiga. Pero todo eso había terminado. Layla había elegido volver con un ex abusivo que la trataba como basura, tirando por la borda mi devoción, mis viajes y mi paciencia.
Yo era libre. La mente fría del empresario que dirigía una de las firmas de inversión más grandes de Europa me dictaba que, tras dejar esa caja, debía pisar el acelerador, volver a mi oficina de paredes de cristal y no mirar atrás.
Pero entonces, cometí el error de revisar mi teléfono. Un mensaje de Adriana pidiéndome un favor. «Ya que vienes al edificio... ¿podrías llevarme a comprar unas flores para mi madre? Salgo tarde del hospital y no alcanzo a llegar antes de que cierren».
Mis dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla de cristal. La respuesta racional era un "no" cortés. Pero la verdad, la cruda y egoísta verdad, era que me moría de ganas de verla. De tenerla cerca. De comprobar si la química latente seguía ahí, ahora que las cadenas se habían roto.
«Paso por ti al hospital en quince minutos. Espérame en la entrada principal», tecleé rápidamente, presionando el botón de enviar antes de que el sentido común pudiera detenerme.
Mis manos apretaban el volante de cuero con más fuerza de la necesaria. «Es solo un favor», me repetí por enésima vez, intentando ignorar la traición biológica de mi propio cuerpo ante la idea de verla. La lógica me gritaba que mantener a Adriana a distancia era lo más sensato. No solo porque mi confianza había quedado hecha cenizas, sino porque ella era la mejor amiga de Layla. Adriana era el daño colateral. Territorio prohibido. Una línea que un hombre con mi estatus y mis principios no debería cruzar jamás para evitar un escándalo en la alta sociedad romana.
Pero entonces, la puerta del copiloto se abrió.
El aire acondicionado del interior de mi auto fue aniquilado en un segundo por una ráfaga del sofocante verano italiano. Adriana se dejó caer en el asiento de cuero, y de repente, el oxígeno de la cabina desapareció por completo.
—Siento la demora —dijo, cerrando la puerta con energía y soltando un largo suspiro—. Un accidente de tránsito múltiple a última hora. Llevo doce horas corriendo por la sala de urgencias y creo que mis pies ya no me pertenecen.
Su voz tenía esa vibración alegre y extrovertida, un contraste brutal con el caos de sangre y estrés del hospital donde trabajaba salvando vidas. Siempre lograba sacarme de mis casillas, o al menos, eso fingía yo para mantener la distancia.
—Llegas seis minutos tarde, Adriana —respondí, mi tono de voz saliendo grave, cortante y desprovisto de cualquier emoción. El tono perfecto del administrador que no tiene tiempo para juegos ni retrasos.
No la miré de inmediato. Puse el auto en marcha, fijando mis ojos en el tráfico, pero no necesitaba mirarla para sentirla. Su aroma llenó el espacio al instante: una mezcla embriagadora de café recién molido y un perfume dulce, casi a vainilla, que se saltó mis defensas, borrando cualquier pensamiento sobre su amiga, y se me clavó directo en el sistema nervioso. Un calor denso se acumuló en la boca de mi estómago.
—El tráfico estaba imposible, Alan. Además... —Se acomodó en el asiento, y escuché el roce de la tela de su pantalón ajustado—. Tratar de verse decente después de un turno de enfermería toma tiempo.
Por fin giré el rostro un segundo hacia ella antes de acelerar.
Maldita sea. Su cabello rojo vibraba con la luz del sol que entraba por el cristal, cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros. Llevaba una blusa que se ajustaba peligrosamente a sus pechos y un pantalón que abrazaba unas curvas que podrían volver loco a cualquier santo.
Como escritor bajo un pseudónimo, me ganaba la vida en mis horas libres detallando la psicología humana y el morbo de lo prohibido. Como hombre, me estaba costando un infierno no devorarla con los ojos. Odiaba admitirlo, pero ya no tenía por qué mentirme a mí mismo: durante los últimos meses de mi agonizante relación con Layla, cuando la frialdad y el rechazo de mi ex me consumían, era el rostro de Adriana, el recuerdo de sus curvas y su risa, lo que invadía mi mente mientras me daba placer en la soledad y oscuridad de mi habitación. Siempre me había gustado. Siempre la había deseado en secreto. Y ahora que era libre de mis cadenas, estaba dispuesto a dejarme llevar por completo.
Noté el micro-movimiento de sus manos: tiró ligeramente del borde de su blusa hacia abajo, un gesto sutil, casi imperceptible, de quien no se siente del todo cómoda en su propia piel.
Odiaba que dudara de su cuerpo. Odiaba que librara esa guerra contra el espejo y que no pudiera verse a través de mis ojos para entender que la consideraba divinamente perfecta. Pero, fiel a mi nueva coraza de hielo, no le di ni una sola palabra de validación.
—El cinturón —ordené secamente, clavando la vista en la avenida.
Escuché su pequeño suspiro. El sonido del metal encajando rompió el tenso silencio.
El trayecto hacia la floristería debía durar veinte minutos. Al minuto cinco, el encierro del lujoso deportivo ya se sentía como una jaula. El silencio no era incómodo; era eléctrico. Espeso.
Hice un cambio de marcha. Mi mano derecha bajó hacia la palanca, pero Adriana, en un intento por buscar su teléfono en el fondo de su bolso, había movido su pierna izquierda. El dorso de mis nudillos rozó la tela de su pantalón, justo en la cara interna de su muslo.
Ambos dejamos de respirar al mismo tiempo.
No aparté la mano de inmediato. Dejé mis nudillos anclados a milímetros de su piel, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo incluso a través de la ropa. Pude ver por el rabillo del ojo cómo su pecho subía y bajaba con más rapidez. Ella, la chica extrovertida que siempre tenía una respuesta rápida, se había quedado muda.
—¿Te incomodo, Adriana? —pregunté en voz baja, la frialdad corporativa de mi tono contrastando brutalmente con lo íntimo del roce de mi mano.
Ella tragó saliva. La vi girar la cabeza hacia mí. Sus ojos oscuros estaban dilatados. Los fantasmas de su amiga, el juicio de la sociedad, mi propio orgullo roto... todo amenazaba con volar por los aires en ese cruce de miradas.
—No —susurró, y la honestidad cruda en su voz me golpeó como un latigazo—. Solo... manejas muy rápido, Alan.
—Me gusta tener el control de la máquina —respondí, apartando por fin la mano para hacer el cambio, pero rozando deliberadamente su rodilla en el proceso—. Y de la situación.
Ella se mordió el labio inferior, soltando una pequeña risa nerviosa que me encendió la sangre. Sabía lo que yo estaba haciendo. Sabía que ambos estábamos usando esa ridícula excusa de las flores para poder tenernos a solas, fingiendo que no sentíamos nada. Ella me deseaba tanto como yo a ella, atrapados en un tira y afloja de culpas y tentación pura.
Detuve el auto en el semáforo en rojo. Giré el rostro y la miré fijamente, deshaciéndome por tres segundos de la máscara de hielo. La miré con hambre. Con el morbo absoluto de saber que debajo de esa inseguridad había un fuego que yo estaba dispuesto a consumir hasta las cenizas.
—Llegamos a la floristería en dos calles —dije, mi voz ahora más ronca, casi una advertencia.
—Bien —murmuró ella, sosteniéndome la mirada con una valentía que me fascinó—. Porque hace demasiado calor aquí adentro.
Sonreí de lado, una sonrisa cínica y oscura.
—No tienes ni la menor idea, Adriana. Ni la menor idea.
El semáforo cambió a verde. Pisé el acelerador con más fuerza de la debida, haciendo que el motor rugiera en respuesta a la frustración que me carcomía por dentro.
Mientras dejábamos atrás el tráfico pesado de Roma, mi mente me jugó una mala pasada. Recordé de golpe las madrugadas enteras hablando por chat con ella, meses atrás. Aquellas noches donde los mensajes de texto volaban entre nosotros mientras yo intentaba salvar una relación condenada al fracaso con su amiga. Recordé cómo nos entendíamos con una facilidad aterradora, cómo Adriana me hacía reír cuando mi mundo se estaba viniendo abajo, y cómo, en el fondo, siempre supe que mi química mental con ella era tan letal como la atracción física que me estaba volviendo loco ahora mismo.
Aparqué frente a la pequeña floristería rústica, a la sombra de un edificio antiguo de ladrillos desgastados. Apagué el motor. El silencio volvió a caer sobre nosotros, denso y pesado.
Adriana llevó la mano al broche de su cinturón de seguridad, pero sus dedos, inusualmente torpes por el nerviosismo, resbalaron sobre el plástico. Intentó presionarlo de nuevo, dejando escapar un suspiro de frustración.
—Déjame a mí —ordené en voz baja.
No esperé su respuesta. Me incliné sobre la consola central, invadiendo por completo su espacio personal. Mi pecho rozó su hombro y mi rostro quedó a escasos centímetros de su cuello. El olor a vainilla y café me golpeó con tanta fuerza que tuve que apretar la mandíbula. Escuché cómo su respiración se entrecortaba, un sonido suave y rasgado que me erizó la piel.
En lugar de presionar el botón de inmediato, dejé mi mano descansando sobre el broche, apenas rozando su cadera. Giré el rostro milimétricamente hacia ella. Podía ver el pulso acelerado latiendo en la base de su garganta. Estábamos tan cerca que sentía el calor de sus labios exhalando contra mi mejilla.
—Me pones muy nerviosa cuando te acercas así, Alan —susurró ella, su voz temblando apenas una fracción, pero con los ojos clavados en los míos, oscuros y llenos de un deseo peligroso.
—¿Así, cómo? —pregunté, mi voz reducida a un murmullo áspero y calculador.
—Como si estuvieras midiendo cuánto tiempo tardarías en arruinarme.
Presioné el botón. El clic del cinturón resonó en la cabina como el disparo de salida de una carrera suicida. No me aparté. Me quedé a centímetros de su boca, dejando que la tensión nos quemara vivos por un segundo más.
—No me tomaría mucho tiempo, Adriana —le respondí, mirándole los labios antes de volver a clavar mis ojos en los suyos—. El problema es que terminaríamos en ruinas los dos.
Me aparté bruscamente, recuperando mi postura fría e impecable de hombre de negocios, como si nada hubiera pasado. Abrí la puerta y salí al asfalto caliente de Roma, dejándola en el asiento del copiloto, lidiando con el incendio que acababa de desatar.
El interior de la ambulancia olía a yodo, a plástico esterilizado y a su propia adrenalina rancia. Daisy se estremeció cuando el paramédico, un chico joven con ojeras marcadas, le aplicó un antiséptico frío sobre el labio partido y la mejilla hinchada. El escozor fue agudo, pero lo recibió casi con gratitud; era un dolor real, físico, anclándola al presente y alejándola de la pesadilla del búnker subterráneo.A través de las ventanas tintadas del vehículo, las luces rojas y azules de las patrullas policiales teñían la noche madrileña con destellos frenéticos. La "Mansión de Cristal", antes un monumento a la intocabilidad de Arturo Vargas, parecía ahora la escena de una zona de guerra. Agentes de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) entraban y salían cargando cajas de documentos, discos duros empaquetado
La bofetada no fue un golpe limpio; fue el impacto descontrolado de un animal herido. La mano de Arturo cruzó el rostro de Daisy con la fuerza de un latigazo, enviándola al suelo junto con la silla de cuero, que volcó con un crujido sordo contra la alfombra persa.El dolor estalló en su mejilla, agudo y cegador, y el sabor metálico de la sangre llenó su boca al instante. Su labio inferior se había partido contra sus propios dientes. Por un segundo, el mundo giró violentamente, reducido a un zumbido agudo en sus oídos y al destello de la lámpara de caoba sobre ella.Pero no gritó. No lloró. Había anticipado la violencia física como el último recurso de un hombre al que le acababan de arrebatar el control del universo.Se apoyó sobre los codos, escupiendo una mezcla de saliva y sangre sobre la inmaculada alfombra. Cuando alzó la vista, la má
El amanecer posterior a la subasta llegó perezoso, bañado en la luz dorada y engañosa de la primavera madrileña. La mansión, usualmente impecable antes de que sonara el primer despertador, aún mostraba las cicatrices de la ostentación nocturna. El personal del servicio de catering desmontaba las carpas de cristal en silencio sepulcral, conscientes de que el patrón dormía, agotado tras su triunfo.Daisy no había dormido. Se había duchado largamente, fregando su piel hasta enrojecerla para borrar cualquier rastro físico de la celebración de Arturo, aunque sabía que la verdadera mancha, el acuerdo tácito de su sumisión, tardaría mucho más en desaparecer.Se vistió con un conjunto de lino crudo, sencillo, la antítesis de la esmeralda brillante de la noche anterior. Su reflejo en el espejo le devolvía la mirada de una mujer que h
La noche de la subasta benéfica, la finca de Arturo Vargas resplandecía como una constelación artificial caída sobre La Moraleja. Las inmensas carpas de cristal, iluminadas desde el interior con un cálido resplandor ámbar, albergaban a doscientas de las personas más poderosas del país. El murmullo de las conversaciones, el tintineo del cristal de Baccarat y la suave música de un cuarteto de cuerda flotaban en el aire primaveral.Daisy estaba frente al espejo de cuerpo entero de su suite. El vestido que Arturo había elegido para ella era una obra de arte de alta costura, un diseño de seda esmeralda que se adhería a sus curvas como una segunda piel, con un escote en la espalda que descendía peligrosamente bajo. Era una joya para ser exhibida, y el color verde no era casualidad: era el color del éxito financiero, el color de la envidia.En su muñeca derecha brillaba un





Último capítulo