El agua negra subía tan rápido que ya me tapaba los tobillos. Estaba muy fría y espesa, casi como pintura vieja. Me daba asco y temblaba de miedo.
Mi corazón latía muy rápido, ¡tum, tum, tum, tum!, casi saliéndose de mi pecho. No podía dejar de mirar a la niña pequeña que tenía mi misma cara exacta, parada frente a mí.
El cuchillo estaba pegado a mi cuello. Sentía el metal helado contra mi piel sudorosa. Un hilito de sangre bajó por mi pecho, ardiendo mucho.
—¡Suéltalo! —grité llorando de deses