Mundo ficciónIniciar sesiónYo solo era una chica normal con muchas deudas. Mi hermana estaba en el hospital y yo no sabía qué hacer. Entonces apareció él. Alexander Vane era el hombre más rico y guapo de la ciudad. Sus ojos grises me miraron de arriba a abajo y me hizo una propuesta loca: "Finge ser mi novia. Pero tienes que actuar como una tonta para que mi familia me deje en paz, y yo pagaré todo". Yo acepté por mi hermana. Pensé que sería fácil. Pensé que él era solo un jefe frío y malo. Pero me equivoqué. En las noches, cuando nadie nos ve, él no es frío. Él me busca. Me abraza fuerte por la cintura, esconde su cara en mi cuello y me dice que no lo deje solo. Mi corazón late a mil por hora cada vez que me toca. Me estoy enamorando de mi jefe falso. Pero... ¿él también me ama, o solo soy su bufón de segunda?
Leer másLa enfermera de los ojos blancos dio un paso hacia mí, levantando la jeringa gigante. El líquido dorado brillaba tanto que me lastimaba los ojos y me daba un miedo terrible.Sentí un vacío en el estómago muy grande, una sensación de mareo que me hacía querer salir corriendo de ese vagón azul. Pero las puertas estaban cerradas y no había ningún lugar donde esconderse.—¡Aléjate de mí, monstruo! —grité con todas mis fuerzas, echándome hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared fría del tren.La mujer se rio con una risa sorda que no sonaba humana, sino como el motor de una máquina rota. Sus ojos blancos fijos en mí me ponían la piel de gallina.—No puedes escapar de tu mamá, Emma —dijo ella con una voz que flotaba en el aire—. Tu mente le pertenece al hospital de arriba y tu cerebro va a ser cortado hoy mismo.Mi corazón latía muy rápido, ¡tum, tum, tum, tum!, haciendo un ruido tan fuerte en mis oídos que casi no podía escuchar el traqueteo de las vías del tren. Estaba compl
El conteo regresivo de cinco segundos empezó a resonar en toda la habitación como si fuera un reloj de una bomba a punto de explotar. Sentí un vacío en el estómago tan fuerte que pensé que me iba a caer al suelo de los puros nervios.Miré el muñeco de trapo feo que tenía en las manos y luego miré a mi Alexander por última vez. Sus ojos grises me miraban con una desesperación tan varonil y grande que me temblaron las piernas por completo.—¡Hazlo ya, Emma! —me gritó él con su voz profunda y ronca, que me retumbó directo en el pecho—. ¡No dejes que me borre!No lo pensé más tiempo porque el miedo de perderlo me estaba quemando viva por dentro. Agarré el muñeco con mis manos pequeñas y temblorosas y lo pegué a mi boca.Le di un beso enorme, lleno de todo el amor y la locura que sentía por él desde el primer día. Cerré los ojos con mucha fuerza, poniendo toda mi mente en su carita guapa.En ese mismo instante, el cuerpo de carne de Alexander soltó un suspiro larguísimo que sonó a dolor pu
El agua negra subía tan rápido que ya me tapaba los tobillos. Estaba muy fría y espesa, casi como pintura vieja. Me daba asco y temblaba de miedo.Mi corazón latía muy rápido, ¡tum, tum, tum, tum!, casi saliéndose de mi pecho. No podía dejar de mirar a la niña pequeña que tenía mi misma cara exacta, parada frente a mí.El cuchillo estaba pegado a mi cuello. Sentía el metal helado contra mi piel sudorosa. Un hilito de sangre bajó por mi pecho, ardiendo mucho.—¡Suéltalo! —grité llorando de desesperación—. ¡Vas a matar a mi Alexander!La niña me miró con ojos dorados, vacíos y sin alma. Apretó más el cuello del muñeco de trapo con sus manitas malas.Alexander soltó un rugido ahogado. La sangre negra le salía de la boca, manchando su pecho firme y fuerte.Ver al amor de mi vida sufriendo así me dio un vacío en el estómago horrible. Sentí que me iba a desmayar de terror. No podía perder a mi hombre.—Él no es real, Emma —dijo la niña con voz aguda, igualita a la mía cuando iba al colegio—
El dolor en mi costado era como un fuego que me quemaba la ropa y la piel. Me presioné la herida con mis manos pequeñas, sintiendo la sangre caliente filtrarse entre mis dedos.Alexander ya no estaba. El charco de tinta negra donde antes descansaba su cuerpo varonil se extendía por la mesa de la biblioteca, manchando mis zapatos.—¡Tres segundos, Emma! —gritó la mujer que tenía el uniforme de mi madre—. ¡Elige una cara o te quedarás completamente vacía!Miré el archivo que ella había dejado sobre la gran mesa de madera. Mi corazón latía muy rápido, ¡tum, tum, tum, tum!, con un miedo que me hacía ver todo borroso.Abrí la carpeta con los dedos temblorosos, dejando manchas rojas en las hojas limpias. Dentro había tres fotografías de hombres totalmente diferentes, pero todos tenían algo extraño en la mirada.—¡Dos segundos! —volvió a gritar la mujer, dando un paso hacia atrás mientras las estanterías de libros empezaban a temblar—. ¡Decide ya!Pasé mi mano sobre la primera foto: era un h
Último capítulo