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Capítulo 2: La jaula de oro y el monstruo asustado

El peso de su cuerpo gigante casi me aplasta contra el piso mojado.

Alexander Vane, el hombre más fuerte y poderoso que yo conocía, estaba tirado encima de mí en medio de la calle lluviosa.

La sangre caliente y roja de su herida manchaba mi suéter viejo y barato. El olor a sangre me dio miedo, pero también podía oler su perfume caro de menta y hombre fuerte. Era una mezcla que me mareaba.

Mi corazón latía tan rápido que me dolía mucho el pecho. ¡Tum, tum, tum! Pensé que me iba a dar un infarto ahí mismo.

—¡Señor Vane! —gritaron de repente unas voces muy gruesas y asustadas.

Levanté la cabeza como pude. Muchos hombres inmensos, vestidos con trajes negros y audífonos en las orejas, salieron corriendo de otros autos. Eran sus guardaespaldas.

Uno de ellos sacó una pistola negra y brillante, corriendo hacia la puerta del hospital para buscar al que disparó. Otros dos hombres muy grandes agarraron a Alexander y lo levantaron con mucho cuidado.

Yo me quedé en el suelo mojado. Estaba temblando de miedo y de frío. Lloraba mucho porque no sabía qué estaba pasando.

Alexander soltó un gruñido fuerte de dolor. Pero, para mi sorpresa, no cerró los ojos. Sus ojos grises y fríos estaban clavados en mí desde arriba.

—A ella también —ordenó él.

Su voz sonaba muy ronca y cansada por la herida, pero seguía siendo la voz de un jefe que manda sobre todo el mundo. Era una voz que no aceptaba un no por respuesta.

Un guardaespaldas me agarró del brazo rápidamente y me subió a la fuerza al asiento de atrás del auto negro y lujoso.

El auto arrancó a toda velocidad. Las llantas hicieron un ruido muy fuerte en el asfalto mojado. Todo daba vueltas en mi cabeza.

Yo estaba sentada justo al lado de Alexander en la oscuridad del coche.

Él se agarraba el hombro izquierdo con su mano grande. Me di cuenta de que la bala no le había dado en el corazón, solo le había rozado el brazo, pero sangraba muchísimo. Su traje perfecto estaba arruinado.

Yo no podía dejar de mirarlo. Incluso herido y sangrando, él era el hombre más guapo y masculino de todo el mundo. Su mandíbula cuadrada estaba muy tensa y apretaba los dientes con fuerza.

De repente, él levantó su mano derecha, la que no estaba herida.

Su mano enorme y caliente buscó la mía a ciegas en la oscuridad del auto.

Cuando sus dedos grandes y ásperos se entrelazaron con mis deditos pequeños, sentí otra vez esa electricidad loca en mi cuerpo. Fue un choque mágico.

Una corriente de fuego puro subió por mi brazo. Las mariposas en mi estómago empezaron a volar como locas, chocando entre sí. Me sentí mareada por su toque.

Él apretó mi mano con muchísima fuerza. Demasiada fuerza. Me dolió un poquito, pero no me importó para nada. Me encantaba sentirlo tan cerca de mí. Me hacía sentir segura en medio de toda esa locura.

—No llores, bufón —susurró Alexander. Giró la cabeza y me miró directamente con sus ojos de hielo—. Estás a salvo ahora. Y tu hermana también. Mis hombres ya pagaron todo en el hospital antes del disparo.

Sentí un alivio tan gigante que solté un suspiro largo. Mi hermanita Lily iba a vivir gracias a él y a su dinero.

—Gracias... muchísimas gracias —dije con un hilito de voz.

Mis mejillas se pusieron súper rojas de vergüenza en la oscuridad, porque él no soltaba mi mano en ningún momento. Su pulgar grande acariciaba la parte de atrás de mi mano lentamente.

Su piel era muy suave, pero a la vez tenía callos de hombre trabajador y fuerte. Yo me derretía entera con su tacto caliente.

El viaje en auto fue muy rápido. Pronto pasamos por unos portones de hierro gigantes y llegamos a una mansión inmensa.

Era la casa más grande y más rica que había visto en toda mi vida. Parecía un castillo de esos que salen en las películas de princesas. Tenía luces por todos lados y unas puertas de madera gigantescas en la entrada.

Los hombres de Alexander abrieron la puerta del auto y lo ayudaron a caminar hacia adentro. Un médico viejo con un maletín negro ya los estaba esperando muy nervioso en el pasillo principal.

Yo caminé detrás de ellos, mirando todo con la boca abierta. Había candelabros de cristal que brillaban como diamantes y alfombras que parecían nubes.

—Llévenla a su habitación —ordenó Alexander, señalándome con la cabeza mientras el doctor le cortaba la camisa rota con unas tijeras.

Por un segundo, pude ver los músculos perfectos de su pecho desnudo. Su piel bronceada y su abdomen duro como una roca, lleno de cuadritos.

Tragué saliva ruidosamente. Parecía un dios bajado del cielo. Me puse muy roja cuando él me pilló mirándole el pecho y me dedicó una sonrisa chueca y burlona.

Una señora mayor, que vestía un uniforme blanco y negro muy serio, me hizo una seña con la mano. Me llevó por unos pasillos larguísimos y callados.

—Esta es su habitación, señorita Emma —dijo la señora, abriendo una puerta blanca—. El señor Vane prohibió estrictamente que usted salga de aquí durante la noche. Por ningún motivo debe ir al lado izquierdo de la casa. ¿Entendió? Es una regla de oro.

Asentí con la cabeza, muy asustada por su tono de voz serio.

—Sí, señora. Entiendo.

Entré a mi cuarto. La habitación era más grande que el apartamento entero donde yo vivía. La cama era inmensa, con sábanas de seda que brillaban.

Fui al baño, que era de mármol blanco, y me quité mi ropa mojada y sucia de sangre. Me di una ducha caliente muy rápido.

En el clóset gigante no había ropa de mujer, así que agarré una camisa de hombre blanca que estaba colgada ahí. Supuse que era de Alexander.

Me la puse. Me quedaba gigante, como si fuera un vestido corto que me llegaba por la mitad de los muslos.

Pero lo mejor de todo es que olía a él. Olía a menta, a madera fina y a ese peligro que me volvía loca. Hundí la nariz en el cuello de la camisa y cerré los ojos. Me hacía sentir protegida y abrazada por él.

Me acosté en la cama gigante y me tapé hasta la nariz. Estaba cansadísima, pero no podía dormir nada.

Daba vueltas y vueltas en la cama. Solo podía pensar en los ojos grises de Alexander. Pensaba en el roce de sus dedos grandes en mi piel y en cómo su voz gruesa me llamaba "mía".

Mi cuerpo entero se calentaba y sentía cosquillas en mi estómago solo de recordarlo.

De repente, me desperté de golpe. Me había quedado dormida sin darme cuenta.

No sé qué hora era en la madrugada, pero la casa estaba totalmente a oscuras y en un silencio que daba miedo.

Entonces lo escuché.

Fue un grito.

Un grito muy fuerte y desgarrador, lleno de dolor y de muchísimo miedo. Hizo que se me helara la sangre en las venas.

Me senté en la cama de un salto, temblando. Mi corazón empezó a latir a mil por hora otra vez. ¡Pum, pum, pum!

El grito venía del pasillo. Venía exactamente del lado izquierdo de la casa. Del lado prohibido.

Recordé las palabras frías de la señora mayor: "Por ningún motivo debe ir al lado izquierdo. Es una regla de oro".

Pero luego escuché un sonido diferente. Era un sollozo.

Alguien estaba llorando desconsoladamente. Y el llanto sonaba exactamente como la voz ronca y profunda de Alexander.

Me quedé congelada. ¿El hombre más fuerte, malo e invencible de todos estaba llorando en la oscuridad?

No lo pensé dos veces. Mi corazón es muy tonto y blando, y nunca soporta ver a nadie sufrir. Menos a él.

Me levanté descalza y salí al pasillo oscuro.

Caminé de puntitas por la alfombra súper suave para no hacer nada de ruido. Tenía mucho miedo de que algún guardia me viera y me regañara, pero el pasillo estaba totalmente vacío.

Seguí el sonido de los sollozos hasta que llegué a una puerta grande de madera negra que estaba un poquito abierta.

Empujé la puerta muy despacio. Mis manos sudaban mucho de los nervios.

La habitación de Alexander era enorme y hacía mucho frío adentro. Las cortinas estaban abiertas y la luz de la luna entraba, iluminando todo de color azul.

Y ahí estaba él.

El millonario gigante que asustaba a todos estaba tirado en el suelo, arrinconado contra la pared, al lado de su cama gigantesca.

No tenía camisa puesta. Su pecho desnudo, que tenía las vendas blancas puestas en el hombro izquierdo por el disparo, brillaba por el sudor.

Alexander estaba hecho una bolita. Se abrazaba las rodillas contra su pecho y temblaba de pies a cabeza como si tuviera muchísimo frío.

Estaba teniendo una pesadilla despierto. Un ataque de pánico muy, muy feo.

—No... no me encierren... no, por favor, está oscuro... —murmuraba él, llorando como un niño chiquito y asustado.

Sentí un vacío enorme en el estómago. Me dio tanta tristeza verlo así que se me llenaron los ojos de lágrimas.

El hombre que daba órdenes y daba tanto miedo a la gente, el hombre de acero, ahora estaba completamente roto y vulnerable en el suelo frío de su cuarto.

No me importó que él fuera mi jefe. No me importó el contrato falso, ni las reglas que me habían puesto.

Corrí hacia él en silencio y me arrodillé en el suelo frío, justo enfrente suyo.

—Alexander... —susurré muy suavemente, con voz dulce.

Él no me escuchaba. Seguía temblando, moviendo la cabeza de un lado a otro y llorando con los ojos cerrados muy fuerte.

Entonces, levanté mis dos manos temblorosas y toqué su piel desnuda.

Su cuerpo ardía en fiebre. Sus músculos estaban duros como piedras por culpa de la tensión y el miedo.

—Alexander, estoy aquí. Ya pasó —dije, y me acerqué para abrazarlo.

Puse mis brazos pequeños alrededor de su cuello grueso y pegué su cabeza contra mi pecho. Lo abracé con todo mi cariño.

Él dio un salto gigante por el susto de mi tacto, pero luego su nariz tocó mi piel desnuda cerca de mi cuello.

Respiró muy profundo, haciendo un sonido ronco, como si estuviera oliendo mi olor natural.

De repente, el monstruo asustado dejó de temblar.

Sus brazos enormes, pesados y musculosos subieron rápidamente y rodearon mi cintura pequeña.

Me abrazó con muchísima fuerza. Tanta fuerza que casi me deja sin aire, pero no me importó. Me sentía muy feliz de poder calmar su dolor con mis abrazos.

Él escondió su rostro en mi cuello. Sus labios calientes rozaban mi piel sensible del cuello y eso me hizo soltar un suspirito muy suave. Sentía fuego puro corriendo por todas mis venas.

—Hueles muy bien, Emma... —murmuró él con su voz ronca y gruesa directamente contra mi piel—. Eres real... no te vayas...

—Sí, soy real, estoy aquí contigo —le contesté, acariciando su cabello negro y súper suave con mis dedos.

Nos quedamos abrazados en el suelo por mucho tiempo. Yo sentía el "tum, tum, tum" de su corazón chocando fuertemente contra el mío. Era una sensación hermosa y mágica.

Me estaba enamorando de la tristeza de este hombre gigante.

Pero entonces, él se movió muy rápido.

Fue tan, tan rápido que no me dio tiempo de pensar ni de decir nada.

Alexander se puso encima de mí de un solo y fuerte movimiento. Me tiró de espaldas contra la alfombra suave del piso.

Mi corazón dio un vuelco gigante en mi pecho.

Sus dos manos inmensas agarraron mis dos muñecas y las clavaron en el piso, justo al lado de mi cabeza. Su cuerpo pesado, grande y caliente me inmovilizó por completo.

Me estaba aplastando un poco, pero no me dolía para nada, se sentía increíblemente bien sentir su peso de hombre sobre mí.

Abrí los ojos muy asustada y sorprendida.

Alexander ya no estaba llorando. Las lágrimas habían desaparecido por arte de magia. Sus ojos grises estaban abiertos de par en par, mirándome fijamente en la oscuridad desde arriba.

Pero sus ojos ahora estaban muy oscuros, casi negros por completo.

Estaban llenos de deseo, de furia y de algo muy salvaje que no supe entender, pero que me hizo temblar de calor.

Su pecho desnudo y duro subía y bajaba muy rápido, rozando la camisa blanca y fina que yo llevaba puesta. Podía sentir su masculinidad dura y fuerte presionando directamente contra mis piernas desnudas.

Tragué saliva, totalmente paralizada por la tensión romántica.

Alexander bajó el rostro lentamente hasta que su boca quedó a un milímetro de rozar mis labios temblorosos. Sentí su respiración de menta y calor metiéndose directamente en mi boca.

—Rompiste la regla, bufón —gruñó él, con una voz tan profunda y grave que hizo vibrar cada hueso de mi cuerpo—. Te dije que nunca vinieras a este lado de la casa.

—Yo... yo solo quería ayudarte... estabas llorando... —tartamudeé muy bajito. Sentía que me iba a desmayar de los nervios, del miedo y del inmenso calor que salía de su cuerpo caliente.

Él soltó una pequeña risa oscura, mala y fría que me puso todos los pelos de punta.

Su mano grande y fuerte soltó mi muñeca derecha y bajó lentamente por mi brazo. Sus dedos calientes y ásperos acariciaron el costado de mi cintura, metiéndose por debajo de la camisa grande.

Cuando la palma gigante de su mano tocó directamente la piel desnuda de mi muslo, solté un pequeño grito ahogado. El fuego me quemó viva en ese instante.

—Nadie me ve llorar, Emma —susurró Alexander directamente contra mis labios, rozándolos, mirándome con un hambre feroz de hombre lobo—. Ahora que descubriste mi secreto, vas a tener que pagar el precio esta misma noche.

Él apretó mi muslo desnudo con muchísima fuerza, bajó la cabeza rápidamente y hundió su rostro en mi cuello, abriendo la boca para morder con sus dientes mi piel más sensible.

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