El dolor en mi costado era como un fuego que me quemaba la ropa y la piel. Me presioné la herida con mis manos pequeñas, sintiendo la sangre caliente filtrarse entre mis dedos.
Alexander ya no estaba. El charco de tinta negra donde antes descansaba su cuerpo varonil se extendía por la mesa de la biblioteca, manchando mis zapatos.
—¡Tres segundos, Emma! —gritó la mujer que tenía el uniforme de mi madre—. ¡Elige una cara o te quedarás completamente vacía!
Miré el archivo que ella había dejado sob