Mundo ficciónIniciar sesiónDaniela es solo la asistente invisible de Elliot Vance, el magnate más despiadado y sexy de Nueva York. Ella necesita el dinero para sobrevivir; él necesita una segunda esposa para salvar su imperio. Tras una noche de errores en Los Ángeles, Elliot despierta casado con una desconocida cazafortunas. Su única salida: mentir. Le ofrece a Daniela un trato que ella no puede rechazar: fingir que son esposos desde hace semanas a cambio de liquidar todas sus deudas. Es solo un papel. Es solo una semana. Es solo un negocio. Pero entre flashes de cámaras, caricias prohibidas y una tensión que quema, la farsa se vuelve peligrosamente real. Seis meses después, con un embarazo secreto y una rival dispuesta a todo, Daniela descubrirá que el contrato más caro de su vida no se firmó con tinta, sino con fuego. ¿Qué sucede cuando el jefe que odias se convierte en el hombre del que no puedes escapar?
Leer másLa relación entre Daniela y Elliot siempre había sido una guerra fría.
Ella despreciaba su arrogancia, su carácter posesivo y esa fama de mujeriego que lo precedía. Para ella, Elliot Vance era un CEO brillante, la empresa estaba viviendo sus mejores años con él al mando, pero un ser humano deplorable que trataba a las personas como activos reemplazables. Sus trabajadores no eran más que eso, personas prescindibles que reciclaba una y otra vez cuando cometían un mínimo detalle. —¡Daniela! ¡A mi oficina, ahora! —la voz de Elliot tronó por el intercomunicador, cargada de esa impaciencia que ella tanto detestaba. Ella llevaba siendo su asistente personal desde hacía seis meses. Un tiempo récord comparada con las anteriores, pero odiaba su trabajo y a su jefe. Cuando Daniela entró lo encontró frente al ventanal. Era insultantemente apuesto, con una mandíbula que parecía tallada en granito y una mirada azul capaz de congelar el océano. —Nos vamos a Los Ángeles, tengo un contrato importante que firmar —sentenció él sin mirarla—. Eres la única persona en esta empresa que no me hace perder el tiempo. Prepáralo todo. —Señor Vance, no tenía conocimiento sobre este viaje y tengo... —No te pago para que me des explicaciones, Daniela. Te pago para que hagas mi vida más fácil. Él se acercó a ella, atrapándola contra la puerta de caoba. El aroma de su perfume caro la envolvió, provocándole una chispa de electricidad que ella se negaba a admitir. A pesar del odio que sentía por su jefe, no podía negar que era ridículamente apuesto. —Pero no te preocupes, si lo que tienes que hacer aquí es tan importante siempre puedo despedirte y buscar un reemplazo. Daniela lo miró con desafío, odiando la forma en que él invadía su espacio personal, como si fuera el dueño de cada centímetro de su aire, pero cerró los ojos y respiró hondo. Esa misma mañana había recibido una llamada del banco: el préstamo que su madre había avalado para su carrera estaba en mora, y el aviso de embargo era inminente. Si perdía este empleo, lo perdía todo. Esa era la razón por la que había soportado tanta presión esos meses, la razón por la que tenía que soportar a su jefe. La deuda de su crédito universitario la asfixiaba, y los intereses crecían más rápido de lo que ella podía procesar. Si perdía este empleo, su futuro se desmoronaría por completo. —El contrato con Sarah Parker es el más grande del año, no nos podemos dar el lujo de perderlo. Tú eliges. —dijo él. Daniela tragó saliva. Sus ojos quedaron atrapados en el azul de los de él. Por un segundo, el aire entre ambos se volvió eléctrico, denso por la proximidad de sus cuerpos, cargado de una tensión que nada tenía que ver con el trabajo. —No le fallaré, señor —terminó por decir con un hilo de voz porque a Elliot Vance no se le decía que no. —Sabía que serías razonable —murmuró él con una sonrisa autosuficiente y sin más se giró y le dio la espalda, dejándola con la respiración agitada. ___ El viaje fue un torbellino de lujo y ansiedad. Cuando llegaron al hotel, Daniela se sentía fuera de lugar en medio de tanto mármol y oro. Al entrar en el elevador privado que los llevaba a sus habitaciones, el silencio era ensordecedor. —He cambiado las habitaciones —murmuró él, su voz volviéndose ronca, mirando los números que ascendían.—. Te quiero cerca, Daniela. En la suite contigua a la mía. —Señor, reservé la suya es la suite presidencial en el piso 12 y la mía es una estándar en el piso 4 para no exceder el presupuesto de la empresa... Elliot extendió la mano y presionó el botón de parada de emergencia. El elevador se detuvo con una sacudida, haciendo que Daniela perdiera el equilibrio. Él la sostuvo por la cintura, y el contacto de sus manos grandes contra su piel, incluso a través de la ropa, fue como una descarga eléctrica. —Ya no —dijo él, su voz era un susurro peligroso—. He cambiado las reservas. Estarás en el piso 12, en la suite contigua a la mía. Daniela nunca antes se había relacionado tanto con su jefe, así que no comprendía por qué últimamente él se le acercaba, y mucho menos por qué a ella no le desagradaba esa cercanía como debía hacerlo. —Pero señor, eso es... es demasiado caro. No puedo... —Daniela no podía estar más confundida. —No te estoy preguntando, Daniela —sus ojos bajaron a los labios de ella, demorándose más de lo profesionalmente aceptable—. Te necesito cerca. Por si... algo sucede. El elevador volvió a ponerse en marcha. Cuando las puertas se abrieron, Daniela caminó hacia su nueva habitación, sintiendo la mirada de Elliot quemándole la nuca. Tras una jornada agotadora de negociaciones, Elliot insistió en celebrar el éxito en el casino del hotel. Daniela, obligada a acompañarlo para tomar notas de los acuerdos informales, se vio arrastrada a una mesa de altas apuestas. Elliot estaba inusualmente relajado, algo que ella nunca antes había visto, bebiendo más de lo habitual, y eso era raro en un hombre que siempre mantenía el control. —Señor Vance, creo que es hora de retirarse —insistió Daniela, sujetándolo del brazo. Él la miró, y por un segundo, la frialdad de sus ojos desapareció, reemplazada por una intensidad ardiente que hizo que el corazón de Daniela diera un vuelco. —Siempre tan responsable, Daniela... ¿Alguna vez te dejas llevar? —susurró él, acercándose tanto que ella pudo oler el whisky caro y su perfume amaderado. Lo odiaba, lo sabía porque había cargado ese sentimiento durante seis meses, pero si era así, ¿por qué le agradaba tanto experimentar su cercanía? —No importa —continuó diciendo él— puedes irte ya. Daniela asintió con su cabeza y se dirigió hacia la salida, no sin antes ver que una camarera rubia, con una sonrisa demasiado ensayada, no dejaba de servirle copas de cortesía. ___ El vuelo de regreso a Nueva York fue un funeral. Elliot no miró a Daniela ni una sola vez. La versión de él que ella conoció el día anterior ya no estaba por ningún lado. Estaba más insufrible e irritado que nunca. Se encerró en su silencio, con la mandíbula apretada y los nudillos blancos de tanto aferrarse a su asiento. No le dirigió la palabra y el mal humor le salía por los poros. ¿Qué demonios le había pasado? Daniela lo había dejado más a gusto que nunca en el casino. Fuera lo que fuera, sucedió después de que ella se marchó. Cuando aterrizaron, la lluvia de Nueva York los recibió con un abrazo gélido. Daniela estaba a punto de subir a un taxi, sintiéndose usada y confundida, cuando la tomaron del brazo con una fuerza irresistible. —¡Señor Vance! ¿Qué hace? —exclamó ella, dándose la vuelta. La lluvia empapaba el cabello de Elliot, haciendo que varios mechones negros cayeran sobre su frente. Sus ojos azules ardían con una mezcla de rabia y necesidad. —¿Acaso te he dicho que puedes marcharte? No he terminado contigo. —le espetó él. Elliot la atrajo hacia sí con un movimiento brusco, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos. Daniela podía sentir el latido errático de su corazón contra el suyo. La lluvia corría por sus rostros, pero el calor que emanaba de él era sofocante. Él la miró a los ojos, luego a sus labios empapados, bajó sus barreras y soltó la bomba que cambiaría el curso de sus vidas para siempre. —Pasó algo horrible en el casino. Necesito que te cases conmigo, Daniela.Tres años después.La luz del domingo se filtraba por los inmensos ventanales de la nueva residencia Vance, una propiedad que, a diferencia del ático de cristal y acero de Manhattan, estaba rodeada de robles centenarios y el sonido constante del viento entre las hojas. El hogar ahora olía a café recién hecho, a libros nuevos y a ese aroma inconfundible y dulce que desprenden los niños pequeños.Sebastián, o "Seba", como Elliot lo llamaba con una devoción que aún sorprendía a quienes conocían su antigua faceta de tiburón financiero, corría por la alfombra del salón. Era un niño precioso, con el cabello oscuro y espeso de su padre y los ojos curiosos y brillantes de Daniela. A sus dos años y medio, el pequeño Seba era el centro de un universo que antes había sido frío y solitario.Daniela observaba la escena desde el sofá, con una taza de té entre las manos. Había terminado su tercera canción, que ya encabezaba las listas de los hits con más reproducciones, pero su mayor orgullo no
El silencio que reinaba en el ático esa noche era diferente a cualquier otro que hubieran compartido. Ya no era un silencio cargado de sospechas, ni el vacío gélido de la paranoia de Elliot, ni el peso asfixiante de los secretos de Daniela. Era una quietud vibrante, el tipo de calma que precede a los grandes cambios de marea.Habían regresado del juzgado hacía apenas unas horas. Elliot se había despojado de la chaqueta de su traje de sastre, desabrochando los primeros botones de su camisa blanca y remangándose con ese aire de cansancio victorioso que lo hacía parecer más humano que nunca. Daniela lo observaba desde el umbral del salón. El hombre que el mundo veía como un tiburón implacable estaba allí, de pie frente al ventanal que dominaba Manhattan, simplemente respirando la libertad que Paul y la justicia le habían devuelto.—Parece mentira que se haya acabado —dijo Elliot sin darse la vuelta, su voz resonando con una profundidad suave—. A veces siento que todavía estoy espera
El Palacio de Justicia de Nueva York se alzaba como un titán de piedra y mármol, ajeno a las tormentas emocionales que se desataban en su interior. Aquella mañana de mayo, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Daniela se erizara. Era el día. El final de un calvario que había amenazado con consumir su cordura y su futuro junto a Elliot.Sentada en la primera fila de la galería, Daniela entrelazó sus dedos sobre su regazo. Debajo de la tela de su vestido de seda azul marino, sentía una calidez constante.Su secreto seguía allí, palpitando en silencio, dándole la fuerza necesaria para no desmoronarse. A su lado, Elliot permanecía rígido, con el perfil tallado en granito y la mirada fija en el estrado. Ya no era el hombre vulnerable que se derrumbaba en la cocina; era el monarca recuperando su reino.—Orden en la sala —declaró el juez Miller, un hombre cuya reputación de imparcialidad era tan sólida como la maza que sostenía.Paul se
El silencio que siguió al ruido en la ventana fue sepulcral, roto únicamente por el sonido de la respiración agitada de Daniela y el clic metálico de la Magnum que Thea sostenía con una destreza aterradora. La luz de la cocina parecía demasiado brillante, casi cegadora, mientras ambas mujeres mantenían la vista fija en la persiana bajada.Fuera, en la vasta terraza que rodeaba el ático, el drama se desarrollaba en sombras. Uno de los guardias de seguridad de la unidad de élite de Elliot, alertado por el sistema de sensores perimetrales, barrió el ángulo muerto de la jardinera de piedra con su linterna táctica. El haz de luz blanca y fría cortó la oscuridad como un cuchillo, iluminando por una fracción de segundo un rostro que Daniela conocía demasiado bien: Enma.La mujer estaba allí, agazapada como un animal de rapiña, con los ojos inyectados en odio y la piel pálida bajo el frío de Nueva York. Al verse descubierta, Enma no gritó; soltó un siseo de rabia, se puso en pie de un sal





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