El cuerpo inmenso de Alexander cayó encima del mío con toda su fuerza. Sentí que me quedaba completamente sin aire bajo sus músculos duros y pesados.
Caímos juntos contra el suelo de cemento del callejón. El golpe me dolió, pero me dolía más el pecho del puro susto al ver a mi gigante de acero totalmente inconsciente.
—¡Alexander! ¡Alexander, despierta por favor! —grité llorando con todas mis fuerzas, con la voz rota por la desesperación.
Mi corazón latía tan rápido que parecía que se me iba a