El conteo regresivo de cinco segundos empezó a resonar en toda la habitación como si fuera un reloj de una bomba a punto de explotar. Sentí un vacío en el estómago tan fuerte que pensé que me iba a caer al suelo de los puros nervios.
Miré el muñeco de trapo feo que tenía en las manos y luego miré a mi Alexander por última vez. Sus ojos grises me miraban con una desesperación tan varonil y grande que me temblaron las piernas por completo.
—¡Hazlo ya, Emma! —me gritó él con su voz profunda y ronc