El agua de las mangueras de los bomberos caía sobre la alfombra persa del pasillo, mezclándose con el hollín y la espuma química.
La mansión Castillo ya no era una fortaleza impenetrable. Era una escena del crimen abierta al público.
Yo estaba sentada en los escalones de la entrada, envuelta en una manta térmica dorada que me había dado un paramédico. En mis brazos,
Leonardo dormía, ajeno a que su hermano acababa de intentar convertirlo en una ofrenda de fuego.
—Está bien —dijo el médico, revis