Propiedad del enemigo. Mi ex me dejó, su rival me reclamó.

Propiedad del enemigo. Mi ex me dejó, su rival me reclamó. ES

Romance
Última actualización: 2026-07-06
Ale Raven  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Dejada en el altar, humillada y con el corazón hecho pedazos. Así comenzó la semana de Isabela Castillo. Pero el dolor no la va a destruir, la va a transformar. Decidida a enterrar el pasado, huye a Londres para reiniciar su carrera en la prestigiosa agencia de modelaje de su hermano. Ella busca paz y trabajo, pero el destino tiene otros planes. Un choque accidental en un pasillo la pone frente a frente con Gerardo Valgas: un hombre tan misterioso como imponente, cuya mirada color miel grita peligro, poder y una obsesión inmediata. Lo que empieza como un juego de miradas en un bar exclusivo y un encuentro cargado de tensión magnética en la pista de baile, pronto se convierte en un beso salvaje que lo cambia todo. Isabela cree que solo fue una noche de escape, pero no sabe que Gerardo es el hombre de negocios más influyente de la ciudad, el cliente principal de su hermano y, lo más importante, el mayor rival de su ex prometido. ¿Podrá Isabela mantener la cabeza fría cuando el hombre que la devora con la mirada tiene el control de su nuevo futuro?

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Capítulo 1

Capítulo 1

Hoy era el día de mi boda.

Todavía no podía creer que en unos minutos me casaría. Yo, Isabella castillo sería una mujer casada.

Me miré en el espejo de cuerpo completo.

El vestido de novia caía en cascadas de encaje hasta el suelo, haciéndome lucir como la princesa que siempre había creído ser.

Detrás de mí, mi madre me acomodaba el velo con manos temblorosas por la emoción.

—Estás preciosa, hija —susurró con los ojos brillantes—. Tu padre va a llorar en cuanto te vea entrar.

Sonreí, sintiendo que el corazón me estallaba en el pecho.

Habían sido meses de una preparación obsesiva: las flores blancas, los lirios que tanto amaba, el menú perfecto.

Todo estaba listo. Mi vida entera era perfecta.

—No puedo creer que esté pasando —toqué el tul del velo con timidez—. Llevo soñando con este día desde que Carlos se arrodilló en el jardín de la hacienda.

Recordar esa tarde de otoño, con las hojas secas cayendo a nuestro alrededor y él temblando mientras me prometía una vida eterna juntos, me humedeció los ojos.

Si esa tarde fui feliz, vestida de blanco sentía que esa felicidad se multiplicaba por mil.

—Vamos, cariño —mi madre me tomó del brazo—. Es hora.

Al salir de la habitación, la hacienda Castillo parecía un cuento de hadas.

Arcos florales, lazos de seda y un camino de pétalos que me guiaría hacia el altar, hacia mi futuro, hacia Carlos.

Mi padre, Don Alberto Castillo, me esperaba al inicio del pasillo. Sus ojos, siempre duros por los negocios, estaban empañados.

—Estás hermosa, mi niña.

—Gracias, papá.

Me colgué de su brazo, respiré hondo y las puertas se abrieron.

La marcha nupcial comenzó a resonar, y los invitados se pusieron de pie entre murmullos de admiración.

Sentía que flotaba, pero a mitad de camino, la ilusión se congeló.

Algo no encajaba.

El altar estaba vacío. Carlos no estaba allí.

Fruncí el ceño, buscándolo con la mirada entre la multitud.

¿Un retraso de última hora? ¿Un problema con el traje?

Pero el murmullo de los asistentes cambió de tono y no me estaba dando buena espina en lo absoluto.

Ya no era un murmullo de admiración, era una ola de cuchicheos confusos y miradas incómodas que se cruzaban entre ellos.

Y entonces lo vi aparecer desde el otro extremo del jardín.

Llevaba su traje de novio, sí, pero no caminaba solo.

De su mano venía una mujer rubia, enfundada en un vestido rojo chillón, con una sonrisa que disparó todas mis alarmas.

Una sonrisa que yo conocía demasiado bien de mis peores años en el instituto.

Una sonrisa cargada de burlas e insultos que había intentado enterrar en el pasado.

Alicia Balmet, la chica que me había hecho bullying todos mis años de adolescente.

Mi corazón se detuvo.

«No, no, no. Esto es una pesadilla. Despierta, Isabela.»

Carlos se detuvo a pocos metros de mí, justo en el centro del pasillo, bloqueando mi camino.

No soltó a Alicia, en cambio, me miró con una frialdad tan descarnada que me heló la sangre.

En sus ojos no había culpa, ni una pizca de arrepentimiento.

—Isabela —su voz sonó clara y alta, retumbando en cada rincón del jardín—. Lo siento, pero no puedo seguir con esto. Alicia y yo... nos vamos a casar. Ella es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.

El silencio que siguió fue absoluto, asfixiante. Soltó esa confesión como si no fuera nada, como si fuera lo más natural del mundo.

Me quedé mirándolo por unos segundos como si me hubiera congelado, pero el shock inicial duró apenas un segundo.

Una ola de fuego me subió por el pecho, quemándome las entrañas.

Solté el brazo de mi padre antes de que él pudiera reaccionar y di tres pasos agresivos hacia Carlos.

El ramo de flores temblaba en mi mano, no de miedo, sino de una rabia ciega.

—¿De qué maldita sea estás hablando, Carlos? —le espeté, y mi voz cortó el aire como un cuchillo—. ¡Mírame a la cara y dímelo otra vez! ¡¿Qué significa esta payasada?!

Los invitados ahogaron gritos de sorpresa. Alicia ensanchó su sonrisa de superioridad, lo que me dio ganas de estamparle el ramo en la cara.

—Es exactamente lo que escuchaste, Isabela —respondió Carlos de manera monótona, como si estuviera leyendo un maldito informe financiero—. No habrá boda.

—¡Exijo una explicación ahora mismo! —le grité, dándole un paso al frente, obligándolo a sostener la mirada—. ¡Hace diez horas me llamaste a decirme que me amabas! ¡Estuvimos meses planeando esto! ¡Me dijiste que querías tener hijos conmigo y firmar una familia! ¡¿Te estás burlando de mí en mi propia cara, con esta mujer?! ¡Explícate!

—No tengo nada que explicarte —soltó él, y esa indiferencia me dolió más que una bofetada—. Simplemente abrí los ojos. Me di cuenta de lo que realmente quiero antes de cometer el error de mi vida. Vámonos, Alicia.

¿El error de su vida? ¿Yo?

—¡Eres un cobarde, Carlos Mendoza! —le grité con todas mis fuerzas, mientras las lágrimas de pura furia empezaban a nublarme la vista—. ¡Un maldito cobarde! ¡Si tenías un precio, hubieras avisado antes de hacerme vestir de blanco!

Sin una sola palabra más, Carlos dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, arrastrando a Alicia con él y dejándome en ridículo delante de todos los invitados.

La rubia me dedicó una última mirada de triunfo antes de desaparecer por el sendero.

El pánico y el caos se apoderaron del jardín.

Mi madre se llevó las manos a la boca, llorando, y mi padre dio un paso al frente con el rostro desencajado por la ira, llamando a la seguridad de la hacienda, pero lo detuve levantando una mano.

La humillación me quemaba la piel, pero el orgullo me sostuvo los pantalones.

Me tragué el nudo de la garganta.

No iba a perseguirlo. No iba a suplicarle a un tipo que acababa de arrastrar mi dignidad por el suelo frente a doscientas personas.

Me giré lentamente hacia el público que me miraba con una mezcla de lástima y morbo.

—Lamento mucho que hayan perdido su tiempo —dije. Mi voz tembló un poco, pero se mantuvo alta y clara—. La función terminó. Pueden retirarse.

Sin esperar compasión de nadie, di media vuelta. Caminé con la cabeza en alto, alejándome del altar vacío y del desastre.

Mis tacones golpeaban las piedras del sendero con una fuerza que ni yo sabía que tenía.

Cada paso pesaba una tonelada, pero no miré atrás.

Al llegar a la entrada de la hacienda, le pedí a uno de los empleados, con una calma robótica, que me pidiera un taxi.

El hombre, pálido y nervioso, corrió a hacerlo. Mientras esperaba, me quedé mirando el horizonte. No dejé que cayera ni una sola lágrima. Todavía no.

El trayecto en el taxi fue un desierto de silencio. Llevaba las manos entrelazadas en el regazo, apretando el ramo marchito hasta que mis nudillos quedaron completamente blancos.

Cuando por fin entré a mi apartamento, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella. Dejé caer las flores al suelo.

En medio de la sala, con el vestido de novia arrugado, el velo torcido y el maquillaje probablemente arruinado, el muro que había construido con puro orgullo se derrumbó por completo.

Entonces, y solo entonces, me permití llorar.

Me arrastré hasta la cama, me abracé las rodillas y dejé que los sollozos sacudieran mi cuerpo entero.

Lloré con rabia, con dolor, con el peso de haber sido traicionada de la forma más cruel imaginable.

Nadie me veía. Nadie me juzgaba. Estaba completamente sola en la habitación donde tantas veces había imaginado un futuro a su lado.

Un futuro que Carlos Mendoza acababa de pisotear frente al mundo entero.

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