La mano de Alexander en mi garganta se sentía como un anillo de fuego. No me apretaba para hacerme daño, pero su agarre era tan fuerte y posesivo que me dejó completamente sin respiración.
Mi espalda estaba pegada a su pecho duro como una roca. Todo su cuerpo inmenso desprendía un calor salvaje que me envolvía por completo, haciendo que mis piernas se volvieran de gelatina.
Sentí un vacío en el estómago que me mareó. Su olor a menta, a pólvora y a puro peligro se metió por mi nariz, volviéndome